El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—Pero nuestras familias... —dijo el hombre.
—¿Dónde?
—En Studio City.
—Ahora no pueden ir allí —dijo Tim—. El tráfico es imposible por el valle. Las carreteras están cortadas, las autopistas se han hundido y hay muchos incendios. Lo mejor que pueden hacer por sus familias es quedarse aquí, donde están a salvo.
El hombre asintió. Tenía grandes ojos castaños y un rostro cuadrado, de expresión franca. Llevaba una barbita rojiza en el mentón.
—Ya se lo he dicho a los chicos. Julie-Ann, ¿has oído eso? Tu madre sabe donde estamos. Si las cosas fueran realmente mal allí, avisarían a la policía para que nos buscaran. Lo mejor que podemos hacer es quedarnos aquí. —Bajó la voz y se dirigió a Tim—: Supongo que habrá mucho que reconstruir después de ese terremoto. ¿Hay muchos heridos?
—Sí —dijo Tim, apartando la vista. No podía sostener la mirada del jefe de tropa.
—Entonces, nos quedaremos aquí otro día —dijo el hombre—. Mañana habrán de empezar a poner las cosas en orden. Pero los chicos no están preparados para esta lluvia. Nadie espera que llueva en junio. Quizá deberíamos bajar a Burbank y quedarnos en una casa, o una iglesia. Nos alojarían...
—No lo haga —dijo Tim en tono imperioso—. Todavía no. ¿Lleva esta carretera a lo más alto?
—Sí. —El hombre acercó su rostro al de Tim—. ¿Por qué quieren subir ahí? —Señaló los relámpagos que restallaban en las cumbres—. ¿Por qué?
—Tenemos que ir —dijo Tim—. Ustedes quédense aquí, al menos esta noche. Sigamos, Eileen.
Ella arrancó sin decir nada. Entraron en una curva, dejando al jefe de tropa de pie en la carretera.
—Yo tampoco he podido decírselo —dijo Eileen—. ¿Estarán seguros ahí?
—Creo que sí. Parece que estamos a bastante altura.
—La cumbre está a unos mil metros —dijo Eileen.
—Y ahora debemos encontrarnos a más de seiscientos. Estamos seguros. Tal vez sería mejor esperar aquí, hasta que pase la tormenta eléctrica, si es que para alguna vez. Luego podemos seguir o regresar. ¿Adonde iremos a parar si seguimos?
—A Tujunga. Está a más de seiscientos metros de altura. Si nosotros estamos a salvo, Tujunga también ha de estarlo.
Siguieron adentrándose en las colinas, por la carretera serpenteante. Tim frunció el ceño. Nunca había tenido un buen sentido de la dirección, y no había mapas en el coche.
—Mi observatorio está más arriba del gran cañón de Tujunga... Se puede ir subiendo por aquella carretera. Yo lo he hecho alguna vez. En el observatorio hay comida, equipo de emergencia y suministros.
—¿También te dio a ti la fiebre del Martillo? —bromeó Eileen.
—No. Es un lugar muy apartado. Más de una vez me he quedado bloqueado por la nieve, en ocasiones durante más de una semana. Por eso lo tengo bien aprovisionado. ¿Adonde vamos? ¿Por qué no paras?
—Yo... no lo sé.
Eileen redujo la velocidad y avanzó pausadamente, casi a paso de hombre. La lluvia había disminuido, aunque todavía caía en exceso para una zona de escasas precipitaciones, como Los Angeles, y era un fenómeno insólito en verano, pero al menos ahora no era más que lluvia, no un diluvio. En cambio se había levantado el viento, que aullaba por el cañón y obligaba a los dos viajeros a comunicarse a gritos, pero el viento era un compañero tan constante que ya no lo notaban.
Pasaron otra curva y se encontraron en una alta cornisa que miraba al sur y el oeste. Eileen frenó, a pesar del peligro de desprendimientos desde arriba, y cerró el contacto. El viento aullaba y los relámpagos no cesaban. La lluvia impedía la visibilidad del valle de San Fernando, pero a veces el viento la despejaba y se podían ver formas borrosas a lo lejos. Había brillantes resplandores anaranjados en la superficie del valle, docenas de ellos.
