Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El eco de la memoria
El eco de la memoria - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 143
Перейти на страницу:

– Esto demuestra claramente que no puedes ser mi hermana. Ella es la persona más agarrada que he conocido jamás. Excepto tal vez mi padre.

Karin se echó atrás, dolida. Pero el rostro inexpresivo de Mark la detuvo. Probablemente tenía razón. Durante toda su vida, presa del pánico, se había aferrado a cualquier cosa boyante que flotara lo suficiente para librarla de la vorágine de Cappy y Joan. Y su voluntad de acumular la había dejado sin nada. Era lo que sucedía con la seguridad: cuanto más guardabas, menos tenías. Ahora lo compensaría. Mark no le costaría menos que todo lo demás. Dedicaría la vida que le quedara a pagar por la vida que él ni siquiera podía ver que había perdido. ¿Podía considerarse generosidad si no tenía alternativa?

– La próxima vez pagarás tú -le dijo-. Anda, volvamos a casa.

Cuando salieron de Grand Island, anochecía. A quince kilómetros de la ciudad, Mark se quitó el cinturón de seguridad. Eso no debería haber turbado a Karin, sino todo lo contrario, pues el Mark de antes nunca se ponía el cinturón. Allí estaba, volviendo a la normalidad, confiando en ella de nuevo. Pero Karin sintió pánico.

– ¡Ponte el cinturón, Mark! -le gritó.

Tendió la mano para ayudarle, pero él le dio una palmada. Temblorosa, Karin aparcó en la cuneta de la oscura carretera 30. Se negó a seguir adelante hasta que él se pusiera el cinturón de seguridad. Parecía encantado de estar allí sentado, en la oscuridad, disfrutando de aquel duelo que ninguno de los dos podía ganar.

– Me pondré el cinturón -dijo al fin-. Pero tienes que llevarme.

– ¿Adónde? -le preguntó ella, aunque ya lo sabía.

– Quiero ver dónde ocurrió.

– No, Mark, eso no te conviene.

Él miraba hacia delante, hacia su propio universo. Hizo girar la mano alrededor de la cabeza, la señal de «chiflado».

– Es como si nunca hubiera estado ahí.

– No podemos. Esta noche no. Habrá una oscuridad total. No podrías ver nada.

– Tampoco ahora puedo ver gran cosa.

– Déjame que te lleve a casa. Iremos a primera hora de la mañana, te lo prometo.

Él se volvió hacia ella.

– Eso sería conveniente, ¿verdad? Me llevas «a casa», llamas a tu gente y entonces vais y lo amañáis todo mientras estoy durmiendo. Y yo nunca notaré la diferencia. -Formas compactas, astutamente manipuladas mientras ellos estaban de espaldas. Todas las certezas acarreadas corriente abajo-. Alteración de la escena del crimen -añadió, mientras movía arriba y abajo la tapa de la guantera del Corolla.

– ¿Crimen? ¿Qué quieres decir? ¿Qué crimen?

– Ya sabes a qué me refiero. Peinar la cuneta para eliminar las pruebas. Trazar huellas falsas.

– Escucha, Mark, si alguien ha querido alterar las pruebas ha tenido casi medio año para hacerlo. No queda ninguna prueba. ¿Por qué habrían esperado hasta ahora?

– Porque hasta ahora no he querido echar un vistazo.

Aceleró el movimiento de la tapa, y ella le asió la mano para detenerla.

– No queda nada que ver. La lluvia lo ha borrado todo, o ha desaparecido bajo la hierba.

Él se irguió, excitado.

– Entonces, ¿estás de acuerdo conmigo? ¿Alguien ha alterado todas las pistas que yo podría tener para entender esto?

Esto. Su vida.

– Ha sido la naturaleza, Mark. -Todo cuanto ocurrió, sepultado por la vegetación-. Ponte el cinturón que nos vamos.

Él le obedeció, pero a condición de que Karin pasara la noche en la Homestar, donde podría vigilarla.

– Tengo un sofá cama en la sala y podrás dormir ahí.

Avanzaron hacia Farview en silencio. Mark no le dejó conectar la radio, ni siquiera la emisora KQKY, que según él ya no tocaba la misma clase de música que antes. Una vez en la casa, Mark le pidió las llaves del coche para guardarlas bajo la almohada.

– Últimamente duermo como un tronco. Es probable que no te oyera si salieras en plena noche.

