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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– ¿Qué tal van las cosas con la doctora Tower?

– Muy bien -respondió Mark, los ojos, como siempre, fijos en la carretera-. Creo que esta terapia está haciendo que me sienta un poco mejor.

Antes de la cuarta sesión, Mark pidió que le dejaran visitar la sección de cuidados intensivos. Eligió al azar una enfermera de la planta, le contó lo ocurrido y le mostró la nota. La sobresaltada mujer le prometió que le haría saber cualquier cosa de la que se enterase.

– ¿Te das cuenta? -le preguntó a Karin mientras esta le acompañaba a la planta de la doctora Tower-. Me ha dado evasivas. Dice que aquella noche no dejaron que nadie entrara a verme excepto mi familiar más cercano. Pero me dijiste que te dejaron entrar. Eso no concuerda, ¿verdad?

Ella meneó la cabeza, rindiéndose a las leyes del mundo de su hermano.

– No, Mark. La verdad es que no concuerda.

Karin se pasó la hora de la sesión en la cafetería del hospital, calculando el grado de su autoengaño. La terapia no estaba haciendo nada por él. Ella se aferraba a la ciencia médica de la misma manera que otros se aferran a la Revelación. Qué racionales le habían parecido las certidumbres científicas de Weber. Claro que Mark se percibía a sí mismo como racional, y cada vez más clarividente que ella.

Cuando él salió de la sesión, Karin le propuso que fuesen a cenar.

– ¿Qué te parece Grand Island, el Farmer's Daughter Café?

– ¡Joder! -El placer y el temor se mezclaban en su rostro-. Es mi lugar favorito para comer en esta desolada vida. ¿Cómo lo has sabido? ¿Has hablado con los chicos?

Ella se sintió avergonzada por todo lo humano.

– Te conozco. Sé lo que te gusta.

El se encogió de hombros.

– ¡Eh! A lo mejor tienes extraños poderes que desconoces. Deberíamos hacer algunas pruebas.

A Mark y sus amigos les gustaba viajar más de setenta kilómetros para comer la misma carne de vacuno sanguinolenta que podían tomar en media docena de restaurantes de Kearney. Karin nunca había comprendido el atractivo del Farmer's Daughter Café, pero ahora se alegraba de ir allá. Mark era como un rehén a su lado, y se pasó casi toda una hora sumido en sus pensamientos. Desde el asiento del pasajero, «el asiento de la muerte», lo llamaba él, contemplaba los trigales, los campos de habichuelas y los maizales, y escudriñaba el paisaje en busca del menor elemento que no encajara. Leía en voz alta las señales de la carretera:

– «Adopta una carretera.» ¡Que adoptes una carretera! ¿Quién habría pensado que tantas carreteras de nuestro país fueran huérfanas? *

Karin aguardó hasta la monótona recta entre Shelton y Wood River para interrogarle. La medicina le había traicionado; ella podía traicionar a la medicina.

– Bueno, dime, ¿qué es lo peor de la doctora Tower?

Con la cabeza casi sobre el salpicadero, él observaba a un ave de rapiña que trazaba círculos por encima del vehículo.

– Me pone nervioso. Quiere conocer toda esa mierda que pasó hace una infinidad de tiempo. Qué es lo que ha cambiado, qué sigue siendo igual. Le digo: ¿Quieres historia antigua? Pues ve y cómprate un libro de historia antigua. -El halcón quedó detrás de ellos. Mark se enderezó y miró a Karin-. «¿Qué hacías cuando eras pequeño y tu hermana te enojaba?» ¿De qué sirve eso? Quiero decir que es raro, ¿no te parece? Ese intento de averiguar tantas cosas sobre mí, de cambiar mi manera de ver las cosas.

El tono conspirador del joven aceleró el pulso de Karin. Recordó la resistencia encubierta de los dos cuando eran adolescentes para sobrevivir a las peores certidumbres de sus padres. Ahora él le ofrecía una nueva alianza. Karin podía aceptarla, por absurda que fuera. Ambos tendrían lo que necesitaban. Aspiró aire, aturdida por intentar complacerle.

– En primer lugar, Mark, nadie te obliga a hacer nada.

– Vaya. Eso es un alivio.

– La doctora Tower solo quiere entender cómo funciona ahora tu mente.

