El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
No la habían violado, pero ¿qué importaba eso ahora? Tampoco le habían arrebatado las pulseras. Y aunque habían abierto y vaciado los cajones del bufet, las piezas de plata seguían allí. ¿Por qué habían hecho aquello? ¿Qué buscaban?
Los pensamientos de Randall eran lentos y confusos, y seguían sendas extrañas. Por un lado no podía creer nada de aquello; no podía aceptar que allí estaba tendido el cadáver de su mujer, iluminado a intervalos por los relámpagos. No podía creer en el siniestro clima, en los terremotos ni en que un gran espectáculo luminoso se hubiera transformado en el fin del mundo. Cuando se levantó y fue al dormitorio en busca de algo con que cubrir a Loretta, lo hizo porque la había estado contemplando hasta que no pudo soportarlo más.
Los cajones del tocador estaban fuera de su sitio y volcados. Randall vio las pulseras, un anillo de oro, el broche de amatista de Loretta y los pendientes a juego entre el revoltijo. Los armarios roperos también habían sido revueltos. ¿Dónde estaban...? Sí, se habían llevado sus dos abrigos. Harvey deambuló entre los objetos tirados por el suelo. Sobre la cama había un montón de cosas: medias, frascos de cosméticos, barras de labios. Harvey lo arrojó todo al suelo, cogió las ropas de cama y las arrastró hasta el vestíbulo. Algo pugnaba por abrirse paso en su mente, pero lo rehuyó. Cubrió a Loretta y se sentó de nuevo.
En ningún momento se había preguntado si los asaltantes seguirían allí, pero trató de imaginar a los que habían hecho aquello. ¿Un hombre, una mujer, un grupo? ¿Qué podían haber querido? Habían abandonado la plata y las joyas, pero se habían llevado los abrigos.
Tambaleándose, Harvey se dirigió a la cocina.
Los asaltantes habían encontrado su provisión de tasajo, vitaminas y sopa enlatada. Se lo habían llevado todo. Harvey comprendía ahora lo que habían estado buscando, e inspeccionó los lugares donde había almacenado el material de supervivencia. Las latas de gasolina habían desaparecido del garaje. Las armas tampoco estaban en su sitio. ¡Los asaltantes habían actuado de acuerdo con un plan! En cuanto cayó el cometa supieron lo que tenían que hacer. ¿Habían elegido su casa al azar? ¿Tal vez su calle? Tal vez habían asaltado todas las casas de la manzana.
Volvió al vestíbulo, junto a Loretta. «Querías que me quedara», le dijo. Sintió un nudo en la garganta y no pudo decir nada más. Meneó la cabeza y entró en el dormitorio.
Se sentía mortalmente fatigado. Permaneció de pie al lado de la cama, contemplando los objetos desparramados por el suelo. Aquello no tenía sentido. Medias todavía en sus envases, champú, lociones para el cabello y la piel, esmalte de uñas, media docena de grandes frascos, barras de labios, cajas de rulos... docenas de objetos. Si hubiera podido imaginar aquello... Si hubiera llegado antes, tal vez habría encontrado a los asaltantes, o podría haberlos perseguido. Todavía tenía su pistola.
En medio de su estupor, seguía sin poder creerlo. Los asaltantes se habían ido y allí estaba él con Loretta. Se sentó en la cama y contempló el cepillo de pelo de Loretta y sus gafas de sol...
Poco a poco comprendió la lógica de todo aquello. El Martillo había golpeado y Loretta había empezado a preparar su equipo de supervivencia, las cosas sin las cuales no podría vivir. Entonces habían llegado los asesinos y le habían dado muerte, dejando atrás, como basura, los lápices de labios y cejas y las medias sin los que Loretta no podría enfrentarse a la vida. Pero se habían llevado la maleta.
Harvey se echó boca abajo y ocultó la cabeza entre los brazos. Los truenos y la lluvia rugían en sus oídos, ahogando los pensamientos que él quería ahogar.
Tuvo conciencia de que alguien le miraba. Los truenos seguían sin cesar y no hubiera podido oír ruido alguno, pero notó la mirada fija en él y recordó que no debía moverse antes de recordar por qué. Cuando se moviera, debería hacerlo de súbito y... Había dejado el arma al lado de Loretta. No había nada qué hacer. Se puso boca arriba.
