Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– Desde luego -concluyó Ruano, viendo que Cosme Vila se acercaba a la cocina para beberse un vaso de agua-, hazte cargo de que esto no es Madrid. Y de que aquí eres uno más…
Cosme Vila había de ver muy pronto despejadas una serie de incógnitas. Las fábricas del sur de Rusia se chuparon, como una araña se chupa una mosca, la casi totalidad de exiliados españoles, los cuales empezaron a trabajar codo con codo con los pilotos, también españoles, que al terminar la guerra se encontraban en Odesa haciendo cursillos de perfeccionamiento, y con los marinos mercantes que, por las mismas fechas, se encontraban en puertos rusos cargando o descargando.
Tocante a los elegidos para quedarse en Moscú, sumaron, tal como predijo Ruano, un centenar, una treintena de los cuales fueron destinados a cursar estudios militares y el resto a cursar estudios políticos. Entre los primeros figuraban los grandes jefes y los grandes guerrilleros de la contienda española: Modesto, Líster, el Campesino, Tagüeña, etcétera. La Academia Militar a que fueron destinados era la Academia Frunze -Escuela Superior de Guerra-, situada en las afueras de Moscú y que los rusos consideraban como la mejor del mundo, con parques inmensos y disciplina férrea. Estudiaban en ella unos cinco mil alumnos, de las más diversas nacionalidades.
Cosme Vila, que no tenia la menor pinta de militar, fue adscrito a los cursillos de estudios políticos en una de las muchas "Escuelas de Formación Política" existentes, dedicadas a preparar a los camaradas para tareas de Propaganda: Radio, Prensa y diversos puestos técnicos. Cosme Vila tuvo la inmensa fortuna de ser destinado, al margen de las clases, a la confección de programas de radio en lengua española. Ello habría de suponer para él un gran estímulo, pues se dijo a sí mismo -como le ocurría a Gorki en la pequeña emisora de Toulouse- que todo cuanto escribiera lo escribiría pensando en Gerona y con la convicción de que no faltarían gerundenses que procurarían cada noche localizar su emisión y escuchar sus palabras.
La vida revolucionaria de Cosme Vila transcurrió, pues, en dos planos totalmente distintos. Uno, la Escuela de Formación Política, que lo ponía en contacto con Rusia; otro, la Radio, que lo mantenía en contacto con Gerona. Su asombro fue grande al comprobar que ambos le interesaban por igual. Él creía estar inmunizado contra sentimentalismos y así era, en efecto, tratándose de personas y de instituciones; pero la Gerona de su infancia, e incluso España, significaban todavía algo para su corazón, hecho que no sólo no le gustaba un ápice, sino que jamás se hubiera atrevido a confesar a nadie, pues las autoridades rusas, tal como le previno Axelrod, controlaban muy de cerca los "impulsos emocionales de los comunistas extranjeros".
Sus clases en la Escuela empezaron el 1 de julio y cabe decir que al principio sufrió, sin atreverse tampoco a manifestarlo, una grave decepción. Los profesores eran todos excelentes, muy Preparados, pero el jefe gerundense tuvo la impresión de que, tocante a "técnicas de penetración", a sistemas de "excitación de las masas", etcétera, le repetían un disco de sobra conocido y aplicado en la guerra de España e incluso antes. A veces le parecía descubrir, en aquellas mentalidades profesionales que le rodeaban, un punto de anquilosamiento y de falta de flexibilidad. Como si el marxismo fuera ya para ellos una asignatura, una figura geométrica. Por fortuna, cuando su entrecejo se arrugaba lo máximo, cualquiera de los profesores se reconciliaba con él de golpe, demostrándole poseer un profundo conocimiento de las idiosincrasias raciales -la teoría era que en cada pueblo los individuos reaccionaban tan automáticamente como los perros de Pawlow-, o bien, si la cosa venía a cuento, demostrándole conocer tanto o mejor que él el pasado revolucionario de España. ¡Oh, sí, aquellos profesores poseían incluso fotografías de Galán y García Hernández, del atentado contra Canalejas, del conde de Romanones! Y estadísticas sobre los latifundios andaluces y sobre la extracción mineral…
Sin embargo, Cosme Vila empezó a interesarse de veras cuando las clases -y las visitas colectivas a los Museos y otros lugares importantes de la ciudad- se refirieron a la historia de la Revolución de Octubre propiamente dicha, a las peculiaridades de los hombres que la protagonizaron y a las características de la URSS. Intuyó que ahí descubriría la clave del enigma que lo subyugó desde que trabajaba en el Banco Arús. Y no se equivocó. En el Museo Antirreligioso comprendió por qué Cristo y sus herederos le daban tanto asco. En el Museo de la Revolución, en el que se exponían hasta recuerdos del asalto de Stalin al Banco Tifus, comprendió por qué Lenin y "los camaradas de la primera hora" fueron capaces de derribar las murallas zaristas y de cambiar la trayectoria del mundo. Al conocer detalles de la "traición" de Trotsky sintió que la sangre se le agolpaba en la cabeza. Al enterarse de que Stalin, ¡a los catorce años!, leía ya las obras de Darwin, se avergonzó de su tardía, y tan escasa, formación intelectual. Y al ver por las calles de Moscú a las mujeres trabajar con tanto ardor como los hombres, sin pedir a cambio nada inmediato, parecióle que la capital rusa, menos deprimente que Leningrado, y con zonas majestuosas, era una gigantesca ampliación de sí mismo, que había entregado incluso su colchón con el solo afán de ayudar a la Causa.
