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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– Es evidente que estuvo allí aquella noche, señor Evan -interrumpió Sylvestra-No me está diciendo nada nuevo. ¡Es obvio!

Monk no pudo soportarlo más. Dio un paso al frente, hacia el círculo iluminado por las velas, con expresión adusta.

– He estado investigando una serie de violaciones brutales, señora Duff. Las cometieron tres hombres juntos. Forzaban a mujeres, a veces de no más de doce o trece años, y luego las golpeaban, les rompían huesos, les daban patadas…, en ocasiones hasta hacerles perder el conocimiento…

El rostro de Sylvestra reflejaba su horror. Le miró fijamente, como si acabara de surgir del suelo trayendo consigo la fetidez del terror y el dolor.

– La última violación fue perpetrada en St Giles la noche que su marido fue asesinado a golpes -dijo en voz muy baja-. Resulta imposible eludir la evidencia de que siguió a Rhys hasta St Giles, y que dio con él inmediatamente después de que se cometiera ese crimen. Ocurrió a menos de cincuenta metros del sitio donde encontraron su cuerpo.

Estaba pálida como la nieve.

– ¿Qué… me está… diciendo? -susurró.

– Hemos venido a arrestar a Rhys Duff por el asesinato de su padre, Leighton Duff -contestó Monk-. No hay alternativa.

– ¡No se lo pueden llevar! -Era Hester. Ninguno de ellos la había oído entrar-. Está demasiado enfermo para ser trasladado. Si dudan de mi palabra, el doctor Wade dará fe. Acabo de enviarle recado para que venga de inmediato. -Miró a Sylvestra-He pensado que su presencia podía ser necesaria.

– ¡Oh, gracias a Dios! -Sylvestra se tambaleó un momento pero recobró la compostura-. Esto… esto es… ¡absurdo! Rhys no pudo… no… -Pasó la mirada de Evan a Hester-. ¿Cree que pudo hacer eso?

– No lo sé -dijo Hester, muy seria, terminando de entrar en la habitación-. Pero tanto si es cierto como si no, no se lo pueden llevar de aquí esta noche, ni en un futuro inmediato. Puede ser que esté acusado, pero aún no se ha demostrado que sea culpable de nada. Apartarlo de la atención médica que precisa pondría en peligro su vida, y eso no puede permitirse.

– Soy consciente de su estado de salud -respondió Evan-. Si el doctor Wade dice que no puede ser trasladado, un agente montará guardia fuera. -Se volvió hacia Sylvestra-. No se inmiscuirá en sus asuntos salvo si le da motivos para pensar que planea llevarse a Rhys por su cuenta. Si eso sucediera, naturalmente lo arrestaría de inmediato y lo llevaría a la prisión.

Sylvestra se quedó sin habla.

– Eso no sucederá -dijo Hester por ella-. Permanecerá aquí, a cargo del doctor Wade… y de mí misma.

Sylvestra asintió con la cabeza.

– Voy a subir para informarle de su situación -dijo Evan, volviéndose hacia la puerta.

Hester se interpuso en su camino. Por un momento, Evan temió que fuera a impedirle el paso, pero tras un instante de duda se dirigió hacia la puerta delante de él.

– Le acompañaré. Puede que Rhys precise… ayuda. Tengo… -buscó sus ojos con una mezcla de determinación y súplica-, tengo la intención de estar presente, sargento Evan. Lo que va a decirle le causará una gran aflicción, y todavía está muy débil.

– Por supuesto -convino Evan-. No pretendo hacerle ningún daño.

Hester se volvió y cruzó el vestíbulo hacia la escalera, con Evan detrás. Al parecer Monk prefería quedarse con Sylvestra. Quizá pensara que sabría sonsacarle con más éxito que Evan. Tal vez llevara razón.

Hester subió la escalera, recorrió el descansillo, abrió la puerta de la habitación de Rhys y una vez dentro se hizo a un lado para que Evan se situara frente a la cama.

Rhys descansaba boca arriba, con las manos rotas sobre la colcha. Se limitaba a mirar al techo. Estaba recostado sobre un buen montón de almohadas, de modo que podía ver el rostro de Evan con bastante comodidad. Se mostró sorprendido de verlo; los moretones y la hinchazón habían desaparecido por completo. Era un muchacho guapo, de una belleza poco convencional, con la nariz un poco demasiado larga, la boca demasiado delicada y unos ojazos oscuros que destacaban en su pálida tez.

