El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Entre las aberturas de la línea de casas, al otro lado de la calle, el cielo brillaba de un modo extraño. El brillo estaba localizado a la izquierda, hacia el lejano suroeste. El brillo se extinguió en seguida, pero Fred sonrió. Había sucedido. Ahora el fin estaba cercano.
—Eh Charlie —dijo una voz desde el exterior, la voz de un hombre borracho—. ¡Charlie!
—¿Qué quieres? —preguntó el guardián.
—¿Qué diablos ha sido eso? ¿Están rodando una película por ahí?
—No sé de qué me hablas. Pregúntale al maníaco sexual. Su celda está orientada al oeste.
—Eh, maníaco sexual...
De repente, las paredes y el suelo se agitaron furiosamente. Fred salió despedido... Extendió los brazos para evitar que la pared le machacara la cabeza. Las piedras le golpearon los brazos y Fred chilló. Sintió un dolor insoportable en el codo izquierdo.
El suelo pareció estabilizarse. La cárcel estaba sólidamente construida, y había resistido el fuerte temblor de tierra. Fred movió el brazo izquierdo y gimió. Ahora se oían los gritos de otros presos. Los quejidos de uno de ellos eran de agonía. Debía haberse caído desde la litera más alta. Fred ignoró los gritos y lamentos y regresó a la ventana. Estaba poseído por el miedo. Qué era aquello?
El cielo se había cubierto de nubes, que avanzaban velozmente, se agitaban de un modo caótico, se formaban y desvanecían para formarse de nuevo y avanzar hacia el noroeste. Una formación de nubes más bajas, más lentas y estables empezó a moverse hacia el sur y el oeste. Aquello no era lo que Fred había esperado. El se había preparado para presenciar una oleada de fuego. Pero el día de la condenación parecía tomarse las cosas con calma.
El cielo se oscureció. Ahora todas las nubes eran negras, se revolvían y agitaban, brillaban con un continuo relampagueo. El viento y los truenos aullaban más que los presos.
El fin del mundo llegó con una luz cegadora y un simultáneo estampido de truenos.
Fred se encontró de súbito en el suelo. El codo le dolía intensamente. Pensó que un rayo había caído en la cárcel. El corredor estaba a oscuras, todo estaba envuelto en tinieblas, de modo que la visión sólo era posible cuando restallaban los relámpagos, como las luces estroboscópicas de una discoteca.
Charlie recorría el bloque de celdas, con las llaves en la mano. Dejaba libres a los presos, uno tras otro. Abría las puertas, los presos salían y se marchaban por el corredor... Pero pasó de largo ante la celda de Fred. Todas las celdas a cada lado del corredor estaban abiertas, menos la de Fred Lauren.
Fred gritó, pero Charlie no le hizo caso. Sin volverse, avanzó entre las celdas hasta llegar a la puerta principal y desaparecer.
Fred se quedó solo.
Eric Larsen no miró a la derecha ni a la izquierda. Caminaba a grandes zancadas. Sorteaba muertos y heridos e ignoraba las súplicas de auxilio. Podría haber echado una mano pero avanzaba a impulsos de una terrible determinación. La fría expresión de sus ojos y el arma que llevaba impedían que nadie se interpusiera en su camino.
No vio a otros policías. Apenas percibió a la gente a su alrededor, unos ayudando a los heridos, otros mirando desconsoladamente las ruinas de sus hogares, tiendas y almacenes, y otros corriendo sin rumbo. Ya nada importaba. Todos estaban condenados, lo mismo que Eric Larsen.
El joven patrullero podría haber subido a un coche e ir a las colinas. Vio que algunos coches pasaban velozmente por su lado. Vio a Eileen Hancock en un viejo Chrysler. Si se hubiera detenido, Eric podría haberse ido con ella, pero no lo hizo, y Eric se alegró, porque estaba resuelto a cumplir su propósito.
Pero, ¿y si ya no fuera necesario, si estuviera perdiendo el tiempo? No había forma de saberlo.
