Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Una vez fuera del "Rincón de Lenin", los oyentes dieron salida a los sentimientos que los embargaban. Eroles le preguntó a Cosme Vila:
– ¿Has oído…? Pero ¿es posible todo eso?
Cosme Vila, cuya gran cabeza despedía destellos, se dominó y respondió:
– Claro que lo he oído.
El jorobado Eroles daba vueltas alrededor de Cosme Vila como un bufón.
– Pero… ¿eso significa que en Rusia no vive todo el mundo igual, que no pasa todo el mundo las mismas privaciones?
Cosme Vila escupió al mar, aun cuando escupir no era su costumbre.
– Claro que no -contestó, tranquilo-. En Rusia se vive la primera etapa del socialismo, según la cual cada uno recibe a tenor de lo que produce. Eroles se quedó inmóvil.
– ¿Así, pues, existen clases?
– No es ésa la definición. Hay diferentes categorías de trabajo en el conjunto de los productores. Pero existe una diferencia respecto al capitalismo. En Rusia, un simple peón puede aspirar a ser ingeniero y un soldado a ser general. En el campo capitalista, en cambio, sólo los burgueses tienen acceso a los estudios y a los cargos superiores.
Eroles se fue a trompicones hacia su camarote, en el momento en que la mujer de Cosme Vila, que por fortuna no había asistido a la charla en el "Rincón de Lenin", salía con el crío al encuentro de su hombre y le decía:
– Qué bonito está el mar a esta hora, ¿verdad? Sí, era bonito, en verdad. El mar, el Báltico, estaba bonito, aun cuando el plateado gris de sus aguas fuera más triste que el azul de las aguas del Mediterráneo, que tanto emocionaba al profesor Civil. Cosme Vila repasó en un momento toda su trayectoria revolucionaria, desde que en el Banco Arús leía a escondidas El Capital, de Marx, sin entender gran cosa de él, hasta que le ordenó a Gorki emparedar a Laura y a mosén Francisco. Había vivido la gran experiencia española y había sido violentamente expulsado por esos burgueses a los que aludió al hablar con Eroles, burgueses que supieron, ¡hasta qué punto!, empuñar las armas y demostrar que sí, que los hechos eran a veces verdades duras. Se encontraba camino de Leningrado y de Moscú. ¿Qué le diría a su mujer cuando ésta buscara en vano polvos para la cara -tenía la manía de empolvarse- y un poco de pintura para los labios? Le diría que el socialismo necesitaba máquinas, máquinas, máquinas… "Sí, claro… -le replicaría ella, con su insoportable timidez-. Pero ¿y yo? Yo necesito polvos para la cara".
El barco, el Komrodost, prosiguió su ruta… y llegó a Leningrado. Y allí se produjo la cuarta sorpresa para Cosme Vila: Jesús Hernández no les había mentido, tenía razón. Cosme Vila lo advirtió sólo con ver el puerto de la antigua e histórica ciudad rusa. Un espectáculo caótico, mezcla de protocolo, de trepidación industrial y de miseria. Por todas partes retratos de Stalin, de Molotov y de Beria. Delegados del Komintern recibiéndolos efusivamente. Delegados de los Sindicatos, fotógrafos encaramados en viejos vagones de ferrocarril, un coronel llamado Popov y una serie de tipos vestidos de paisano, que a Eroles le recordaron los comisarios políticos que actuaron en España. Los compases de La Internacional sonaron en honor de los recién llegados. ¡Claro que sí! Y en los alrededores veíanse grandes fábricas y gigantescas grúas. Pero al propio tiempo, aquí y allá, chabolas y más chabolas y seres harapientos, raquíticos, como arrancados de una página de Gogol o de un grabado de la época de los 'mujiks'. Flotaba en el aire tal sensación de fatalismo y abandono que los trescientos emigrantes españoles se sintieron anonadados. La primera pregunta que asomaba a sus labios era ésta: "¿Por qué no se construyen viviendas?". La respuesta: "Porque en Rusia lo que en este momento interesa es construir fábricas". Y luego: "¿Por qué no se reparte ropa a la población?". "Porque en este momento las fábricas no pueden producir telas, sino maquinaria y artículos de otro orden". "¿Y los alimentos?". "El Plan Quinquenal, que se llama Piatillka, es el que determina lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer".
