El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Telefoneó a Bob Cavanaugh desde el hotel.
– He pensado que querrías saberlo, antes de enterarte por otros medios. Esto no va bien. Es posible que haya algunos efectos adversos.
Tras el irritante retraso de la comunicación vía satélite, Cavanaugh solo pareció divertido.
– Estás en Australia, Gerald. ¿Quién va a enterarse?
¿Hasta qué punto Mark había cambiado? Este interrogante perseguía a Karin en aquel cálido verano, pasados ya dos tercios del año. Le evaluaba continuamente, comparándole con la imagen que tenía de él antes del accidente y que cambiaba a cada día que ella pasaba con el nuevo Mark. La percepción que tenía de su hermano era un término medio en constante movimiento, decantado a favor de la persona más reciente que estaba ante ella. Ya no confiaba en su memoria.
Desde luego, Mark era más lento. Antes del accidente, algo tan complejo como decidir qué hacer con la casa de su madre solo le había llevado veinte minutos. Ahora el mero acto de bajar las persianas era como resolver el conflicto de Oriente Próximo. El tiempo de todo un día solo le bastaba para sentarse y pensar en lo que era absolutamente necesario hacer al día siguiente, seguido por un pequeño y necesario período de descanso.
Era más olvidadizo. Podía verter un cuenco de cereal al lado del que había tomado a medias. Karin le decía varias veces a la semana que estaba incapacitado, pero él se negaba a creerlo. A ella sus confusiones verbales casi le parecían ingeniosas. «He de volver al trabajo -insistía-. Tengo que traer la banca a casa.» Al ver al presidente en las noticias, rezongaba: «No, otra vez no… ese señor Impuestos del Mal». * Se quejaba de su radio con reloj digital. «No puedo saber si son las diez a.m. o las diez FM.» Tal vez eso fuese todavía lo que los textos denominan «afasia». O tal vez Mark hiciera el tonto a propósito. Ella no podía recordar si antes había sido bromista.
Ahora tenía a menudo accesos de infantilismo; ella ya no podía negarlo. Sin embargo, antes del accidente se había pasado años insistiéndole en que se hiciera adulto. El país entero era juvenil. La época era infantil. Y cuando ella le veía al lado de Rupp y Cain, Mark no siempre salía perdiendo en la comparación.
Cualquier nimiedad desencadenaba su enojo. Pero también la cólera era un viejo rasgo suyo. En la escuela primaria, cuando la maestra de Mark le llamó cariñosamente «bicho raro» ante toda la clase por haberse traído el almuerzo en una bolsa de papel en lugar de en una fiambrera metálica como los demás, él la insultó, enfurecido y lloroso. Años después, cuando su padre se burló de él durante una discusión el día de Navidad, el chico de catorce años se levantó de la mesa, subió corriendo las escaleras mientras gritaba «Felices jodidas fiestas», asestó un puñetazo a la puerta de arce de la habitación y acabó en urgencias con tres huesos de la mano rotos. Y en una ocasión, cuando una histérica Joan Schluter trató de cortarle el pelo después de que Mark y Cappy se pelearan por su flequillo, el muchacho de diecisiete años estalló, la emprendió a patadas con el horno y amenazó con denunciar a sus padres por malos tratos.
A decir verdad, incluso el síndrome de Capgras tenía algún precedente. Durante tres años, antes de la pubertad, Mark había contado con el refinado señor Thurman, su amigo imaginario. El señor Thurman le confió a Mark el secreto de que había sido adoptado. Conocía a su verdadera familia, y le prometió que se la presentaría cuando fuese mayor. A veces el señor Thurman se mostraba condescendiente con Karin, diciendo que los dos eran expósitos, pero que estaban emparentados. Otras veces procedían de distintos orfanatos. En esas ocasiones Mark la consolaba e insistía en que serían mejores amigos cuando ella no tuviera que seguir con aquella falsa familia. Karin había detestado con todas sus fuerzas al señor Thurman, y a menudo había amenazado con asfixiarlo cuando Mark estuviera dormido.
El síndrome de Capgras también la estaba cambiando a ella. Luchaba contra el proceso de habituación a la enfermedad. Siguió teniéndola muy presente durante algún tiempo: la risa de Mark, extrañamente mecánica. Sus accesos de tristeza, meras afirmaciones de una realidad. Incluso su ira, mero y pintoresco ritual. Sin que viniera a cuento, se descolgaba con una declaración de amor por Barbara propia de un niño de siete años. Iba a pescar con sus amigos, remedaba el parloteo, se sentaba en la embarcación, caña en mano y maldiciendo su suerte, como el presentador robot de algún programa de pesca televisivo, atemorizado y nervioso, esforzándose por demostrar que seguía intacto en su interior. Durante algún tiempo ella fue consciente que el accidente los había separado y que toda su abnegada atención jamás volvería a unirlos. No había vuelta atrás, pues día tras día su propia memoria integrada demostraba cada vez más que mi hermano siempre ha sido así.
Una tarde a comienzos de julio, cuando le visitó en la Homestar, Karin encontró a Mark mirando un documental de viajes en el que aparecía un amable y anémico sacerdote que recorría la Toscana. Mark estaba fascinado, como si hubiera dado casualmente con el programa de telerrealidad más extraordinario. Saludó a Karin, lleno de entusiasmo.
– Ah, hola. ¡Mira qué sitio! Es increíble. La gente ha vivido ahí durante millones de años. Y las piedras son todavía más antiguas.
Karin se sentó a su lado y miró el documental. Ahora él la toleraba, un hábito tan inquietante como su anterior hostilidad. Finalizó el programa, y Mark zapeó por los demás canales. Buscó sus favoritos de siempre: coches y deportes de contacto, vídeos musicales, comedias frenéticas. Pero el ruido y la velocidad le resultaban desagradables. Ya no podía abrir la cañería que le conectaba con el mundo exterior sin sufrir una inundación. Al cabo de cinco minutos de una reposición de su comedia favorita, preguntó:
– ¿Es posible que el accidente me haya convertido en vidente?
Ella aparentó serenidad.
– ¿Qué quieres decir?
– Es como si supiera cada chiste antes incluso de que lo hayan contado.
Se decidió por un programa de temática zoológica sobre las tres especies de mamíferos primitivos que ponían huevos, algo que jamás le habrían sorprendido haciendo antes del accidente.
– Dios mío. ¿Qué es eso? Alguien la ha cagado con las especificaciones del diseño. ¡Pájaros con pelo!
Ese era el Mark que ella recordaba de la infancia. Curioso y tierno, sin salidas de tono. Su perplejidad había aumentado lo suficiente para querer que ella estuviera allí, sentada a su lado en el estrecho sofá. En ese momento era tal como ella deseaba que fuese. Podía hacerle té, incluso podía extender el brazo por encima del sofá y tocarle el hombro, y él lo toleraría. La idea era traumática. Se levantó y fue de un lado a otro de la sala. Impensable: Toscana, equidnas y su hermano. Observó al joven sentado en el sofá que miraba cejijunto a los primitivos mamíferos con fingida excitación.
– ¡Mira esa criatura! Abandonada por la evolución. Rezagada. Es lo más triste que he visto jamás. -Alzó la vista y la vio yendo de un lado a otro-. Eh, ¿quieres sentarte un momento? Me estás poniendo nervioso.
* Hay aquí un juego de palabras entre Taxes of Evil («Impuestos del Mal») y Axis of Evil («Eje del Mal»). (N. del T.)