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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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En la lejanía, mucho más allá del horizonte y alzándose hacia la estratosfera, se veía una extraña nube en forma de hongo, cuyas horribles volutas subían más y más. Aquel era el lugar preciso donde se había producido el resplandor.

Uno de los muchachos tenía una radio y se la acercó al oído.

—No se oyen más que interferencias, señor Vanee. Creo haber oído algo más, pero no lo he entendido.

—No es de extrañar —dijo Gordie—. En las montañas, casi nunca podemos oír nada en pleno día.

Pero aquel viento le inquietaba. ¿Y qué era aquella cosa? ¿Un fragmento del cometa? Gordie se rió amargamente. Tanto alboroto acerca del fin del mundo y no era nada. Un vivo resplandor en el valle de la Muerte... o quizá no se tratara del cometa. La zona de experimentación atómica estaba en aquella dirección, a unos quinientos kilómetros...

El suelo había dejado de temblar.

—Vámonos —ordenó Gordie—. En pie.

Mientras recogía su mochila se preguntó que haría ahora. Si cumplía su designio, ¿podrían arreglárselas los muchachos sin él? ¿Qué sucedía allá abajo? Nada. No debía ser más que un meteoro, tal vez de gran tamaño, quizá tan grande como el que cayó en Arizona, el que abrió un cráter con más de medio kilómetro de diámetro. Era algo impresionante, y los chicos hablarían de aquel suceso durante años. Pero aquello no resolvía su problema. Los auditores del banco estarían allí el viernes próximo y...

—Mirad que nubes más curiosas —dijo Andy Randall en tono preocupado.

—Ah, sí —dijo Gordie distraídamente. Entonces reparó en lo que Andy señalaba.

Era al sudoeste, casi en el sur, como si hubieran vertido desde el cielo un gran charco de tinta negra. Inmensas nubes negras, cada vez más altas, lo cubrían todo...

Y el viento ululaba entre los árboles. Más y más nubes que parecían formarse de la nada corrían hacia ellos a una velocidad tremenda, más rápidas que aviones a reacción...

Gordie miró frenéticamente a su alrededor. No había ningún lugar donde resguardarse.

—¡Coged los ponchos! —gritó.

Los muchachos sacaron sus capotes de monte. Mientras Gordie se ponía el suyo, la lluvia cayó como un torrente de agua cálida. Gordie notó el sabor salado del agua. ¡Agua salada!

—¡Ha sido el cometa! —musitó.

Y aquello era el fin de la civilización. Los documentos que probaban su delito en el banco habrían desaparecido. Ya no importaban. ¿Y Marie? Las nubes se acumulaban sobre Los Angeles, y no había un vehículo en muchos kilómetros a la redonda. No podía hacer nada por ella, no tenía ninguna posibilidad de ayudarla. En aquel preciso momento, el problema de Gordie eran los muchachos.

—Volvemos a Soda Springs —les dijo. Era el mejor lugar, hasta que supieran lo que iba a suceder. Estaba a cubierto y en terreno llano.

—¡Quiero ir a casa! —gritó Herbie Robinett.

—Haz que se muevan, Andy —ordenó Gordie. Les hizo señas con la mano para que avanzaran, dispuesto a empujarlos si era necesario, pero los chicos se pusieron en marcha. Cuando pasó Bert, Gordie creyó ver lágrimas en sus ojos, lágrimas que se confundían con la sucia agua de lluvia que caía intensamente.

Dentro de poco los senderos estarían inundados, desaparecerían. Y aquella lluvia cálida derretiría la nieve de las cumbres. El río Kern se desbordaría y todas las carreteras quedarían inutilizadas.

De repente, Gordie Vanee echó la cabeza atrás y lanzó un grito de triunfo. Iba a vivir.

EL MARTES DEL PORTENTO: TRES

Cuando Adán trabajaba la tierra y Eva tejía, Kyrie Eleison, ¿Quién era entonces el caballero? Kyrie Eleison.
Canción-marcha de la Compañía Negra durante la Revuelta Campesina, Alemania, 1525.

