El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– Sí, por supuesto -convino Hester, y acto seguido se llevó consigo a Evan fuera de la habitación y escaleras abajo.
– Lo siento, Hester -dijo Evan, que iba detrás de ella-. La verdad es que no hay alternativa. Las pruebas son abrumadoras.
– Ya lo sé -contestó sin volverse-. William me lo contó. -Estaba tensa, se mantenía erguida con esfuerzo, como si temiera no ser capaz de recobrar la compostura si se permitía un solo instante de debilidad. Cruzó el vestíbulo y entró en el salón de las visitas sin llamar.
Sylvestra estaba sentada en el sofá, cerca del fuego, y Monk de pie en medio de la alfombra. Ninguno de los dos hablaba en aquel momento.
Sylvestra miró a Hester, interrogándola con ojos aterrorizados.
– El doctor Wade está con él -dijo Hester, a modo de respuesta-. Está muy apenado, por supuesto, pero no corre peligro. Y naturalmente se queda en casa. -Bajó la voz-. Le he preguntado si es culpable y lo ha negado con vehemencia.
– Pero… -balbuceó Sylvestra-. Pero… -Miró a Monk y luego a Evan, detrás de Hester.
– ¡Eso no ayuda a nadie! -exclamó Monk, con aspereza.
Sylvestra estaba desconcertada. Movía las manos como si quisiera agarrar algo, cerrándolas en el aire. Tenía el cuerpo tenso y se movía con torpeza, cada vez más cerca de la histeria. En ese momento, su necesidad de apoyo era mayor que la de Rhys.
Hester fue a su lado y la tocó, asiéndole los brazos.
– Esta noche no podemos hacer nada pero por la mañana trazaremos un plan. Han presentado los cargos. Habrá que responder, sea cual sea la respuesta. El señor Monk es investigador privado. Puede que aún queden cosas por descubrir y, como es natural, usted contratará al mejor consejero legal que pueda. Ahora debe cuidar de sus propias fuerzas. Sin duda el doctor Wade hablará con su hermana, y yo puedo hacerlo con la señora Kynaston, si para usted va a ser más fácil.
– Yo… No lo sé… -Sylvestra temblaba y tenía la piel fría.
Evan se revolvió, incómodo. No tenía por qué ser testigo de aquella agonía. Ya había terminado su tarea allí. Aquello era una intromisión por su parte, y también por la de Monk. Miró a Hester.
Estaba absorta en los sentimientos de Sylvestra. Él y Monk apenas alcanzaban la periferia de su mente.
– Hester… -Fue Monk quien habló, aunque indeciso.
Evan le miró. Su rostro reflejaba una piedad tan profunda que resultaba descarnada, extraordinaria, y tuvo que pasar un momento para que Evan se diera cuenta de que se debía a Hester, no a la mujer que acababa de recibir tan tremendo golpe. No era sólo piedad, sino también una profunda admiración y una ternura que rara vez se permitía mostrar.
Deseó que Hester se volviera y le viera, pero la consumía su inquietud por Sylvestra.
Evan se dirigió hacia la puerta. Desde el vestíbulo vio que el doctor Wade bajaba la escalera. Se le veía demacrado, y aún cojeaba un poco debido a su accidente hípico.
– No le será posible trasladarlo -dijo, antes de llegar abajo-. Lo que aún no sé decirle es si estará en condiciones de soportar un juicio.
– Necesitaremos la opinión de más de un médico -contestó Evan. Observó la expresión crispada de Wade, su mirada turbia, y pensó que tal vez se debía al miedo que le inspiraba el porvenir.
– Sargento…
– Dígame, doctor.
– ¿Ha…? -Se mordió el labio. Lo que iba a decir parecía causarle un agudo dolor. Buscó las palabras adecuadas, vaciló sobre el acierto de su decisión y por fin hizo de tripas corazón-. ¿Ha considerado la posibilidad de que no esté cuerdo…, de que no sea responsable, tal como usted y yo entendemos el término?
¡Así que Wade admitía que era culpable! ¿Se debía simplemente a las pruebas que había presentado? ¿O acaso sabía algo acerca de Rhys, fruto de la observación del muchacho a lo largo de los años?