Mientras su hermano se duchaba, Karin llamó a Daniel. Le hizo salir de una profunda meditación. Le contó la velada y le dijo que pasaría la noche en casa de Mark.

– ¿Nos vemos mañana? -preguntó ella, en un tono expectante.

Hubo una breve pausa antes de que él respondiera. No la creía. Ella cerró los ojos y se tambaleó. La historia bajo las tablas del suelo, esperando arder.

Daniel se mostró más solícito.

– ¿Va todo bien? ¿Quieres que vaya?

– ¿Con quién hablas? -le preguntó Mark, que había aparecido en la entrada de la sala, el cuerpo cubierto por una toalla oscilante y goteando sobre la moqueta-. Te he dicho que no te pusieras en contacto con nadie.

– Te veo mañana -dijo Karin por el móvil, y lo apagó.

– ¿Quién era? Maldita sea. No puedo darte la espalda ni un momento.

– Era Daniel Riegel. -Mark dobló un brazo ante su cara, como protegiéndose del nombre-. Nos vemos desde hace algún tiempo. Podríamos decir que estoy viviendo con él. Estamos bien, Mark. Después de toda la mierda que nos echamos mutuamente encima. Por fin las cosas van bien entre nosotros.

No añadió: «gracias a ti».

– ¿Danny Riegel? ¿El chico naturista? -preguntó él, todavía mojado, en el brazo del sillón de plástico imitación de cuero, mientras se secaba abstraídamente el pecho. Un poco tarde, Karin desvió la vista-. ¿Así que de veras sois pareja?

– Fue a verte al hospital.

Una frase estúpida, forzada y que no venía a cuento.

– ¿Ah, sí? Danny Riegel. Bueno, no puede hacerme daño. No le haría daño a una ameba. No puede estar metido en ninguna maquinación. No Danny Riegel. Pero, joder… ¿cómo conocías nuestra relación hasta el punto de liarte con él? Eso es misterioso de veras. Mi hermana y él estuvieron emparejados. Deben de haberte programado por anticipado, lo habrán puesto en tu ADN o algo por el estilo.

Ella le dio la espalda. La fatiga había quedado atrás, y volvió a lo que debería hacer a diario durante el resto de su vida, si seguía cuidando de él.

– Por una vez, Mark, busca la solución fácil. Lo que es evidente.

– ¡Ja! ¿En esta vida? Has perdido el juicio.

Se rodeó la cintura con la toalla y la ayudó a abrir el sofá cama. Más tarde, pasada la medianoche, yació sobre aquel camastro con cojinetes que se movían y muelles que se clavaban, el oído atento para percibir movimientos en la oscuridad. Todo estaba vivo: el aire acondicionado que se ponía en marcha a intervalos con un estremecimiento, criaturas livianas que correteaban por las paredes, ramas de sangre caliente que golpeaban la ventana, algo del tamaño de un utilitario reconociendo las azaleas, insectos que excavaban en su oído, sus agitadas alas como taladros de dentista aproximándose a su tímpano. Y a cada crujido tenía la sensación de que su hermano, quienquiera que fuese, se deslizaba en la sala de estar.

Tras el habitual desayuno de bollos azucarados, Karin llevó a su hermano a la carretera North Line. El aire de primera hora de la mañana ya parecía de amianto, dispuesto a alcanzar treinta y siete húmedos grados antes del mediodía. Sin embargo, Mark llevaba sus tejanos largos de color negro. No podía acostumbrarse a las cicatrices de las piernas y no quería que nadie se las viera. El tramo de reluciente carretera parecía no tener apenas rasgos distintivos: pastos bordeados por juncias y herbosos campos, muy pocas señales de tráfico, algún árbol achaparrado y cruces con números en lugar de nombres. Pero Karin se detuvo a diez metros del lugar del accidente.

– ¿Es aquí? ¿Estás segura de que es aquí donde di la vuelta de campana?

Ella bajó del vehículo sin responderle. Mark la siguió. Examinaron la desierta carretera en direcciones opuestas. Podrían haber sido una pareja de vacaciones que se hubiera detenido para buscar un mapa que había salido volando por la ventanilla. El lugar era incluso menos revelador que cuando ella lo visitó con Daniel, no había nada más que la actividad en bruto de la naturaleza, la base de toda la pirámide, demasiado pequeña y diseminada para molestarse por ella: una verde cubierta sobre el suelo que se extendía hasta el horizonte, con un riachuelo de asfalto fundido atravesándola.

1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 143
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)