Harvey Randall se encontraba a quince minutos de su casa cuando golpeó el Martillo.

El día se convirtió en noche y a la noche la iluminó una fantástica pirotecnia. A través de la negra nube asomaban retazos de la luz diurna, pero los relámpagos eran mucho más brillantes. Las colinas aparecían bajo una luz blanco azulada y se desvanecían. Ora el cielo era blanco sobre el recortado perfil negro de los montes, ora se iluminaba el cañón a la izquierda, ora la negrura era profunda, apenas iluminada por los faros de los coches... A veces, la caída de un rayo en las cercanías hacía que Randall cerrara con fuerza los ojos doloridos. Los limpiaparabrisas funcionaban a toda velocidad, pero la lluvia caía aun más veloz. Randall había abierto ambas ventanillas. Era mejor mojarse que avanzar a ciegas.

Conducir en semejantes condiciones era una locura, pero el tráfico todavía era denso. Tal vez todos los conductores habían perdido el juicio. Entre el fragor de los truenos y la lluvia que golpeaba el metal se oía el estruendo de innumerables cláxones. Los coches cambiaban de carril sin avisar, avanzaban en sentido contrario y volvían apresuradamente a su carril cuando se encontraban ante las luces de otros coches que venían de frente.

El furgón de Randall era demasiado grande para tales piruetas. Un corrimiento de tierras había bloqueado la mitad de la carretera, y un conductor poco decidido, se había detenido para dejar que pasaran los demás. Randall pasó por encima del obstáculo, el furgón osciló peligrosamente pero se mantuvo, invadió la calzada contraria y volvió a su carril. Más adelante se encontró con nuevos corrimientos, brechas en la carretera, coches parados... Harvey se preguntó si la casa se habría derrumbado con Loretta dentro, o si Loretta, cegada por el pánico habría salido para ver si él llegaba en el coche. No podría sobrevivir sola, y nunca se encontrarían. Le pareció que había transcurrido una hora desde el choque del cometa.

Más tarde o más temprano llegarían los saqueadores. Loretta sabía dónde estaba la escopeta, pero ¿la usaría? Randall giró para entrar en Fox Lañe, donde el agua llegaba hasta los tapacubos del coche, llegó a la casa y accionó el dispositivo de apertura a distancia. Todas las casas estaban a oscuras. La puerta del garaje no se abrió, pero la de la casa estaba abierta de par en par.

El saqueo no podía haber empezado tan pronto, pero por si acaso cogió la linterna y una pistola, bajó del furgón, echándose al suelo, y rodó hasta quedar debajo del vehículo. Desde allí estudió la situación.

La casa parecía vacía y la lluvia entraba por la puerta abierta.

Salió rodando de debajo del vehículo y echó a correr hacia la casa. Cruzó la puerta sin encender la linterna. La enfocaría al rostro de la primera persona que viera. Pensó que Loretta podría ir a cerrar la puerta, tal vez armada con la escopeta, en cuyo caso él se apartaría, lanzándose por los escalones. Su vida dependería de sus reflejos: tal como actuaba, Loretta se asustaría lo bastante para disparar.

Harvey avanzó un poco más y enfocó la linterna. Los relámpagos sólo permitían ver sombras confusas. Los truenos apagaban todos los demás sonidos. En cuanto encendió la linterna vio a Loretta. Estaba tendida en el suelo, boca arriba. El rostro y el pecho eran una informe masa húmeda: el destrozo que deja el disparo de una escopeta. Kipling, sin cabeza, era un amasijo de sangre y pelo a su lado.

Harvey se acercó. Al andar no sentía sus piernas. Era como si caminara sobre almohadas, la última etapa del agotamiento antes del colapso. Se arrodilló y dejó el arma en el suelo. No se le ocurrió que alguien podría estar todavía allí. Tocó la garganta de Loretta. Apartó la mano, con un estremecimiento, y le buscó el pulso de la muñeca. No lo encontró y pensó que era una suerte. ¿Qué hubiera hecho si su mujer hubiese estado aún con vida? ¿A quién recurrir?

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