La próxima sorpresa fue la llegada a Moscú, meta soñada, al término de un viaje en tren mucho más agotador que el que hicieron los Alvear de Burgos para trasladarse a Gerona. En la estación de la capital rusa el recibimiento fue más apoteósico aún que el de Leningrado; pero resultó que la mayor parte de los camaradas que componían la expedición, incluyendo a Eroles, debían proseguir inmediatamente viaje hacia el Sur… Por la vida de Stalin, ¿dónde estaba el Sur? ¿Y cómo era aquello posible? ¿Y la Plaza Roja? ¿Y el mausoleo de Lenin? ¿No podían abandonar por unas horas aquellos andenes y darse una vuelta por la capital? Por lo visto, el horario era rígido y había que respetarlo…
Cosme Vila, tal vez por influencia de Axelrod, fue de los pocos autorizados a quedarse en Moscú, con su mujer e hijo. Pero sus camaradas le dieron pena. Ni siquiera pudo despedirse de Eroles, pues de pronto el jorobado había sido conducido a un tren apartado, cuya locomotora resoplaba ya, presta a partir. Cosme Vila vio la cabeza de Eroles asomarse a una de las ventanillas de ese tren. Su expresión era desasosegada. El camarada Eroles, al localizar con la mirada a Cosme Vila, al principio pareció dudar, pero luego levantó el puño con un vigor que casi daba angustia.
Entretanto, los autorizados a quedarse habían sido agrupados por orden alfabético, debajo del gran reloj del andén central, y a su lado habían brotado inesperadamente varias muchachas con brazales de la NKWD, las cuales los invitaron a permanecer quietos, en espera de órdenes. Éstas no tardaron en llegar; el grupo abandonó la estación como si fuera a desfilar, y su presencia en el exterior provocó otro gran movimiento de cámaras fotográficas y fue jaleada de nuevo por los compases de La Internacional.
Una hora después, Cosme Vila recibía la última sorpresa del viaje, pórtico de otras muchas, sobre todo de carácter psicológico, que iba a recibir a lo largo de su permanencia en la capital soviética: no podría ir a ningún hotel, ni dispondría de piso propio. Ni siquiera de un piso como el que fue del Cojo. Debería compartir una reducida vivienda, situada en la calle Bujanian, con otros tres camaradas españoles llegados a Rusia ocho días antes, también por la ruta El Havre-Leningrado.
Cosme Vila no tuvo ánimo siquiera para protestar. ¿No se había pasado la vida pregonando la conveniencia de someter el individualismo a la colectividad?
Por fortuna, sus tres compañeros de piso -dos catalanes, llamados Soldevila y Puigvert, y un madrileño llamado Ruano- los recibieron con efusión y les aclararon algunas dudas. Oh, no, no debían extrañarse de aquel reparto de hombres. Dicho reparto había sido meditado a conciencia por los jefes soviéticos, de acuerdo con la ficha que el Kremlin tenía de cada exiliado español. Ruano, el madrileño, que llevaba una hermosa corbata roja, añadió:
– No creo que pasemos de un centenar los que podremos quedarnos en Moscú. Los demás, se considera que serán mucho más útiles al Partido trabajando en los complejos industriales de Rostov y de Jarkov…
Cosme Vila se tocó el ancho cinturón de cuero, que al tiempo que lo asfixiaba le daba seguridad.
– ¿Trabajando en calidad de qué?
El madrileño Ruano se encogió de hombros.
– No sé. Depende… Si tienen alguna especialidad…
Cosme Vila se esforzaba por hablar en tono neutro.
– ¿Y quién dirige esos complejos industriales?
– ¡Ah! -intervino Soldevila, tumbado en un sofá, en actitud displicente-. Es de suponer que todo funcione a toque de silbato.
El otro catalán, Puigvert, añadió:
– ¿Cómo quieres que sepamos esas cosas? Llegamos hace una semana y apenas si nos han permitido movernos de aquí.
Cosme Vila comprendió que era inútil prolongar el interrogatorio. Aquellos tres camaradas, que compartirían con él la minúscula vivienda, eran efectivamente cordiales, pero parecían sumidos, como el camarada Eroles en la ventanilla del tren, en la mayor perplejidad. Por otra parte, muy pronto dieron muestras de interesarse más por el crío de Cosme Vila, que parecía el más contento de la reunión, que por las "verdades que se escondían en las entrañas de la Unión Soviética" y por la suerte que les esperaba.