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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Karin volvió a sentarse en el sofá, a su lado. Él se inclinó hacia ella y puso en práctica la idea que tenía de un hombre encantador. Apoyó una mano en el muslo de Karin y se embarcó en su letanía cotidiana.

– ¿Y si me llevaras a Thompson Motors? Puedo conseguir un F-150 usado por nada y trucarlo. Pero tienes que ayudarme porque me han robado el talonario de cheques. Me han dejado la agenda, pero han cambiado los nombres y los números.

– No sé, Mark. Probablemente no sea tan gran idea.

– ¿Ah, no? -Frunció el ceño y alzó las manos en un gesto de impotencia-. Como quieras. -Tomó un número atrasado del Kearney Hub que estaba sobre la mesita baja, donde hacía las veces de posavasos, y repasó las listas de camionetas usadas que ya había anotado. Karin tomó el mando a distancia y apretó un botón. Mark se volvió hacia ella-. ¿Te importaría? Estoy mirando eso. No te interesan los mamíferos ovíparos, ¿verdad? ¿No te importa mucho ninguna especie salvo tú misma?

– Lo de los mamíferos ovíparos ya ha terminado, Mark.

– Y un cuerno. Fósiles vivos. El ejemplo de supervivencia más grande en la historia de los vertebrados. ¿Se ha terminado? De ninguna manera. ¡Mira! ¿Qué es…? Eso es… alguna clase de unicornio marino o algo así.

– Es otro programa, Mark.

– ¿Qué coño sabes tú? Todo es el mismo programa. -A modo de prueba, zapeó por los canales-. Eh, mira este. Basado en un hecho real. ¿Es que ya no hacen películas basadas en hechos ficticios? -Pulsó varios botones más y acabó en Court TV-. ¿De acuerdo? ¿Satisfecha? ¡Jo! Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

Mientras Mark leía el periódico, ella contempló a dos vecinos que se querellaban por una parcela de jardín que habían comprado juntos. Al cabo de un rato, le preguntó:

– ¿Te gustaría ir a dar un paseo?

Él se irguió, alarmado.

– ¿Pasear por dónde?

– No lo sé. ¿Bajamos hasta el prado de Scudder? Deberíamos ir al río. En fin, salir de esta urbanización.

Él la miró con lástima, porque la chica consideraba tal cosa posible.

– No lo creo. Tal vez mañana.

Permanecieron sentados mucho rato, leyendo con un fondo de litigio televisado. Ella le preparó para cenar un sándwich de atún con queso derretido por encima. Cuando se dispuso a marcharse, Mark la acompañó a la puerta.

– ¡Maldita sea! Vuelve a ser de noche. No sé cómo tenía tiempo de trabajar durante todo el día, cuando trabajaba. Eso me recuerda la empresa. Debería llamar a la planta, ¿no es cierto? Tengo que volver al trabajo, ¿comprendes lo que te estoy diciendo? No puedo vivir eternamente de dinero que no he ganado.

Inició la terapia cognitiva conductual con la doctora Tower. Karin lo llevó a Kearney, en lo que Mark llamaba «el cochecillo japo». Él había abandonado la idea de que ella intentara estrellar el coche para matarlo. O tal vez se había reconciliado con el destino.

El tratamiento requería evaluaciones cada mes y medio, y a continuación doce «sesiones de adaptación», con todos los seguimientos necesarios, durante el año siguiente. Karin lo llevaba en coche al Buen Samaritano y, durante la hora que duraba cada visita, paseaba por la ciudad. Los médicos del hospital le pidieron que no hablara con Mark acerca de la terapia hasta que ella también participara en sesiones posteriores. Karin juró que no lo haría. Después de la segunda sesión, la pregunta salió de sus labios antes de que ella se percatase de lo que estaba haciendo:

– Bueno, ¿qué tal van esas charlas con la doctora Tower?

Él adoptó una actitud clínica.

– Bien, supongo. No hace daño mirarla. Pero es un poco lenta de comprensión. Hay que decirle las cosas cien veces. Cree que tú puedes ser auténtica. Es exasperante.

