Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
1 ... 72 73 74 75 76 77 78 79 80 ... 189
Перейти на страницу:

Otro coche pequeño estaba volcado y había alguien debajo, debatiéndose. Sharps reconoció a Charlene, pero no había modo de llegar hasta ella. La muchacha dejó de moverse súbitamente. El suelo continuó temblando y gruñendo, hasta que se produjo otra violenta sacudida. Otra parte del aparcamiento se separó, inclinándose, y se deslizó lentamente hacia abajo, arrastrando a Charlene y el coche que la había matado. Ahora Sharps ya no oía el rugido. Estaba sordo. Permaneció tendido sobre el suelo en movimiento, esperando que todo terminara.

La torre, el gran edificio central del JPL, había desaparecido. En su lugar había una masa informe de vidrio, trozos de hormigón, metal retorcido y ordenadores destrozados. El centro Von Karman estaba igualmente en ruinas. Una pared había caído, y a través del espacio abierto, Sharps vio el primer módulo lunar no tripulado, la araña metálica que había llegado a la Luna para excavar su superficie. El ingenio espacial estaba desvalido bajo el techo a punto de desmoronarse. Entonces las paredes se derrumbaron también, enterrando al módulo espacial y también el centro de prensa científica.

—¡No se acaba! —gritaba alguien—. ¿Cuándo terminará?

Sharps apenas podía oír las palabras.

Finalmente los temblores empezaron a disminuir. Sharps permaneció tendido. No quería tentar a los hados. Lo que quedaba del aparcamiento estaba inclinado y en precario equilibrio. Ahora Sharps tuvo tiempo de preguntarse quién había estado en la escalera detrás de los cámaras. Ya no importaba, puesto que el equipo de televisión había desaparecido. Quienquiera que se encontrara a quince metros de la escalera se había desintegrado entre la masa de abajo, cubierto por los cascotes de los muros y los restos destrozados de los coches.

El día estaba oscureciéndose de una manera ostensible. Sharps alzó la vista para descubrir la razón. Un telón negro se deslizaba por el cielo. Entre las agitadas nubes negras, los relámpagos brillaban como docenas, centenares de enormes flashes fotográficos.

A su derecha un rayo cayó sobre un árbol y lo partió en dos. El trueno inmediato fue ensordecedor, y el aire olió a ozono. Más rayos se abatieron sobre las colinas cercanas.

—¿Sabes adonde vamos? —preguntó Tim Hamner.

—No —respondió Eileen. Corrían por calles vacías, azotadas por la lluvia—. Por aquí debe haber una carretera que lleve a las colinas. He subido un par de veces.

A la izquierda y detrás de ellos había más casas, intactas en su mayoría. A la derecha se encontraban las elevaciones de Verdugo Hills. Las casas se encaramaban a las laderas, formando pequeñas calles de un par de manzanas de extensión, y en cada una de ellas había letreros que indicaban «terreno cerrado». Excepto por la lluvia y los relámpagos, todo parecía normal en aquella zona. La intensa lluvia sólo permitía ver los objetos más cercanos, y las casas, en su mayor parte antiguas, estucadas, de estilo español, permanecían sin daños apreciables.

—¡Ahí está! —exclamó Eileen.

Giró bruscamente a la derecha y enfiló una carretera alquitranada que serpenteaba por el pie de un alto risco, un espolón de las montañas más lejanas iluminadas por los relámpagos. Era una carretera con muchas curvas, y pronto no vieron más que la colina a la derecha, las sombrías montañas que se alzaban en la distancia y un campo de golf a la izquierda. No se veían automóviles ni personas.

Giraron una y otra vez, hasta que Eileen pisó el freno y el coche patinó y se detuvo, ante un corrimiento de tierras. Más de tres metros de piedras y barro bloqueaban el camino.

—Tendremos que andar —dijo Tina. Miró en dirección a los relámpagos y se estremeció.

—La carretera sigue mucho más —dijo Eileen—. Creo que llega hasta lo alto de las colinas. —Señaló a su izquierda, al campo de golf protegido por una valla metálica—. Abre un espacio en la valla.

