El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Adelante.
La súbita comprensión le sacude con tal fuerza que se deja caer sobre unas matas de la pradera. Él estaba diciendo «Adelante». O alguien se lo decía a él, en la cabina de la camioneta. Había recogido a un ángel que hacía autostop, alguien que sobrevivió al vuelco de la camioneta, se alejó del lugar del accidente y regresó a la ciudad para informar por teléfono del desastre. Y luego le siguió al hospital para dejar la nota, instrucciones para el futuro de Mark Schluter. Un ángel autostopista que le decía «Adelante». ¿Adónde? Hacia el accidente; a través del accidente. Aquí.
Se levanta, tembloroso a causa de la revelación. En el verde chamuscado de este campo se alzan motas negras y su visión se convierte en un túnel. Su cuerpo quiere tenderse, pero él se esfuerza por permanecer en pie. Se vuelve hacia Farview y echa a correr. Su cerebro chispea como un carbón ardiente movido con un atizador. Llega a la falsa Homestar doblado por la cintura y con un dolor en el costado. ¿Cómo ha llegado a estar en tan mala forma? Entra en tromba en la casa, ansioso por contárselo a cualquiera, incluso a personas a las que probablemente no debería decírselo. La maníaca Blackie Dos casi lo derriba, sabiendo ya, gracias a su telepatía animal, lo que ha descubierto. La mujer aún está ahí, sentada ante su escritorio, utilizando su ordenador, como si fuese la dueña. Gira en la silla con una expresión de culpa, sorprendida por el regreso de Mark. Incluso más enrojecida de lo habitual, echándose el cabello hacia atrás, como si dijera: No estoy haciendo nada, aunque puede que esté tratando de copiar los datos de sus tarjetas de crédito o algo por el estilo. Se apresura a salir del sistema y se vuelve hacia él. ¿Mark? ¿Estás bien, Mark?
Una pregunta increíble. ¿Quién en este mundo dejado de la mano de Dios está bien? Decirle lo que ha descubierto podría significar su muerte. Ella podría ser cualquiera. Mark no sabe aún de qué lado está. Pero han ido intimando en el transcurso de los meses, en la adversidad. Esa mujer siente algo por él, está seguro de ello. Simpatía o lástima, al ver aquello a lo que se enfrenta. Tal vez lo suficiente para que deserte y se una a él. O tal vez no. Decírselo podría ser lo más estúpido que haya hecho jamás, desde lo que hizo, fuera lo que fuese, para perder a su auténtica hermana. Pero, finalmente, quiere decírselo. Debe hacerlo. La lógica no tiene nada que ver con ello. Se trata de supervivencia.
Escucha, le dice, excitado. ¿Tu novio? Tu amigo o lo que sea. A ver si puedes averiguar qué estaba haciendo la noche de mi accidente. Pregúntale si la palabra «adelante» significa algo para él.
Por un momento, Weber no pudo encontrarse ni el brazo ni el hombro izquierdos. No sabía si tenía la mano debajo o encima de su cuerpo, con la palma abierta o cerrada. Le invadió el pánico, que le despejó casi lo suficiente para identificar el mecanismo: la conciencia antes del pleno retorno del sueño de la corteza somatosensorial. Pero solo cuando obligó a moverse a su paralizado lado izquierdo pudo localizar de nuevo todas las partes de su cuerpo.
Un hotel anónimo en otro país. Otro hemisferio. Singapur. Bangkok. Una versión apenas más espaciosa que esos hoteles de Tokio que parecen depósitos de cadáveres, con los hombres de negocios archivados en cajones que alquilan para pasar la noche. Incluso cuando recordaba dónde estaba, le costaba trabajo creérselo. El motivo de su presencia allí estaba más allá de cualquier respuesta. Consultó el reloj: un número arbitrario que tanto podría referirse al día como a la noche. Encendió la tenue luz de la mesilla de noche y se encaminó al baño. Una ducha caliente le ayudaría a dispersar su persistente sensación de desubicación. Pero su cuerpo volvía a la normalidad con vacilación. Ninguna de las singulares certezas neurológicas que había adquirido en el transcurso de su vida profesional le inquietaba más que la más sencilla de todas: la experiencia esencial era sencillamente errónea. Nuestro sentido de la encarnación física no procedía del mismo cuerpo. Se interponían varias capas del cerebro, que a partir de señales primarias componían la tranquilizadora ilusión de solidez.
