El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—Si podemos.
—Podremos.
Eileen se concentró en la conducción del vehículo. Su expresión era sombría. La lluvia era tan intensa que no podía ver, a pesar de los limpiaparabrisas.
La autopista de Golden State, agrietada, hendida, era inaccesible. Varios vehículos siniestrados bloqueaban el paso inferior. Una maraña de coches y un gran camión cisterna ardían en medio de un creciente charco de gasolina.
—Dios mío —dijo Tim—. ¿No crees que deberíamos parar?
—¿Para qué? —Eileen giró a la izquierda y condujo paralelamente a la autopista—. Los que vayan a sobrevivir ya habrán salido de ahí.
Avanzaban a través de una zona residencial, cuyas casas casi se habían mantenido intactas. Eileen y Tim se sintieron aliviados; de momento no había nadie herido, destrozado o agonizante. Encontraron otro paso inferior y Eileen se dirigió a él.
El camino estaba bloqueado por una barrera de tráfico. Alguien la había forzado, torciéndola hacia un lado, y Eileen la rebasó. Mientras lo hacía, otro coche salió de la lluvia y pasó a toda velocidad, haciendo sonar el claxon.
—¿Por qué querrá alguien ir al valle? —preguntó Tim.
—Porque tienen esposas, novias, hijos —respondió Eileen. Avanzaron cuesta arriba. Cuando el camino estaba bloqueado por restos retorcidos de edificios y de coches, Eileen giraba a la izquierda y luego volvía a la dirección noreste. Pasaron ante las ruinas de un hospital. Policías uniformados y enfermeras con sus batas blancas empapadas por la lluvia buscaban entre los restos. Uno de los policías se detuvo y miró a Tim y Eileen. Tim se asomó por la ventanilla y le gritó:
—¡Vayan a terreno alto! ¡Inundación! ¡Se acerca un oleaje gigantesco!
El policía le saludó con la mano y luego volvió a ocuparse de las ruinas del hospital.
Tim miró malhumorado la sucia mezcla de agua y polvo que el limpiaparabrisas no podía eliminar. Sintió deseos de llorar y parpadeó para contener las lágrimas.
Eileen le miró un instante y le tocó la mano antes de aferrarse de nuevo al volante.
—No podíamos ayudarles. Tienen coches, y hay bastante gente...
—Sí, tienes razón —dijo Tim.
Se preguntó si lo creía de veras. La carrera de pesadilla continuó. Ascendieron hacia Verdugo Hills, dejaron atrás lujosas casas destrozadas, una escuela derruida, edificios en llamas y otros indemnes. Cada vez que veían a alguien, Tim le advertía a gritos. Así se sentía un poco mejor por no detenerse.
Consultó su reloj. Era increíble, pero habían transcurrido menos de cuarenta minutos desde que viera el primer resplandor.
—Cuarenta minutos —musitó—. Hora H menos cuarenta minutos, y contando.
Desde el centro del Golfo de México, la ola se lanza hacia delante a una velocidad de dos mil kilómetros por hora. Cuando alcanza los bajíos a lo largo de la costa de Texas y Louisiana, el pie de la ola tropieza. Más y más agua se alza velozmente detrás, adquiere una altura vertiginosa hasta que un monstruo de un kilómetro de altura se precipita sobre la tierra.
Galveston y Texas City desaparecen bajo él embate de las olas. El agua que fluye hacia el oeste, arrasa las marismas, penetrando en El Lago y sigue más hacia el oeste, el mismo Houston arrastra innumerables escombros. La ola se estrella contra el arco que se extiende desde Brownsville, en Texas, hasta Pensacola, en Florida, busca las tierras bajas, los ríos, todos los caminos que llevan tierra adentro, alejándose del infierno ardiente en el fondo del Golfo de México.
Las aguas se remontan a lo largo de la costa occidental de Florida; entonces se derraman sobre la tierra, arrastrando con ellas el suelo arenoso. Dejan tras ellas limpios canales, una miríada de pasillos desde el Golfo hasta el Océano Atlántico. La corriente del Golfo será más fría y mucho más estrecha en los siglos venideros.
