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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Daniel se miró las yemas de los dedos.

– ¿Hay algún inconveniente en contactar con él?

– ¿Aparte de más humillación y decepción?

La camarera acudió para preguntarles cómo estaba todo.

– Estupendo -respondió Daniel, sonriente.

Cuando se hubo ido, Karin inquirió:

– ¿Iba a la escuela con nosotros?

Los labios de Daniel trazaron una sonrisa sesgada.

– Es diez años más joven que nosotros.

– ¡No me digas! ¿Tú crees? -Comieron en silencio. Finalmente ella dijo-: Está empeorando por mi culpa, Daniel.

El objetó noblemente, como debía hacer. Pero todas las pruebas estaban en su contra.

– De veras. Creo que la tensión de verme cada día, de no ser capaz de reconocer… le está haciendo daño. Y ahora tiene nuevos síntomas. Es por mi culpa. Verme le descoloca. Le estoy haciendo…

Daniel concentró en ella toda su calma, pero su estado alfa sufría oscilaciones.

– No sabemos cómo habría evolucionado si no hubieras estado aquí durante todo este tiempo.

– Desde luego, tu vida habría sido más simple, ¿verdad?

Él sonrió de nuevo, como si ella acabara de contar un chiste.

– Más vacía.

Vacía como ella se sentía. Vacía como resultaban estarlo todos sus gestos. Deslizó el cuchillo por los dados de tofu, como una guadaña.

– ¿Sabes qué es lo más extraño de todo? No cree que soy ella, y jamás va a pensar que lo soy. De modo que si me marchara, si dejara de torturarle, consiguiera un trabajo y empezara a pagar mis deudas, no sería en absoluto como si ella le abandonara. Su hermana. Nunca me lo echaría en cara. ¡Lo celebraría!

Vio el destello en los ojos de Daniel antes de que él pudiera reprimirlo. Le estaba asustando. Le abatiría a él también. Le estaba haciendo a Daniel lo mismo que Mark le hacía a ella. Pronto sería una desconocida para él. Incluso para sí misma. Su alejamiento también sería mejor para Daniel.

Él sacudió la cabeza, con una certidumbre asombrosa.

– La víctima no sería él.

– ¿Qué? ¿Quedarme por mí misma? -El peor motivo imaginable. Las palabras la empujaron muy lejos de él, hacia un planeta sin atmósfera-. Estás preocupado.

Daniel sacudió la cabeza, un poco entristecido.

– Lo estás -le acusó, tratando de bromear-. He leído en uno de mis libros sobre el cerebro que las mujeres somos diez veces más sensibles que los hombres para detectar los estados de ánimo de otra persona.

Daniel, que mareaba con el tenedor un trozo de pimiento, se detuvo y dejó el cubierto a un lado.

– Pero estamos hablando de ti -le dijo-. De Mark…

– Me gustaría hablar de otra cosa durante un rato.

– Bien, he estado pensando… Estamos pasando una situación difícil en el Refugio de las Grullas. Pero tiene gracia que hablemos de una cosa tan… cuando nos enfrentamos a…

– Habla -le pidió Karin.

Y mientras ella experimentaba la vaga sensación de haber sido traicionada, él lo hizo.

Le dijo que el Refugio se encaminaba hacia un conflicto. Durante años, varios grupos ecologistas unidos habían obligado a la administración del río a ser honesta, amenazándoles con invocar la Ley de Especies en Peligro si las demandas en el Platte Central reducían el caudal por debajo de los niveles necesarios para el mantenimiento de la fauna. Retiraron esa amenaza tras el establecimiento de medidas ambientales: se garantizaban unos niveles del caudal apropiados para la fauna en los tres estados que vivían del río.

Pero ahora el precario sistema de trueque de derechos del agua se estaba tambaleando. El método de llenar nuevamente las cuencas en invierno ya no satisfacía a todos los grupos que querían beber del caudal. En la ronda de negociaciones más reciente, todos, excepto las grullas, se habían distanciado del Refugio.

– Nos atacan desde todas partes. Ayer estaba en el río, al oeste del viejo puente para las carretas, yendo hacia el promontorio. He paseado por esos campos desde que tenía seis años. De repente, un campesino viene por el camino hacia mí. tejanos, grandes botas de agua, camisa de faena y una escopeta sobre el antebrazo, como si fuese una raqueta de tenis. Se me acerca y me dice: «Estás con esa gente que trata de salvar a los pájaros, ¿verdad? ¿Tienes idea del daño que hacen esos pájaros?». Aprieto el paso, para evitar problemas, y él empieza a gritar: «¡Los americanos tardamos cientos de años en convertir estas ciénagas en hermosas granjas! ¡Y vosotros queréis que vuelvan a ser ciénagas! Será mejor que te busques protección. Guárdate las espaldas. Te lo digo por tu bien». ¿Puedes creerlo? ¡Me estaba amenazando en serio!

