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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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Mi nombre es Helmut Knochen, y se me ha pedido que haga una declaración referente a la información que di acerca de un oficial alemán, el capitán Bernhard Günther en una declaración anterior.

Conocí al capitán Günther en París, en julio de 1940. La reunión tuvo lugar en el Hotel Du Louvre o posiblemente en el cuartel general de la Gestapo en Francia, en el 100 de la Avenue Henry-Martin. Los otros oficiales presentes en la reunión eran Herbert Hagen y Karl Bomelburg. Günther había llegado a París como emisario especial del general de las SS Reinhardt Heydrich, con órdenes de detener a unos cuantos comunistas franceses y alemanes reclamados por el gobierno nazi en Berlín. Günther me pareció uno de los típicos protegidos de Heydrich: era cínico y despiadado, incapaz de comportarse como un caballero. Desde el principio dejó claro su desprecio hacia los franceses y, a pesar de mis esfuerzos para contenerlo, insistió en volar al sur de Francia y, al frente de un destacamento motorizado de las SS, se presentó en los campos de Gurs y Le Vernet para arrestar a los hombres que reclamaba Heydrich.

A mí me pareció que no se perdería nada si demorábamos la misión hasta finales del verano, sobre todo como una muestra de consideración hacia los ejércitos derrotados de Francia. Pero Günther insistió. Estaba enfermo -no sé de qué, pero recuerdo que más tarde se habló de su relación con una prostituta suiza-, y a pesar de ello, se empeñó en viajar al sur para cumplir su misión, que, por lo visto, era de máxima prioridad para Heydrich. Para ser justos con el capitán Günther, se podría decir que la enfermedad lo llevó a realizar aquella acción sumaria con los prisioneros. Le acompañaba otro oficial alemán, el Hauptsturmführer Paul Kestner, y fue él quien me informó de lo sucedido en la carretera de Gurs a Lourdes.

Casi una docena de hombres fueron arrestados en Gurs. Entre ellos el jefe del Partido Comunista francés en Le Havre, Lucien Roux. Parece horrible pensarlo, pero al parecer esos hombres sabían lo que el capitán Günther les tenía preparado. Los SS condujeron unos pocos kilómetros y se detuvieron en un claro del bosque. Günther les ordenó bajar de los camiones. Hicieron formar a los prisioneros, les ofrecieron un último cigarrillo y los fusilaron. Günther se encargó de dar el tiro de gracia a varios hombres que aún mostraban signos de vida y después siguieron su camino, dejando los cadáveres en el mismo lugar en que habían caído.

Con toda franqueza, cuando el capitán Kestner me relató lo sucedido allí pensé seriamente en presentar una queja formal contra el capitán Günther; pero se me recomendó que no lo hiciera: Günther era un hombre de Heydrich y esto lo hacía intocable, como comprenderán ustedes. Incluso después de asesinar a otro oficial en un prostíbulo de París, y cuando se podía esperar con toda lógica que comparecería ante una corte marcial, consiguió evadir todos los cargos. Sólo le ordenaron que regresara a Berlín, desde donde fue enviado a Ucrania, probablemente para realizar el tipo de trabajo sucio que ha dado fama a las SS. No está claro que todos los oficiales alemanes se comportasen como caballeros.

Más tarde me encontré con Heydrich y cuando le expresé mis reservas respecto a Günther, me dio una típica respuesta de las suyas. Dijo que estaba de acuerdo con Schopenhauer en que todo el honor descansa al final en las consideraciones de la conveniencia. Heydrich, por supuesto, estaba muy influenciado por Schopenhauer; y no me refiero sólo a su antisemitismo. En cualquier caso, no discutí con él. No era prudente hacerlo. Como Kant, creo que el honor y la moralidad contienen sus propios imperativos. Es por eso que participé en el complot del conde Stauffenberg para matar a Adolf Hitler. Y por eso fui arrestado por los nazis en junio de 1944.

