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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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A Charles Sharps le parecía que debería interesarse por los cálculos de Forrester, pero la verdad era que no le interesaban. Miraba a los presentes. Con las bocas abiertas y los ojos hinchados, se retrepaban en sus asientos, apartándose de sus consolas y pantallas, ahora cegadas, como si éstas constituyeran el peligro. Y sin embargo Forrester tecleaba instrucciones, hacía movimientos precisos, estudiaba los resultados y tecleaba de nuevo...

«El Martillo ha golpeado», se dijo Sharps. ¿Qué diablos podían hacer ahora? No podía pensar en nada, y aquella sala le deprimía. Se dirigió a la larga mesa apoyada en una pared, donde había café y pasteles, y Sharps se sirvió una taza. La miró y luego la alzó en un remedo de brindis.

—Condenación —dijo en voz baja.

Los demás empezaron a levantarse de sus asientos.

—Condenación —repitió Sharps. El fin del mundo. ¿De qué servía ahora la orgullosa civilización del hombre? Era Glacial, Edad del Fuego, Era del Hacha, Edad del Lobo... Se volvió y vio que Forrester había abandonado su máquina y se dirigía hacia la puerta—. ¿Qué pasa ahora? —le preguntó Sharps.

—Terremoto. —Forrester siguió andando rápidamente hacia la salida—. Terremoto. —Lo dijo a plena voz, de modo que todo el mundo pudo oírle, y se precipitaron hacia la puerta.

El doctor Charles Sharps llenó la taza de café casi hasta el borde. La puso bajo el grifo y vertió un chorrito de agua fría. El café era una mezcla de Moka y Java preparado hacía menos de una hora con un filtro Melitta y conservado caliente en un limpio termo. Era una pena aguarlo, pero así estaba lo bastante frío para poder beberlo. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los barcos volvieran a cruzar los grandes océanos? Años, décadas, tal vez nunca más volverían a hacerlo. A lo mejor jamás volvería a probar el café. Sharps tragó el contenido de la taza en cuatro sorbos y la arrojó al suelo. La gruesa loza rebotó y rodó hasta una consola. Sharps echó a correr hacia la salida.

En el pasillo, los demás habían rebasado a Forrester. En aquel momento las puertas de vidrio de la entrada se cerraban tras él. Dan Forrester correteaba como un pato despavorido. Nunca había sido un atleta, pero sin duda podía correr un poco más rápido. ¿Significaba aquella lentitud que todavía tenían tiempo? Sharps corrió hasta llegar a su altura.

—Al aparcamiento —dijo Dan resoplando—. Cuidado...

Sharps tropezó pero recobró el equilibrio sin caer. Dan daba saltos sobre una sola pierna. El suelo se había movido una sola vez, sin ningún género de dudas. Sharps pensó que no había sido tan malo. Los edificios ni siquiera habían sufrido daños...

—Ahora —dijo Forrester, reemprendiendo la marcha hacia el aparcamiento, que se encontraba en lo alto de una larga escalera de cemento.

Dan se detuvo cerca del final, respirando pesadamente, y Sharps le pasó un brazo por encima de su hombro y casi a rastras le llevó hasta arriba. Allí Dan se dejó caer al suelo. Sharps le miró preocupado.

Forrester resoplaba, tratando en vano de decir algo. Estaba sin aliento. Alzó un brazo e hizo un gesto con la palma hacia abajo, indicando a su compañero que se sentara, pero era demasiado tarde. El suelo osciló bajo sus pies, Sharps se desplomó y fue rodando hacia las escaleras. Esta vez oyó ruido de cristales rotos, pero cuando miró los edificios del JPL no vio ningún daño aparente. Abajo, los periodistas comenzaban a salir en trompa del centro Von Karman, pero muchos se detuvieron una vez hubo pasado el suave temblor, y algunos regresaron al interior del centro.

—Diles... —Dan resoplaba penosamente—. Diles que salgan. Ahora viene lo peor...

Charles Sharps llamó a gritos a los periodistas.

—¡Va a producirse una gran sacudida! ¡Que salgan todos! —Reconoció al reportero del New York Times y Sharps se dirigió a él—. ¡Haz que salga todo el mundo!

