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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Detestaba las conferencias leídas. Normalmente hablaba a partir de un esquema, y lo hacía de una manera despreocupada y campechana. Pero aquella noche, al apartarse del guión, le invadió una sensación de vértigo. Se encontraba en lo alto de un gigantesco acantilado, azotado por el oleaje. Al fin y al cabo, ¿qué era la acrofobia, sino el deseo de saltar a medias reconocido? No se apartaba de la palabra impresa, pero bajo la luz de los focos y las jugarretas que le hacía su visión, se extraviaba una y otra vez. Mientras leía en voz alta, se dio cuenta de que lo hacía demasiado bajo. Se hallaba ante científicos, investigadores, y él les estaba haciendo unas descripciones de salón, les presentaba un material de sala de espera. Se esforzó por añadir unos detalles técnicos que se le escapaban incluso mientras los añadía.

La conferencia no fue un desastre total. Él las había sufrido peores. Pero no fue un discurso de apertura, no valía los honorarios que le pagaban. La mayoría de las preguntas que le hicieron estaban fuera de lugar. El grupo sentía pena por él al ver que ya estaba acabado. Alguien le preguntó si creía que el impulso narrativo podría haber precedido al lenguaje. La pregunta no tenía nada que ver con la charla que acababa de dar. En todo caso, parecía referirse a la acusación efectuada por el crítico de Harper's de que había desoído su verdadera vocación, de que, en lo más profundo de su ser, Gerald Weber era un fabulador.

Durante la recepción posterior no tuvo que sufrir más humillaciones. La penosa experiencia le había provocado un hambre voraz, pocas horas después de la cena, pero en la recepción no había más que Shiraz y grasientos cuadrados de arenque sobre galletas saladas. Todos los asistentes desarrollaron el síndrome de Klüver-Bucy: se metían cosas en la boca como bebés, se comportaban de una manera demasiado maníaca, intercambiándose sílabas maulladas y haciendo proposiciones a todo lo que se moviera.

No regresó al hotel hasta pasada la medianoche. No estaba seguro de poder telefonear a Sylvie. Ni siquiera era capaz de calcular la diferencia horaria. Yació despierto, pensando en las respuestas que debería haber dado y viendo las grietas del techo como sinapsis inmovilizadas. En algún momento, pasadas las tres de la madrugada, se le ocurrió pensar que él mismo podría ser un caso clínico detallado, la descripción de una personalidad realizada de una manera tan minuciosa que solo creía ser autónoma…

De noche, el cerebro se vuelve extraño a sí mismo. Él conocía la bioquímica precisa detrás del llamado «síndrome de exacerbación nocturna», la intensa exageración de los síntomas clínicos durante las horas de oscuridad. Pero conocer la bioquímica no la anulaba. Finalmente, debía de haberse dormido, porque se despertó de un sueño en el que la gente se lanzaba como proyectiles en una gran extensión de agua, de la que emergía como protoformas fundidas. El sueño: esa solución de compromiso para acomodar el tronco encefálico vestigial. Le despertó el sonido del teléfono, una llamada despertadora que no recordaba haber solicitado. Aún estaba oscuro. Disponía de treinta minutos para ducharse, desayunar y cruzar la ciudad hasta los estudios de televisión para aparecer en directo en un noticiario matinal. Cinco minutos de televisión a la hora del desayuno, algo que había hecho una docena de veces con anterioridad. Llegó a los estudios con la mente todavía en el hotel. Lo llevaron a la sección de maquillaje y lo empolvaron. Se quitó las gafas, y no por vanidad, sino porque bajo los focos del plato las gafas se convertían en espejos. Se encontró con el editor del programa, que le dio instrucciones utilizando notas fotocopiadas y páginas de Internet impresas. La crítica de Harper's asomaba entre las hojas. El editor parecía estar hablando de un libro escrito por otro.

Weber se sentó en el estrecho camerino, y miró un minúsculo monitor mientras el invitado que le precedía se esforzaba por parecer natural. Entonces llegó su turno. Le condujeron a un plato rodeado de elementos tecnológicos y con un reluciente mobiliario de sala de estar. Alrededor del sofá, una pequeña batería de cámaras avanzaba y retrocedía. Sin las gafas puestas, el mundo era para Weber como un cuadro de Monet. Le hicieron sentarse al lado del comentarista, quien miraba lo que parecía ser una mesita baja, pero que en realidad era un teleprompter. Junto a aquel hombre había una mujer: la esposa simbólica. La mujer le presentó, tergiversando varios datos. La primera pregunta surgió de ninguna parte.