Las aguas que cruzan Florida son caprichosas. Una ola secundaria se une al cuerpo principal de agua en su veloz carrera, elevándolo aún más; en otro lugar, una ola muere dejando indemnes partes de la marisma de Okefenokee. La Habana y los cayos de Florida desaparecen al instante. Miami disfruta de una hora de tregua hasta que las olas del Atlántico producidas por los choques de varios fragmentos del cometa se encuentran con las veloces olas del Golfo, las superan y se estrellan contra las ciudades orientales de Florida.
Las aguas del Atlántico se vierten en el Golfo de México, a través de los recién formados canales que cruzan Florida. La cuenca del Golfo no puede contener todo ese caudal, y las aguas, una vez más, fluyen hacia el oeste y el norte, a través de las tierras ya anegadas. Una ola invade el río Mississippi, y eleva su caudal a 12 metros por encima del nivel normal cuando pasa por Memphis, Tennessee.
Fred Lauren había pasado toda la noche junto a la ventana, entre cuyos barrotes podía ver el cielo. Después de fotografiarle y tomarle las huellas dactilares, le habían dejado solo en una celda. A mediodía será trasladado a la prisión de Los Angeles.
La prisión de Los Angeles... Fred se echó a reír. A mediodía ese centro penitenciario habría desaparecido. Ni siquiera existiría ya la ciudad de Los Angeles. No tendrían oportunidad de encerrarle en una cárcel junto con otros reclusos. Ahuyentó los recuerdos de sus anteriores estancias carcelarias y pensó en algo más agradable.
Recordó a Colleen. Fue a visitarla llevándole regalos. El sólo quería hablar. La muchacha se asustó, pero Fred entró en el apartamento antes de que ella pudiera impedírselo. Los regalos eran muy bonitos, tanto que Colleen le dejó quedarse junto a la puerta mientras ella, al otro lado de la habitación miraba las joyas, los guantes y los zapatos rojos, preguntándose cómo sabía sus medidas, y él se lo dijo.
Fred habló y habló, y al cabo de un rato ganó la confianza de la chica y ella le permitió que se sentara. Le ofreció una copa y hablaron más, y ella vació tres veces su vaso. Le complacía que aquel hombre supiera tantas cosas de ella. Naturalmente, Fred no mencionó el telescopio, pero le dijo cómo sabía donde trabajaba, dónde compraba y lo bonito que era...
Fred no quería recordar el resto. Colleen acabó bebiendo demasiado y le dijo que, aunque acababan de conocerse, le parecía que se conocían desde hacía mucho tiempo y que, desde luego, él la conocía bien aunque ella no lo había sabido, y le preguntó si quería quedarse...
Una golfa, como todas. Una golfa. O puede que no lo hubiera sido, que realmente le encantara su compañía. Sí, pero, ¿por qué se había reído y después había gritado, diciéndole que se marchara cuando...?
—¡No!
Fred siempre se detenía al llegar a ese recuerdo. Miró el cielo. El cometa estaba allí. Su cola brillaba en el firmamento tal como había visto en las ilustraciones de las revistas de astronomía, y cuando llegó el alba a aquel cuadradito de cielo que Fred podía ver a través de la ventana de su celda, los jirones del cometa seguían presentes entre las nubes, y abajo, en la calle, la gente iba de un lado a otro, inconsciente de lo que aquello significaba. ¿No lo sabían, los muy estúpidos?
Se abrió la puerta de la celda y le dejaron el desayuno. Los carceleros no querían hablarle. Todo el mundo le miraba sin disimular su repugnancia...
Lo sabían, lo sabían. Los médicos forenses debían haberla examinado y sabían que no había sido violada, que él no pudo hacerlo, que lo intentó pero no pudo, y ella se reía, se reía... El sabía cómo hacerlo, pero no quiso, y ella volvió a reírse y él la mordió hasta hacerla gritar. ¡Y entonces pudo hacerlo, pero ella siguió gritando; impidiéndoselo!
Tenía que dejar de pensar, antes de que recordara la forma del cuerpo sobre la cama. Los polis le habían obligado a mirarla. Uno de ellos le cogió la mano y le dobló los dedos hasta que, contra su voluntad, tuvo que abrir los ojos y mirar. Pero ¿no comprendían que él la quería y que no había sido su intención...?