– Lo creo -respondió ella-. Te lo he advertido durante años.

Él soltó una risita, los chasquidos de una ardilla.

– ¿Que me guarde las espaldas?

– Aquí no todo el mundo cree que esté bien poner a los pájaros por delante de las personas.

– Esos pájaros son lo mejor que tiene este lugar. Se diría que la gente lo cree así. Pero no: están rompiendo todos los acuerdos locales que tardamos una década en negociar con tanto toma y daca. Han vuelto a autorizar el funcionamiento de la presa de Kingsley durante cuarenta años. ¡Es una locura! Tendrías que trabajar para nosotros, K. Necesitamos una luchadora. Necesitamos a todas las personas que podamos reunir.

– Sí -replicó ella, casi en serio esta vez.

– La codicia se ha desmadrado, créeme. El Consejo de Desarrollo se ha prostituido para ese nuevo consorcio de constructores. Prometieron que no habría ningún edificio nuevo. Por eso es por lo que hemos luchado, y ganamos. Una moratoria de diez años del desarrollo a gran escala. Nos están engañando, como si fuésemos los nuevos indios pawnee.

– ¿El Consorcio?

Ella hizo pirámides de tofu en su plato. Sabía de quién estaba hablando, sin que él se lo dijera. Y él sabía cuál era su pregunta antes de que ella la planteara.

– Una jauría de lobos formada por trapicheros locales. ¿No sabrás por casualidad…? No sabes nada de esto, ¿verdad?

La miró fijamente, la incertidumbre reflejada en su semblante.

– Nada en absoluto -respondió, mientras por su mente cruzaba el nombre de Karsh-. ¿Debería saberlo?

Él se encogió de hombros y meneó la cabeza, con aire de disculpa.

– Sabemos quiénes son los promotores involucrados, pero no sabemos qué están buscando. Tienen sus miras puestas en unas parcelas de tierra para un nuevo proyecto. Una extensión despejada, cerca del río. Hace un par de años les paramos los pies. Les arrebatamos diecinueve hectáreas. Se están preparando de nuevo para la guerra, ahora que saben que estamos sin blanca. Después de las elecciones de noviembre, se reunirá el Consejo de Desarrollo.

Ella pasó la mano por el mantel.

– ¿Y qué es lo que quieren?

– Están ocultando muy bien sus cartas. Tendrán que encarar el uso del agua antes de que dejen vislumbrar sus intenciones sobre las propiedades que quieren adquirir.

– ¿Qué sabes de ellos? -preguntó casi de una manera espontánea, pero a él le pilló desprevenido-. Quiero decir, ¿cuántos son? ¿Hasta qué punto son económicamente potentes?

– Parece haber tres grupos diferentes. Dos de Kearney y uno de Grand Island. No sé qué es lo que se proponen, pero, desde luego, se trata de algo a gran escala.

– ¿Lo bastante grande para que sea un problema?

– Les interesa la ribera del río. Y lo que construyan aumentaría el uso. Cada vaso de agua que sale de ese río reduce el caudal y estimula la invasión vegetativa. Las aves…

– Sí -se le adelantó ella. No hubiera soportado que volviera a contárselo, no en aquel momento-. Así pues, ¿cómo contraatacará el Refugio?

– Tenemos que preparar una estrategia, más o menos en la sombra. -La miró, evaluándola, y por un instante atroz ella notó que calculaba hasta qué punto era digna de confianza, cuánto podía aproximarse a una acusación sin acusarla-. Estamos formando una especie de consorcio propio: el Fondo de Defensa Ambiental, el Refugio y el Santuario. Si entre todos podemos establecer un fondo económico, nos será posible hacernos con terrenos pequeños pero estratégicos y tratar de impedir que el otro bando haga adquisiciones más grandes. Por supuesto, jamás los superaríamos en una subasta. Pero será distinto si conseguimos un par de piedras angulares, una pequeña franja en las zonas más probables, antes de que empiece la puja. Tiene que ser Farview. Algún lugar en los alrededores de Farview. El mejor terreno sin urbanizar en las afueras de Kearney.

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