– ¿Por qué no vuelven a meterme dentro de uno de esos escáneres? Joder, deberían encontrar las chifladuras con esos chismes. ¿Has estado alguna vez dentro de uno de esos tubos? Un barullo de la hostia. Es como si te trabajaran el cráneo en un taller de reparaciones. Y no puedes moverte. Tienes una correa en la barbilla. Te dejan bien traumatizado, si no lo estabas ya. Interpretación de la mente informatizada.

Ella prefirió dejarlo correr hasta que llegaran a Grand Island. El verano en la ribera del Platte: el reluciente espejismo, el muro verde oscuro de calor aplastante que convertía a las Llanuras en un modelo de aridez dejada de la mano de Dios, liberaban a Karin. La agitada Chicago, con su cuadrícula que parecía hecha con piezas de Lego, la había oprimido. Las montañas Rocosas la habían puesto bastante nerviosa. El oropel que envolvía a Los Ángeles daba una sensación de ceguera histérica. Por lo menos, ella conocía aquella región. Solo aquel lugar estaba lo bastante abierto y vacío como para desaparecer en él.

El Farmer's Daughter Café ocupaba un local antiguo, de la década de 1880, con paneles de madera de cerezo y oxidados aperos de labranza colgados de las paredes. Era como si Nebraska hiciera una representación de sí misma. La propietaria, con aspecto de abuela, los saludó como a unos amigos perdidos mucho tiempo atrás, y Karin le respondió efusivamente.

Una vez acomodados, Mark comentó:

– Han cambiado este sitio. No sé. Rehabilitado. Antes era más nuevo. -Y cuando pidieron la comida, dijo-: El menú no ha variado, pero la comida ha perdido.

Comió con resolución, aunque con escaso placer.

– La doctora Tower solo quiere hacerse una idea de tus pensamientos -insistió Karin-. De ese modo podrá juntar las piezas de nuevo, por así decirlo.

– Claro, claro. ¿Crees que me estoy desmoronando?

– Bueno. -Lo que Karin sabía era que eso era lo que le estaba sucediendo a ella-. ¿Cómo te sientes?

– Eso es lo que la puñetera doctora me pregunta una y otra vez. Nunca me había sentido mejor. Me he sentido mucho peor, de eso puedes estar segura.

– Sin duda. Estás muchísimo mejor de lo que estabas tal día como hoy, cinco meses atrás.

Él se echó a reír.

– ¿Cómo puedes hablar de «tal día como hoy» refiriéndote a cinco meses atrás?

Ella agitó las manos, aturullada. Cada palabra formada en su mente se fundía en figuras retóricas carentes de sentido.

– Mira, Mark, después de que te sacaran de la camioneta volcada, durante varios días no pudiste ver ni moverte ni hablar. Apenas eras humano. Desde entonces se ha obrado en ti un milagro. Así es como lo llaman los médicos: un milagro.

– Sí. Jesús y yo.

– Así que ahora, gracias al terreno que has ganado, la doctora Tower puede ayudarte incluso más. Tal vez encuentre algo con lo que te sientas mejor.

– No haber tenido ese accidente me haría sentir mejor. ¿Vas a terminarte esas patatas?

– Te lo digo en serio, Mark. Quieres ser de nuevo el mismo de antes, ¿no?

– ¿De qué me estás hablando? -Volvió a emitir un sonido que se aproximaba a la risa-. Me siento exactamente como siempre. ¿Como quién crees que me siento?

Karin no podía decir lo mismo acerca de sí misma. No siguió insistiendo. Cuando les presentaron la modesta cuenta, ella extendió la mano para tomarla. Él se la asió.

– ¿Qué estás haciendo? No puedes pagar. Eres la mujer.

– La idea ha sido mía.

– Eso es cierto. -Mark jugueteó con el pimentero, cavilando-. ¿Quieres pagarme la cena? No lo entiendo. -Trataba de dar a su voz un tono burlón-. ¿Es esto una especie de cita? Oh, no. Espera. Me había olvidado. Incesto.

Llegó la camarera y tomó la tarjeta de crédito de Karin. Pronto rebasaría el límite y tendría que utilizar otra. Al cabo de cinco meses, el seguro de vida de su madre, la suma que Karin no había querido tocar, el dinero que debería utilizar para hacer cosas buenas, también habría desaparecido.

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* Adopt-a-highway es un programa del Departamento de Transporte, establecido en numerosos estados norteamericanos, para la limpieza de las carreteras por medio de voluntarios. (N. del T.)

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