– Gerald Weber. Ha escrito usted acerca de muchas personas que padecen numerosos trastornos extraordinarios. Personas convencidas de que lo caliente está frío y que lo negro es blanco. Personas que se creen capaces de ver cuando no es así. Personas para las que el tiempo se ha detenido. Personas con la creencia de que ciertas partes de su cuerpo pertenecen a otro. ¿Podría contarnos el caso más extraño con que se haya encontrado?

Un espectáculo de fenómenos de feria, desplegándose ante millones de ciudadanos que desayunaban con la tele encendida. Quería pedirle a aquella mujer que volviera a empezar. Los segundos transcurrían, cada uno de ellos tan inmenso, blanco y helado como Groenlandia. Él abría la boca para hablar y descubría que su lengua estaba pegada a la parte posterior de los incisivos. No podía salivar ni humedecerse la seca y paralizada oquedad de la garganta. Los telespectadores australianos debían de pensar que estaba chupando una tuerca de rueda de automóvil.

Las palabras le salían, pero entrecortadas, como si acabara de sufrir una apoplejía. Musitó algo acerca de que sus libros rebatían la idea de «sufrimiento». Cada estado mental no era más que una nueva y diferente manera de ser, diferente de la nuestra solo en cuestión de grado.

– ¿Una persona que tiene amnesia o experimenta alucinaciones no sufre? -le preguntó el hombre con voz de periodista, dispuesto a instruirse.

Sin embargo, su tono tenía un brote de sarcasmo a punto de florecer.

– Bien, tomemos el ejemplo de las alucinaciones -dijo Weber, y describió el síndrome de Charles Bonnet, pacientes con una lesión de la senda visual que los dejaba por lo menos parcialmente ciegos y que a menudo experimentaban vívidas alucinaciones-. Conozco a una mujer que con frecuencia se ve rodeada de dibujos animados. Pero el síndrome de Bonnet es corriente. Millones de personas lo experimentan. Sí, en este caso hay sufrimiento. Sin embargo, a diario la conciencia básica conlleva sufrimiento. Es preciso que empecemos a considerar todas estas maneras de ser como continuas en vez de discontinuas. Cuantitativa más que cualitativamente diferentes de nosotros. Ellas son nosotros. Aspectos del mismo aparato.

La presentadora ladeó la cabeza y sonrió, una megadosis de atractivo escepticismo.

– ¿Quiere decir que todos estamos un poco mal de la cabeza?

Su compañero soltó una risa antiséptica. Aquello era la televisión.

Weber respondió que lo que estaba diciendo era que el pensamiento delirante es similar al pensamiento ordinario. Los cerebros, con todas sus variaciones, producen explicaciones razonables de las percepciones poco corrientes.

– ¿Es eso lo que le permite penetrar en estados mentales tan diferentes del suyo?

Como las peores trampas, aquella parecía inocente. Le estaban llevando hacia las acusaciones acerca de su obra que habían encontrado en Internet. ¿Le importan realmente sus pacientes o solo los utiliza con fines científicos? Buena controversia; mejor televisión. Weber notó la proximidad de la emboscada. Pero apenas podía ver, tenía la boca seca y llevaba días sin dormir. Empezó a hablar, unas frases que le parecían peculiares incluso antes de haberlas formado. Quería decir, sencillamente, que todo el mundo experimenta momentos pasajeros de delirio, como cuando contemplas la puesta de sol y, por un instante, te preguntas adónde va el sol. Tales momentos proporcionan a todo el mundo la capacidad de comprender los déficits mentales de otras personas. Daba la impresión de que estuviera confesando una demencia intermitente. Los dos presentadores sonrieron y le dieron las gracias por haber asistido al programa aquella mañana. Pasaron sin solución de continuidad a la noticia sobre un hombre de Brisbane al que, a través del techo del dormitorio, le había caído un fragmento de coral del tamaño de una pelota de criquet. Siguió una pausa comercial y los ayudantes se apresuraron a acompañar a Weber fuera del plato, su descalabro grabado para siempre y pronto visible en la Red, en cualquier momento, por cualquier persona, desde cualquier lugar de la tierra.

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