Referente a la URSS, la tesis de la Escuela de Formación Política estaba clara: el atraso reinante, inescamoteable a los ojos de quienes procedían del mundo occidental; la existencia de tantas chabolas, los campos de trabajo, las deportaciones, la abundancia de niños vagabundos, la intensidad de los sufrimientos, etcétera, tenían dos causas precisas. La primera de ellas, el cúmulo de injusticias que la sociedad burguesa había legado al país y que obligaba al socialismo a avanzar por él penosamente, como a través de un campo minado. La segunda, la inmensidad del territorio… He ahí la gran realidad objetiva, fácilmente olvidada: no era posible comprender nada de los contrastes de la Unión Soviética si no se tenía en cuenta su inmensidad y el hecho de que su población ascendía a doscientos millones de habitantes, con una mezcla tal de razas -exactamente, ciento ochenta y tres, algunas de ellas muy primitivas-, que se resistían a la unidad.
Un profesor de la Escuela, de origen letón, que parecía haberle tomado afecto a Cosme Vila, era un auténtico maniático de este aspecto del problema y sus argumentos parecían difícilmente impugnables. "En Rusia -decía- hay ríos enormes, como el Reuss o el Ninmat, que ni siquiera figuran en muchos tratados geográficos y que son llamados por los rusos "riachuelos". La extensión del lago Baikal es casi tres veces la de Suiza y en él a veces se levanta un oleaje digno de cualquier océano. Todo es aquí inmenso. Las montañas, los bosques, los yacimientos mineralógicos, la estepa, los cambios de clima, con diferencias de sesenta grados y con un frío que obliga a cocinar con mucha grasa y a tomarse grandes cantidades de té caliente. Los camaradas españoles han de comprender que, desde 1917, año de la Revolución, la Unión Soviética no puede haber convertido todos sus territorios y todas sus razas en un restaurante de lujo como los que hay en Nueva York. Es preciso trabajar aún de firme y convencerse de algo fundamentaclass="underline" de que la disciplina es sagrada. Tan sagrada, que por falta de disciplina se perdió la guerra en España. Y en los momentos de desfallecimiento, que invaden al hombre cuando se formula a sí mismo preguntas o cuando se entrega a una obra titánica como lo es formar parte del Partido Comunista, es aconsejable llegarse, de noche a ser posible, a la Plaza Roja, también inmensa, y allí contemplar las cinco estrellas rutilantes en las cinco torres del Kremlin. ¡Oh, sí, esas estrellas son un símbolo para quienquiera que no exija demasiadas explicaciones! Un solo razonamiento ha de bastaros, y ése es mi lema: nuestra revolución socialista lleva su carga dentro, como es de rigor. Por supuesto, ahora los esfuerzos aparecen aislados, dispersos; pero todo converge hacia un fin premeditado en la mente de nuestro jefe, camarada Stalin. Y llegará un día en que se producirá la eclosión. Entonces la perseverancia aparecerá justificada y el mundo entero iniciará su época gloriosa, socialista, en la que no tendrán cabida los ambiciosos ni será necesario inventar o perpetuar el mito de Dios".