DECLARACIÓN DE HELMUT KNOCHEN, MAYO DE 1954

Mi nombre es Helmut Knochen, y se me ha pedido que haga una descripción del Hauptsturmführer de las SS Bernhard Günther para el registro. Conocí a Günther en 1940. Creo que era mayor que yo. Debería de tener unos cuarenta años. Recuerdo también que era berlinés. Yo soy de Magdeburgo y siempre he sentido fascinación por el acento berlinés. Bueno, no era tanto su acento lo que le hacía parecer berlinés como su actitud. Puede ser descrita como ruda y nada comprometida; cínica y poco amistosa. No me sorprende que a Hitler le disgustase tanto Berlín. Este hombre, Günther, era doblemente típico de allí, porque además era policía. Un detective. Siempre he creído que el personaje de santo Tomás en la Biblia tuvo que ser berlinés. Este tipo sólo hubiese creído que Cristo se habría levantado de entre los muertos después de mirar a través de los agujeros de sus manos y sus pies y ver al juez y al médico forense al otro lado.

Tenía un aspecto muy alemán. Pelo rubio, ojos azules, casi un metro noventa de estatura y ancho de hombros, aunque un poco entrado en carnes. Su rostro mostraba una expresión beligerante. Sí, se parecía mucho a un tipo de hombre que no me gusta nada en absoluto. Un auténtico nazi.

(Al testigo, Knochen, se le mostró la foto de un hombre y lo identificó positivamente como el criminal de guerra buscado Bernhard Günther.)

27

FRANCIA, 1954

Desde la sucia ventana en la celda de la prisión de Cherche-Midi, en París, sólo podía ver la fachada del Hotel Lutétia, y durante mucho rato permanecí apoyado en la esquina cubierta de telarañas, mirando el hotel con atención, como si esperase verme a mí mismo salir por la puerta con la pobre Renata Matter cogida de mi brazo. Era difícil saber por quién sentía más pena, si por ella o por mí, pero al final ganó ella. Al fin y al cabo estaba muerta, cuando tenía todas las razones para confiar en que continuaría viva. De no haber sido por mí. No me lo perdonaré jamás. Si no le hubiera conseguido un empleo en el Adlon, me dije a mí mismo, no la habrían matado. Si la hubiese dejado aquí, en París, existiría una remota posibilidad de verla doblar hacia la izquierda al salir del Lutétia y cruzar el Boulevard Raspail para venir a visitarme a la prisión. Hubiera sido bastante fácil. Después de todo, la Cherche-Midi ya no era una prisión sino un juzgado, y como muchas otras personas en París -la mayoría de ellas periodistas- podría venir aquí para asistir al juicio contra Karl Oberg y Helmut Knochen y también para verme a mí. Mis anfitriones del SDECE -el servicio de contraespionaje francés- habían considerado necesario recordarme que estaba en su poder, y que, como Dreyfus, que también había estado preso en Cherche-Midi, podían hacer conmigo lo que quisieran ahora que me habían extraditado y me encontraba bajo su custodia.

No es que mi encierro en París fuese una enorme penuria. No después de todo lo que había pasado. No después de Mainz y la Sûreté francesa. Habían sido un poco duros. Y la verdad es que la prisión de La Santé donde estaba detenido no era precisamente el Lutétia, pero el SDECE no era tan malo. En cualquier caso, no tan malo como la CIA; y desde luego no tan malo como los rusos. Además, la comida en La Santé era buena y el café incluso mejor; los cigarrillos tenían sabor y no escaseaban; la mayoría de los interrogatorios en la Caserne Mortier -apodada La Piscina- se realizaban con cortesía, acompañados a menudo con una botella de vino y un poco de pan y queso. En ocasiones los franceses también me traían un periódico y me lo dejaban llevar a la celda. No era esto lo que me había esperado cuando dejé el WCPN1 en Landsberg. Mi francés mejoró; lo suficiente como para comprender lo que decía el periódico y los procedimientos del día que me llevaron al juzgado, que resultó ser el mismo día en que el tribunal militar emitió sus veredictos y pronunció las sentencias. Mis anfitriones de la inteligencia francesa habían dejado claro lo que querían, después de todo. No podía culparles por ello.

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