Barbara se presentaba tres veces a la semana. Entraba sin previo aviso, y su presencia era siempre un acontecimiento. Se había quitado la ropa del hospital y, con pantalones cortos grises y una camiseta de color burdeos, era el verano personificado. Karin admiraba sus brazos y piernas desnudos, y una vez más se preguntaba por la edad de aquella mujer. Barbara convertía a Mark en un patito de goma para jugar en el baño, que cabeceaba sin cesar, dispuesto a cualquier cosa que ella le pidiera. Le acompañaba a la tienda y le hacía comprar por sí solo. Esa posibilidad nunca se le había ocurrido a Karin, que todas las semanas llenaba el frigorífico y la despensa de Mark, manteniéndolo al mismo tiempo alimentado y dependiente. Sin embargo, Barbara era implacable. No tomaba ninguna decisión por él, indiferente a las súplicas de Mark.

– Eh, Barbie, ¿qué me gusta más? Debes de acordarte, por los años que pasamos juntos en nuestro hotelito sanatorio. ¿Me gustan más las salchichas o el beicon?

– Te diré cómo puedes averiguarlo. Solo tienes que mirarte a ti mismo y ver qué eliges.

Lo dejaba a su aire, condenado a la libertad en medio del terror de la abundancia norteamericana, tan solo interviniendo cuando se trataba de queso en envase con difusor y de cereales con chocolate y malvavisco.

Barbara le ponía videojuegos, incluso el programa de carreras. A Mark le encantaba: un pez sobre ruedas al que podía vencer cada vez, incluso con un pulgar atado a la espalda. Jugaban al cribbage. A Mark le gustaban las partidas épicas, y a menudo terminaba suplicando piedad.

– ¿Es esta tu manera de divertirte? ¿Una mujer adulta que gana a principiantes?

Karin acertó a oírle.

– ¿Principiante? ¿No te acuerdas de que siempre jugabas a esto con mamá, de pequeños?

Él se mofó de semejante idiotez.

– ¿Siempre jugaba? ¿Con mamá de pequeña?

– Ya sabes a qué me refiero. Usabais hojas de Sellos Verdes * sin ningún valor.

Mark alzó la cabeza de las cartas para reírse con sorna.

– Mi madre no jugaba al cribbage. Jugar a cartas era cosa del diablo.

– Eso fue más tarde, Mark. Cuando éramos pequeños, ella aún era adicta a las cartas. ¿No te acuerdas? Eh, préstame atención.

– Jugando a las cartas. Con mi madre. Mi madre de pequeña.

Tres meses… no, treinta años de frustración espesaron la atmósfera a su alrededor.

– ¡Por el amor de Dios! No seas tan tarugo.

Karin escuchó el eco, avergonzada de sí misma. Sus ojos buscaron los de Barbara, tratando de ofrecerle como excusa tácita un acceso de enajenación transitoria. Barbara miró a Mark, pero este se limitó a echar la cabeza atrás y soltar una risotada.

– Tarugo. ¿De dónde has sacado eso? Mi hermana también me llamaba así.

Nada le ponía nervioso mientras Barbara estuviese allí. Poco a poco, consiguió que volviera a leer. La enfermera se las ingenió para que eligiera un libro que se había negado a leer cuando tuvo que hacerlo como trabajo escolar en secundaria. Mi Antonia.

– Una historia muy sexy -le aseguró-. Trata de un muchacho campesino de Nebraska al que le pone cachondo una mujer mayor.

Logró leer cincuenta páginas, aunque invirtió en ello dos semanas. Sintiéndose traicionado, se enfrentó a Barbara.

– No trata en absoluto de lo que me has dicho, sino de inmigrantes, granjeros, sequía y mierda.

– Eso también -admitió ella.

Siguió leyendo, para no desbaratar el esfuerzo ya realizado, pese a la pérdida de tiempo. El final del libro le dejó confuso.

– ¿Quieres decir que él vuelve, cuando los dos están casados y ella tiene todos esos jodidos críos, solo para estar por ahí cerca? ¿Solo para ser su amigo o algo por el estilo? ¿Solo por lo que sucedió cuando eran pequeños?

Barbara asintió, los ojos velados. Mark tendió la mano para consolarla.

– El mejor libro anticuado que he leído jamás. Aunque no lo he entendido del todo.

Barbara le llevaba a dar largos paseos bajo el sol veraniego. Deambulaban, la boca seca y la piel sudorosa, el áspero julio amenazando con no terminar jamás, sin nada que hacer salvo aguantar y seguir paseando. Pasaban horas recorriendo los brillantes trigales, como inspectores del departamento de agricultura responsables de controlar la cosecha de la zona. En esos paseos les acompañaba la perra, Blackie Dos.

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* Sistema parecido al Cupón Ahorro del Hogar, que se popularizó en España a comienzos de la década de 1960. Los cupones pegados en libretas podían canjearse por regalos. (N. del T.)

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