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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Las nubes cubrían totalmente el cielo. Pasaban raudas, formando extraños dibujos. La escasa luz del día que atravesaba aquella negrura era mucho más débil que el continuo relampagueo en todas direcciones.

Sharps oyó llantos de niños. Luego una voz le llamó por su nombre.

—¡Doctor Sharps! ¡Auxilio!

Era Al Masterson, el portero del edificio de Sharps, que se había reunido con otros dos supervivientes. Los tres estaban junto a una camioneta que había chocado con un gran Lincoln verde. La camioneta estaba inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con dos ruedas sobre el asfalto y las otras dos en el aire. Los niños que lloraban se encontraban dentro del vehículo.

—Por favor, señor, dése prisa —urgió Masterson.

Aquello rompió el hechizo. Charlie Sharps echó a correr a través del aparcamiento para ayudar. Junto con Masterson y los otros dos hombres, empujaron la camioneta con su pesada carga hasta ponerla de nuevo en posición vertical. Masterson abrió la puerta. Los rostros de los dos niños estaban bañados en lágrimas. La mujer, June Masterson, no lloraba.

—Están bien —les dijo—. De veras, están bien.

La camioneta estaba cargada hasta el techo con alimentos, agua, latas de gasolina atadas a la puerta trasera, ropas, una escopeta y municiones. Parecía mentira que cupiera allí todo aquel material además de los niños y sus mantas.

—Le oí decir que el Martillo podría golpearnos —decía Masterson a todo el que se paraba a oírle—, le oí decir...

Sharps se rió para sus adentros. Masterson, el portero, había oído hablar a los ingenieros y, naturalmente, no había entendido las posibilidades en contra de que ocurriera algo, así que había estado preparado, bien pertrechado para sobrevivir, con su familia esperando en el aparcamiento, por si acaso. Los demás, pensó Sharps, sabían demasiado...

—¿Qué vamos a hacer, doctor Sharps? —preguntó Masterson.

—No lo sé. —Sharps se volvió a Forrester. El rechoncho astrofísico no había podido echar una mano para enderezar la camioneta. Parecía perdido en sus pensamientos, y Sharps desvió la vista de él—. Creo que haremos lo que podamos por los supervivientes... ¡Pero tengo que ir a casa!

—Yo también —dijo uno, al que se adhirió un coro de voces.

—Pero debemos permanecer juntos —dijo Sharps—. No habrá mucha gente en la que podamos confiar...

—Formemos una caravana —dijo Masterson—. Cogemos algunos coches y vamos todos en busca de nuestras familias. ¿Dónde vivís?

Resultó que había demasiada variedad de direcciones. Sharps vivía cerca de allí, en La Cañada, al igual que otros dos. Los hogares de los demás estaban esparcidos, y algunos vivían muy lejos, incluso en Burbank y Canoga Park, en el valle de San Fernando. Los que vivían en el valle parecían despavoridos.

—Yo no me iría —dijo Forrester—. Esperad. Un par de horas...

Los demás asintieron. Todos estaban enterados.

—Seiscientos kilómetros por hora —dijo Hal Crayne, que hasta hacía pocos minutos había sido geólogo.

—Más —replicó Forrester—. El maremoto se producirá unos cincuenta minutos tras la caída del cometa. —Consultó su reloj—. Menos de media hora.

—¡Pero no podemos quedarnos aquí! —gritó Crayne. Todos los demás gritaron con él. No podían oír sus propias voces.

Entonces empezó a llover, pero no era lluvia lo que caía sino barro. A Sharps le sorprendió ver bolitas de barro que salpicaban el asfalto. Bolitas de barro, duras y secas en el exterior, con centros blandos, y que producían un fuerte sonido al chocar con las carrocerías de los automóviles. Una granizada de barro. Los supervivientes se apresuraron a buscar refugio, en el interior de los coches, bajo ellos o entre la chatarra.

—¿Barro? —preguntó Sharps.

—Sí. Debí haber pensado en ello —dijo Forrester—. Barro salado procedente del fondo del mar, arrojado al espacio y...

La extraña granizada cesó y todos salieron de sus refugios. Ahora Sharps se sentía mejor.