—¿Con qué? —preguntó Tim, pero bajó del coche. La lluvia le empapó casi al instante. Permaneció de pie, impotente. Eileen salió por el otro lado, con las llaves del maletero en la mano.

El maletero contenía un gato, varias bengalas de señales y un viejo impermeable manchado de aceite, como si lo hubieran usado para limpiar el motor. Eileen sacó el mango del gato.

—Usa esto. Tim, no tenemos mucho tiempo.

—Lo sé.

Tim cogió la delgada vara metálica y se dirigió a la valla. Se quedó allí inmóvil, con el mango del gato en la mano derecha. La tarea parecía inútil. Oyó que se cerraba la cubierta del maletero y luego la portezuela del coche. A ello siguió el ruido del motor. Tim miró a su alrededor, sorprendido, pero el coche no se movía. No podía ver el rostro de Eileen a través de la intensa lluvia y el vidrio húmedo del parabrisas. ¿Iba a abandonarle allí?

Decidió ponerse manos a la obra. Colocó el mango del gato entre la alambrada y un poste de la valla, tratando de torcer el alambre. No ocurrió nada. Hizo presión, volcando su peso sobre el mango, pero tropezó y cayó contra la valla. Una punta afilada desgarró sus ropas y le hizo un corte. Notó la sal que impregnaba sus ropas en la herida. Dobló los hombros, bajo el dolor y la impotencia, y se levantó.

—¡Tim! ¿Cómo va eso?

El quiso volverse y llamarla, decirle que aquello no tenía sentido, que estaba abatido, se había desgarrado la ropa y... Pero no dijo nada. Se agachó e insertó el mango del gato otra vez, torciéndolo y haciendo palanca contra el cable metálico, hasta que éste se soltó del poste. Repitió la operación una y otra vez, hasta dejar expedito todo un trozo de valla. Entonces fue al siguiente poste y empezó de nuevo la tarea.

Eileen apuntó el coche hacia la valla. Tocó el claxon y gritó: «Hazte a un lado». El automóvil se desvió de la carretera y penetró en la valla, arrancando los cables de otro poste, que cayeron sobre la hierba, y pasando sobre ellos. Eileen aceleró el vehículo.

Tim echó a correr. El coche no se había detenido del todo y parecía que no iba a hacerlo. Corrió hasta ponerse a su altura y abrió la portezuela de un tirón, arrojándose sobre el asiento. Eileen condujo el coche por una calle del campo de golf, dejando en ella surcos profundos, y llegó a una extensión de césped. Siguió adelante destrozando la cuidada superficie de hierba.

Tim se echó a reír, con un deje histérico.

—¿Qué pasa? —le preguntó Eileen, sin apartar la vista de la calle cubierta de hierba que se extendía hacia adelante.

—Recuerdo que cierta vez una señora entró en el césped del Country Club de Los Angeles con zapatos de tacón alto —dijo Tim—. ¡El camarero por poco se muere! Creía comprender la caída del cometa y lo que significa, pero no lo he comprendido hasta verte conducir a través del césped.

Ella no dijo nada, y Tim volvió a contemplar malhumorado el terreno. ¿Cuántas horas de trabajo se habrían invertido para producir aquella perfecta superficie de césped? ¿Volvería a molestarse alguien en hacerlo? Tim sintió de nuevo intensos deseos de reír. Si hubiera palos de golf en el coche, podría salir y dar el primer golpe a la pelota...

Eileen recorrió todo el campo de golf, salió de nuevo a la carretera alquitranada y enfiló hacia las colinas. Ahora estaban en plena naturaleza, con altas colinas a cada lado de la carretera. Pasaron junto a un terreno de acampado y vieron muchachos exploradores. Habían levantado una tienda de campaña y parecían discutir con el jefe de tropa. Tim abrió la ventanilla del coche.

—¡Quedaos en terreno alto! —gritó.

—¿Qué ha sucedido abajo? —preguntó el jefe de tropa.

Eileen redujo la velocidad y se detuvo.

—Incendios, inundaciones, atascos de tráfico —dijo Tim—. Aquello estará inhabitable durante algún tiempo. —Hizo una seña al adulto para que se acercaba—. Quédense aquí, al menos durante la noche.

1 ... 72 73 74 75 76 77 78 79 80 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)