Al volverse vio que Forrester se había levantado y avanzaba rápidamente hacia el fondo del aparcamiento, alejándose de los coches. Andaba más rápido de lo que Sharps le había visto andar jamás—. ¡Daos prisa! —gritó Sharps a los otros.

Hombres y mujeres salían de los edificios del JPL. Algunos se dirigieron hacia Sharps y al aparcamiento. Otros circulaban entre los edificios, sin saber hacia dónde dirigir sus pasos. Sharps les hizo gestos frenéticos y luego miró a Forrester, el cual había llegado a una zona despejada y se estaba sentando...

Sharps se volvió y corrió hacia Forrester. Al llegar a su lado se tendió sobre el asfalto. De momento, no sucedió nada.

—La primera sacudida... fue la onda superficial... causada por el choque de un fragmento en el Valle de la Muerte. —Forrester resopló—. Luego... el choque en el Pacífico. No sé cuánto tiempo pasará hasta que se desencadene...

La tierra gruñó. Unos pájaros emprendieron el vuelo. Los dos hombres tuvieron la galvanizante sensación del desastre inminente. Un grupo había llegado a lo alto de las escaleras y se dirigían hacia Forrester y Sharps.

La tierra gruñó de nuevo, con un ruido más intenso.

—La falla de San Andrés —dijo Forrester—. Cederá por completo, soltando centenares de megatones de energía, tal vez más.

Media docena de personas habían llegado a lo alto de la escalera. Dos se dirigieron hacia Sharps y Forrester. Los demás fueron en busca de sus automóviles.

—Diles que se aparten de ahí —dijo trabajosamente Forrester.

—¡Poneos a descubierto! —gritó Sharps—. ¡Y salid de esa escalera! ¡Rápido!

Un hombre seguido por una mujer aparecieron en lo alto de la escalera. El hombre cargaba con una cámara de televisión. Les seguía un grupo de gente, y se dispusieron a cruzar el aparcamiento.

La tierra se movió. Los recién llegados apenas tuvieron tiempo de acurrucarse abrazándose las rodillas en los dos o tres segundos que transcurrieron hasta que el temblor adquirió fuerza. La tierra rugió una y otra vez, y a aquel horrendo bramido se unieron los gritos de la gente, el ruido de vidrios rotos y de bloques de cemento que se desmoronaban, hasta que todos los ruidos se mezclaron y el estruendo se convirtió en el caos informe de una pesadilla. Sharps trató de incorporarse y mirar hacia el JPL, pero no había nada sólido. El asfalto ondulaba y se cuarteaba. El pavimento caliente se fragmentó y separó, derribando a Sharps y haciéndole dar un doble vuelco, y luego se levantó y abombó una vez más, entre el fragor de la destrucción y los gritos.

Cuando el temblor finalizó, Sharps se sentó y trató de centrar la mirada. El mundo había cambiado. Alzó la vista hacia las altas montañas Angeles, y vio que su perfil era diferente. El cambio era sutil, pero perceptible. No tuvo tiempo para ver más. Oyó un fuerte ruido detrás de él y al volverse vio que una parte del aparcamiento había desaparecido y que el resto estaba ladeado en extraños ángulos. Muchos coches habían desaparecido también, despeñados por el precipicio que se había abierto entre el aparcamiento y las escaleras... pero éstas ya no existían. También se habían derrumbado sobre la parte inferior del aparcamiento elevado. Los coches restantes topaban unos con otros como animales en lucha. Por todas partes había ruido, de coches, edificios y rocas, todo en movimiento y chocando entre sí.

Un Volkswagen avanzó dando tumbos hacia Sharps, como una de esas plantas rodadoras del desierto, sólo que de acero. Sharps gritó y trató de echar a correr, pero sus piernas no le sostenían. Cayó, se arrastró y vio que el coche daba una de sus vueltas rozándole los talones, como una montaña de metal pintado, que fue a estrellarse contra un Lincoln... La masa de hierros retorcidos resultante volvía a tener el tamaño de un pequeño Volkswagen.

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