—Todos los que vivís demasiado lejos para ir a vuestras casas, id abajo y ayudad a los supervivientes en la zona de edificios. El resto iremos a por nuestras familias, en caravana, y volveremos aquí si podemos. Dan, ¿cuál es nuestro mejor destino final?

Forrester parecía preocupado.

—Hacia el Norte, fuera del terreno bajo. La lluvia... podría durar meses. Todos los viejos valles fluviales pueden llenarse de agua. No hay ningún lugar seguro en la depresión de Los Angeles. Y habrá sacudidas secundarias a causa del terremoto...

—¿Dónde entonces? —preguntó Sharps.

—En última instancia, al desierto Mojave —dijo Forrester, sin apresurarse—. Pero no al principio, porque ahora no hay nada allí. En última instancia...

—¡Sí, pero ahora, Dan, ahora!

—Las laderas de la sierra, encima del valle San Joaquín.

—¿La zona de Porterville? —preguntó Sharps.

—No sé dónde cae eso...

Masterson buscó en la guantera de su camioneta. Ahora llovía intensamente y mantuvo el mapa desplegado dentro del vehículo. Los demás permanecieron en el exterior, mirando a June Masterson y sus hijos. Los niños estaban quietos. Observaban a los adultos con expresión atemorizada.

—Exactamente aquí —dijo Masterson.

Forrester estudió el mapa. Nunca había estado allí, pero era fácil memorizar la localización.

—Sí, yo diría que es un buen sitio.

—El rancho de Jellison —dijo Sharps—. ¡Está ahí! El me conoce y nos acogerá. Iremos allí. Si tenemos que separarnos, nos reuniremos en ese lugar. —Señaló el punto en el mapa—. ¡Preguntad por la finca del senador Jellison! Ahora, los que no vienen de inmediato con nosotros, que bajen a ayudar a los supervivientes. Al, ¿puedes poner en marcha alguno de estos coches?

—Sí, señor.

Masterson pareció aliviado, lo mismo que los otros. Hacía años que estaban acostumbrados a acatar las órdenes de Sharps, y les parecía bien que él estuviera al mando de nuevo. No le obedecerían como si fueran soldados, pero necesitaban que les dijeran lo que deseaban hacer.

—Dan, tú vendrás en la caravana con nosotros —dijo Sharps—. No serías de mucha utilidad abajo...

—No —dijo Forrester.

—¿Qué? —Sharps estaba seguro de que había entendido mal. El fragor de los truenos era constante y ahora se añadía el sonido del viento que se había levantado.

—No puedo. Necesito insulina —explicó Forrester.

Entonces Sharps recordó que Dan Forrester era diabético.

—Podemos pasar por tu casa...

—¡No! —exclamó Forrester—. Tengo otras cosas qué hacer. No haría más que retrasarte.

—Tienes que venir...

—No te preocupes —dijo Forrester—, estaré bien. —Se volvió y echó a andar bajo la lluvia.

—¡No lo hagas, Dan! —gritó Sharps—. ¡Ni siquiera puedes poner el coche en marcha cuando se agota la batería!

Forrester no se volvió. Sharps miró a su amigo, sabiendo que no lo volvería a ver. Los otros se apiñaron a su alrededor. Todos querían consejo, órdenes, decisión, y esperaban que Charles Sharps se los proporcionara.

—¡Te veremos en el rancho! —gritó Sharps.

Forrester se volvió ligeramente y saludó con la mano.

—Vámonos —dijo Sharps—. La camioneta en el medio.

—Miró al pequeño grupo bajo sus órdenes—. Preston, tú irás conmigo en el coche en cabeza. Coge esa escopeta y tenía cargada.

Todos subieron a sus coches y se pusieron en marcha a través del destrozado aparcamiento, moviéndose cuidadosamente para evitar las enormes grietas y los hoyos.

El coche de Forrester estaba intacto. Lo había aparcado en la zona más alta, muy alejado de los demás coches, los árboles y el borde del risco, lateral a la inclinación de la colina. Sharps pudo distinguir las luces del vehículo de Forrester que seguía a la caravana calle abajo. Confió en que Dan hubiera cambiado de idea y les siguiera, pero cuando llegaron a la autopista, vio que Dan Forrester había girado en dirección a Tujunga.

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