– Ningún hombre en su sano juicio sería capaz de hacer lo que han hecho a esas mujeres, doctor -respondió-. La culpa no nos corresponde decidirla a nosotros…, gracias a Dios.
Wade suspiró profundamente, saludó a Evan con la cabeza y se dirigió al salón.
Capítulo 10
Monk y Evan se marcharon, pero Corriden Wade permaneció en el salón de las visitas, caminando de un lado a otro, incapaz de estarse quieto y mucho menos sentado. Sylvestra estaba inmóvil, con la mirada perdida, como si su voluntad y sus fuerzas se hubiesen extinguido. Hester estaba de pie junto al fuego.
– Lo siento -dijo Wade con sentimiento, mirando a Sylvestra-. ¡Lo siento muchísimo! No tenía idea de que fuera a ocurrir esto… Es una situación espantosa.
Hester no apartaba sus ojos de él. ¿Acaso el doctor Wade había observado desde hacía tiempo el lado oscuro de Rhys y temía un desastre, aunque algo menos grave, menos intenso, menos irreversible que la muerte? Viendo su rostro ahora, con las mejillas hundidas por el cansancio y la falta de sueño, no era difícil creer que había visto materializarse un temor que abrigaba desde hacía mucho pero que le había sido imposible evitar.
Aunque después se le ocurrió otra cosa. ¿Sería Corriden Wade el nexo que faltaba en la cadena de pruebas de Evan? ¿Era él, quizá, quien había tratado de advertir a Leighton Duff sobre las debilidades de su hijo, sobre su propensión al auténtico vicio? ¿Había sido algo que dijo Wade lo que finalmente permitió que Leighton Duff atara los cabos sueltos, constatando la terrible verdad?
Con un estremecimiento de horror se dio cuenta de que en su fuero interno había aceptado que Rhys era culpable. Se había resistido durante mucho tiempo y ahora, en un instante, se había rendido sin siquiera ser consciente de ello.
Wade dejó de caminar y miró a Sylvestra.
– Tienes que descansar, querida. Te daré un preparado que te ayude a dormir. Estoy seguro de que miss Latterly hará compañía a Rhys si es preciso, aunque dudo que lo sea. Vas a necesitar todas tus fuerzas. -Se volvió hacia Hester-. Lamento cargarla con tantas responsabilidades, aunque no dudo que tanto su coraje como su compasión estarán a la altura de las circunstancias.
Era un cumplido muy profundo, hecho con suma seriedad. No era el momento adecuado para agradecerlo, sino para aceptarlo.
– Por supuesto -convino-. Mañana empezaremos a dar los pasos necesarios.
Wade asintió y por fin pareció calmarse un poco. Hester consideró prudente concederle unos minutos a solas con Sylvestra. Su preocupación por ella saltaba a la vista. Ahora, más que nunca, debían disponer de una intimidad que les permitiera aproximarse salvando la tragedia en la que estaban envueltos.
– Iré a ver cómo sigue Rhys -dijo-. Buenas noches. -No esperó respuesta, se dio la vuelta y salió sin más, cerrando la puerta tras de sí.
Rhys no la llamó en toda la noche. Fuera lo que fuese lo que el doctor Wade le había dado, bastó no sólo para inducirle el sueño sino la inconsciencia. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba despierto cuando oyó que la campanilla caía al suelo.
Se levantó de inmediato. Era pleno día. Se puso el chal en los hombros y abrió la puerta que conectaba las dos habitaciones.
Rhys yacía de cara a ella, con los ojos muy abiertos, aterrado.
Hester entró en el dormitorio y se sentó en la cama.
– Dígamelo otra vez, Rhys -pidió en voz baja-. ¿Mató usted a su padre?
Negó despacio con la cabeza, sin apartar sus ojos de ella.
– ¿Ni siquiera por accidente? -insistió-. ¿Peleó con él, sin saber quién era, en la oscuridad?
Rhys dudó un instante y volvió a negar. Su expresión era de puro horror, con los labios cerrados, la mandíbula apretada, los músculos del cuello agarrotados por la tensión.