—¿Harv? —preguntó alguien. El no respondió—. Harv, soy yo, Mark. Dios mío, ¿qué ha ocurrido?
—No lo sé. Han asaltado la casa.
Casi se había adormecido cuando Mark habló de nuevo.
—¿Estás bien, Harv?
—Yo no estaba aquí. Fui a entrevistar a un maldito profesor de la universidad, me metí en un atasco de tráfico y... no estaba aquí. Déjame solo.
Mark fue de un lado a otro de la habitación, examinando los armarios.
—Harv, tenemos que irnos de aquí. Tú y tu maldito pastel helado celeste... Toda la depresión de Los Angeles está bajo el océano. ¿Lo sabías?
—Ella quería que me quedara. Estaba asustada —dijo Harvey—. Trató de pensar en algo para que Mark se marchara—. Vete y déjame solo.
—No puedo, Harv. Tenemos que enterrar a tu mujer. ¿Tienes una pala?
Harvey abrió los ojos. La estancia parecía iluminada por una luz estroboscópica surrealista. Curiosamente, ya no oía los truenos. Se levantó.
—Creo que hay una en el garaje. Gracias.
Cavaron en el jardín trasero. Harvey quería hacerlo solo, pero pronto se le agotó la energía y Mark le sustituyó. La pala chapoteaba en el barro demasiado húmedo y era muy difícil avanzar en la tarea bajo aquella lluvia intensa.
—¿Qué hora es? —preguntó Mark. Estaba metido en el hoyo hasta la cintura y el agua casi le cubría las botas.
—Mediodía —dijo una voz femenina.
Harvey miró a su alrededor, sorprendido. Vio a Joanna apostada en la suave pendiente detrás de la casa. La lluvia le corría por el rostro. Tenía una escopeta y parecía vigilar con toda su atención.
—Ya es lo bastante profundo —dijo Mark—. Quédate aquí, Harv. Jo, vamos adentro. Dale la escopeta a Harv.
—De acuerdo.
La muchacha bajó la cuesta. Su figura diminuta contrastaba con la gran escopeta. Se la dio a Harvey sin decir una palabra.
Harvey permaneció de pie bajo la lluvia, montando guardia junto a una tumba vacía. Si alguien se hubiera acercado a él por detrás, ni siquiera se habría dado cuenta, pero vio a Mark y Joanna.
El robusto Mark y la pequeña Joanna, que llevaban un Imito envuelto en una manta. Harvey quiso echar una mano, pero llegó tarde. Depositaron el cadáver en la fosa, y el agua del fondo rodeó la manta y la cubrió. Harvey vio que era una manta eléctrica, la manta eléctrica de Loretta. Nunca lograba estar bastante caliente por la noche.
Mark cogió la pala y Joanna la escopeta. Mark cubrió la fosa con rápidas paladas. Harvey trató de encontrar algo que decir, pero no le salió nada. Finalmente se limitó a dar las gracias.
—De nada. ¿Quieres leer algunas palabras?
—Debería hacerlo —dijo Harvey. Echó a andar hacia la tasa, pero no pudo entrar.
—Toma. Esto estaba en el dormitorio —dijo Joanna.
Era el librito de oraciones que usó Andy en su confirmación. Loretta debía haberlo incluido entre el equipo de supervivencia. Harvey lo abrió por la parte dedicada a las oraciones para los difuntos. La lluvia empapó la página antes de que pudiera leer, pero encontró una línea apropiada. La leyó a medias, recordando el resto de memoria.
—Oh, Señor, concédele el descanso eterno y haz que la luz perpetua luzca sobre ella.
No pudo ver nada más. Al cabo de un largo rato, Mark y Joanna acompañaron a Harvey a la casa.
Se sentaron a la mesa de la cocina.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Mark—. Creo que vimos a los asaltantes.
—Mataron a Frank Stoner —añadió Joanna.
—¿Quién ha sido? —preguntó Harvey—. ¿Qué aspecto tenían? ¿Podemos seguirles la pista a esos bastardos?
—Te lo diré más tarde —dijo Mark—. Primero, recojamos las cosas y vayámonos.
—Dímelo ahora.
—No.