El agua caliente le corría por el cuello y bajaba por el pecho. Notaba que se le relajaban los hombros, pero no tenía mucha fe en la sensación. Los mapas corporales de la corteza eran fluidos en el mejor de los casos, y se desmantelaban con facilidad. Podía alarmar a cualquier universitaria haciéndole deslizar los brazos en dos cajas con una ventana en el extremo de la derecha. La mano de la estudiante aparecía en la ventana, solo que la mano en la ventana no era su derecha, sino un reflejo astutamente superpuesto de la izquierda. Cuando le pedían que flexionara la mano derecha, la estudiante veía, a través de la ventana, una mano que no se movía. En vez de llegar a la única conclusión lógica, un truco de espejos, la estudiante siempre experimentaba un acceso de terror, creyendo que su mano estaba paralizada.
Peor todavía: un sujeto que observaba cómo acariciaban una mano de goma en sincronía con su propia mano oculta seguía experimentando las caricias, aun cuando habían dejado de acariciar su mano real. La mano artificial ni siquiera tenía que parecer natural, ni ser siquiera una mano. Podía ser una caja de cartón o el ángulo de una mesa, y el cerebro seguiría absorbiéndola como parte de su cuerpo. Un sujeto con una clavija atada a la punta de un dedo incorporaría gradualmente la clavija a su imagen corporal, extendiendo la sensación del dedo unos centímetros más allá de donde finalizaba.
La más ligera deformación podía distorsionar el mapa. Cada otoño, Weber pedía a sus estudiantes que pusieran la punta de la lengua del revés y entonces pasaran un lápiz de derecha a izquierda a lo largo de la parte inferior de la lengua, que ahora estaba arriba. Cada sujeto notaba el lápiz como desde debajo, deslizándose de izquierda a derecha. A otros estudiantes les hacía ponerse gafas de cristales prismáticos hasta que normalizaban la imagen de un mundo invertido. Cuando se quitaban las gafas y miraban de nuevo, el paisaje real, sin filtros, se presentaba al revés.
Riachuelos de agua jabonosa le corrían por el abdomen y las nudosas piernas. Le recordaban a Jeffrey L., un hombre que se rompió la columna en un accidente de moto. Había quedado tirado en un terraplén, con las piernas en el aire, en el momento en que se le rompió la espina dorsal. Perdió totalmente el movimiento corporal por debajo del cuello, y debería haber perdido también toda sensación. Pero Jeffrey aún sentía el cuerpo invertido, los pies cernidos para siempre por encima de la cabeza. Otro de los pacientes de Weber, Rita V., había estado sentada y con las muñecas cruzadas cuando el caballo que montaba la derribó. Desde entonces su vida fue un martirio, deseosa tan solo de descruzar los brazos, que en realidad estaban perpetuamente extendidos a los costados. Otros tetrapléjicos informaban de que no tenían ninguna sensación corporal, tan solo les parecía que eran una cabeza flotante.
Más desconcertantes todavía eran los miembros fantasma. Nada peor que un dolor atroz en un miembro que ya no existía, un dolor del que los demás no hacían caso por considerarlo puramente imaginario (todo está en tu cabeza), como si lo hubiera de otra clase. Una persona puede mostrar una sensibilidad persistente en cualquier parte amputada, labios, nariz, orejas y, en especial, los senos. Un hombre seguía experimentando erecciones en su pene amputado. Otro le dijo a Weber que ahora tenía unos orgasmos muy intensos que reverberaban a través de su pie perdido.