Pensó que debió haber tomado un coche. Así habría podido terminar con aquel asunto y tener aún una posibilidad de huida. Pero ya era demasiado tarde. Llegó al edificio que albergaba la comisaría y la cárcel municipal. Parecía desierto. Entró en la cárcel. El cadáver de una mujer policía yacía bajo un enorme armario derribado. Eric no vio a nadie más, ni vivo ni muerto. Siguió adelante, pasó por detrás de la sala donde se tomaba la filiación a los detenidos y subió las escaleras. Las celdas estaban en silencio.
Había perdido el tiempo. Allí no era necesario. Estaba a punto de bajar las escaleras cuando se detuvo. Ya que había llegado hasta allí, tenía que asegurarse.
Había oído hablar del enorme oleaje que seguiría a la caída del Martillo. En la cárcel de Burbank había presos a los que Eric Larsen había enviado allí. Borrachos, ladronzuelos, jóvenes vagabundos que decían tener dieciocho años aunque parecían mucho menores. No se les podía dejar que se ahogaran como ratas en las celdas olvidadas. No se lo merecían. Eric les había encerrado allí y era responsable de su liberación en aquellos momentos.
La puerta de barrotes en lo alto de la escalera estaba abierta. Eric la cruzó y encendió su linterna para orientarse en aquella oscuridad casi absoluta. Vio que las puertas de las celdas estaban abiertas. Todas menos una.
Eric se dirigió a la única celda que permanecía cerrada. Fred Laursen estaba de espaldas al corredor. Se sujetaba el brazo izquierdo con el derecho. Miraba por la ventana y no se volvió cuando Eric le enfocó la linterna. Eric permaneció de pie, observándole.
Nadie merecía ahogarse como una rata en una jaula, ningún ser humano, ni los ladrones ni los borrachos ni los chicos que se escapaban de casa ni...
—Vuélvete —ordenó Eric. Lauren no se movió—. Vuélvete o te dispararé a las rodillas. Eso duele mucho.
Gimiendo, Fred se volvió. Vio la escopeta que le apuntaba. El policía sostenía la linterna a un lado, casi detrás de él, de modo que Fred podía ver.
—¿Sabes quién soy?
—Sí. Tú impediste que el otro policía me golpeara anoche. —Fred se acercó y miró el arma—. ¿Eso es para mí?
—Lo he traído para tí —dijo Eric—. He venido para liberar a los otros. A ti no podría liberarte. Por eso he traído la escopeta.
—Es el fin del mundo —dijo Fred Lauren—. Definitivamente. No quedará nada... —Fred soltó un hondo gemido—. ¿Pero cuándo? Dime, por favor, ¿no estaría muerta ahora? ¿No habría muerto ya? Ella no podía sobrevivir al fin del mundo. Habría muerto y yo nunca hubiera podido hablarle.
—¡Hablarle! —Eric alzó el arma, enfurecido. Fred Lauren permanecía en pie, tranquilamente, esperando, y Eric vio el lecho y los restos de una mujer joven, su armario patético, con los pocos vestidos que poseía. Notó el olor a cobre de la sangre. Su dedo se tensó sobre el gatillo y se relajó. Bajó el arma.
—Por favor —imploró Fred Lauren—. Por favor...
La escopeta se alzó rápidamente. Eric no sabía que el retroceso de la culata al disparar era tan fuerte.
EL MARTES DEL PORTENTO: DOS
En la sala llena de gente se oía el ruido de las interferencias eléctricas. En la gran pantalla de televisión aparecían manchas y colores al azar, pero una veintena de hombres y mujeres contemplaban aquella pantalla en la que habían visto las luces brillar y extinguirse sobre el Atlántico, Europa, el Norte de África y el Golfo de México. Sólo Dan Forrester continuaba trabajando. Sobre su consola había un mapamundi trazado por ordenador en una pantalla, y Forrester reunía laboriosamente todos los datos recibidos en el JPL, diseñando el plano de los impactos y utilizando sus localizaciones como datos que introducía en el ordenador para realizar más cálculos.