—¿Qué es eso? —preguntó Eileen.
—Casas. Estaciones de servicio. Almacenes de combustible. Coches, hogares, camiones cisternas volcados... todo cuanto puede arder.
—Lluvia y fuego. —Eileen se estremeció a pesar del calor que hacía dentro del coche. El viento aulló de nuevo.
Tim tendió los brazos hacia ella. Eileen retrocedió un instante, luego se aproximó a él y apoyó la cabeza en su pecho. Permanecieron así, escuchando el ulular del viento, contemplando las llamas anaranjadas difuminadas a través de la lluvia.
—Lograremos llegar al observatorio —dijo Tim—. Puede que tengamos que andar, pero no está tan lejos. No habrá más de treinta y cinco o cuarenta kilómetros de distancia. Andando, podemos llegar en un par de días. Entonces estaremos a salvo.
—No —dijo ella—. Nadie estará jamás a salvo, nunca más.
—Claro que sí. —Tim permaneció un instante en silencio—. Yo... Me alegro mucho de que me hayas encontrado. No tengo pasta de héroe, pero...
—Lo estás haciendo muy bien.
Volvieron a quedarse en silencio. El viento siguió silbando, pero gradualmente tuvieron conciencia de otro sonido, bajo, sordo, aumentando de volumen, como un avión a reacción, diez reactores, mil reactores rugiendo para despegar. Procedía del sur, y mientras ellos observaban, algunas de las llamas anaranjadas a lo lejos se apagaron. No vacilaron y se extinguieron, sino que se apagaron de súbito, arrebatadas de la vista en un instante. El ruido creció, acercándose.
—Maremoto —dijo Tim en voz baja—. Al fin ha llegado. Una oleada gigantesca, de docenas, tal vez centenares de metros de altura.
—¿Centenares de metros? —preguntó Eileen en tono nervioso.
—Estaremos a salvo. Las olas no pueden avanzar mucho a través de la tierra. Se requiere mucha energía para ello, muchísima. Escucha. Está subiendo por el viejo lecho del río Los Angeles, no a través de las colinas de Hollywood. Quienes se encuentren allí probablemente estarán seguros. Dios ayude a la gente del valle...
Permanecieron sentados, abrazados, mientras los relámpagos restallaban a su alrededor, por encima de ellos, y oían los truenos y, sobreponiéndose a ellos, el rugido del maremoto, a medida que una tras otra las luces anaranjadas en el valle de San Fernando iban apagándose.
Entre la Baja California y la costa occidental de México hay un estrecho espacio de agua cuyas costas parecen las dos púas de un diapasón. El mar de Cortés es tan cálido como el agua de un baño y tan tranquilo como un lago, un verdadero terreno de juego para nadadores y navegantes deportivos.
Pero ahora los fragmentos del núcleo del Hamner-Brown atraviesan la atmósfera terrestre como diminutas estrellas de un blanco azulado. Uno cae hacia la boca del mar de Cortés hasta que choca con el agua entre las púas.
Se abre un cráter blanco anaranjado y las aguas se alzan. El maremoto avanza hacia el sur, en forma de media luna creciente, pero, confinado entre las costas, la ola avanza hacia el norte, como la avanzada de la onda en el cañón de una escopeta. Parte del agua se derrama al este, en México; parte al oeste, cruzando la Baja California, hasta el Pacífico. La mayor parte del agua abandona el extremo septentrional del mar de Cortés, como una cadena montañosa en movimiento, de crestas blancas.
El Valle Imperial, la segunda de las mayores regiones agrícolas de California, está en la misma situación que si estuviera colocado ante la boca del cañón de una escopeta.
Por el deshecho aparcamiento del JPL los supervivientes se arrastraban unos al encuentro de otros. Eran una docena de hombres y cinco mujeres, todos aturdidos, arrastrándose juntos. Abajo había más gente, entre las ruinas de los edificios. Todos gritaban. Otros supervivientes se acercaron a ellos. Sharps se puso en pie, aturdido. Quería ir abajo y ayudar, pero las piernas no le respondían.