Evan se estremeció al recordar cómo le había encontrado. Se sentía responsable. Se había empeñado en que debía vivir, sacándole desde el límite de las tinieblas a la cegadora luz del dolor. Tendría que haber sido capaz de protegerle de algún modo. Era su deber encontrar una respuesta mejor que aquélla.

– Señor Duff -comenzó, con la boca seca. Tragó saliva y se sintió peor-. Hemos seguido la pista de sus movimientos la noche en que su padre fue asesinado, y al menos en otras tres noches antes del incidente. Usted fue con cierta frecuencia a St Giles, donde empleó los servicios de una prostituta, de hecho, de varias prostitutas…

Rhys le miraba fijamente. Un leve rubor coloreó sus mejillas. Le incomodaba que esa clase de cosas se mencionaran delante de Hester, sus ojos lo hacían patente, por como desviaba la mirada hacia ella cada dos por tres.

– La noche en cuestión, violaron y dieron una paliza a una mujer… -Evan se interrumpió. El semblante de Rhys Duff había adquirido un tono ceniciento, casi gris, y sus ojos reflejaban tanto horror que Evan tuvo miedo de que fuese a darle un ataque.

Hester dio unos pasos hacia él y se detuvo.

El silencio parecía rugir en la habitación. Las luces titilaban. Un trozo de carbón se desmoronó en el hogar.

– Rhys Duff…, queda arrestado por el asesinato de Leighton Duff, la noche del siete de enero de 1860, en Water Lane, St Giles. -Habría sido de una cruel brutalidad advertirle que cuanto dijera podría ser utilizado en su contra en el juicio. No podía decir nada, no podía defenderse, explicarse o negar.

Hester pasó por delante de Evan y se sentó en la cama, tomando las manos de Rhys entre las suyas e instándole a mirarla.

– ¿Lo hizo usted, Rhys? -inquirió, tirando de sus brazos, haciéndole daño para romper el hechizo.

La miró. Su garganta emitió un ruido ahogado casi como una risa, sus mejillas se cubrieron de lágrimas y negó con la cabeza, con un movimiento que se fue haciendo violento para terminar sacudiéndola de un lado a otro, sin dejar de emitir aquellos sonidos desgarrados.

Hester se levantó y se enfrentó a Evan.

– Muy bien, sargento, ya ha cumplido con su deber. El señor Duff ha oído la acusación y se ha declarado inocente. Si desea aguardar al doctor Wade para confirmar que está demasiado enfermo para ser trasladado, puede hacerlo abajo, quizá en la sala de día. La señora Duff seguramente preferirá estar a solas…

– No será preciso esperar.

Evan giró sobre los talones y se encontró ante Corriden Wade, quien parecía agotado, con las mejillas hundidas, pero mostrando una total resolución.

– Buenas noches, doctor Wade…

– Yo no diría tanto -dijo éste con sequedad-. Mucho me temía que terminaría por ocurrir esto, y ahora que ya ha sucedido, debo informarle de manera oficial, en calidad de médico de Rhys, que no está en condiciones de ser trasladado. Si lo hace, puede poner en peligro no sólo su recuperación, sino posiblemente su vida. Y debo recordarle que aunque usted haya presentado cargos, todavía no ha demostrado nada. Ante la ley sigue siendo un hombre inocente.

– Lo sé muy bien, doctor Wade -contestó Evan con calma-. No tengo la menor intención de forzar las cosas. Dejaré a un agente montando guardia fuera de la casa. Sólo he venido a informar al señor Duff de los cargos, no pretendía llevármelo detenido.

Wade se tranquilizó un poco.

– Bien, bien. Perdone si me he precipitado un poco. Compréndalo, para mí es muy penoso en el ámbito de lo personal, así como en el profesional. He sido amigo de la familia durante años. Esta tragedia me hiere en lo más vivo.

– Me consta -concedió Evan-. Ojalá mis órdenes fuesen otras.

– Seguro -Wade asintió con la cabeza y se adentró en la habitación, dedicando una breve mirada de agradecimiento a Hester-. Gracias, miss Latterly, por su colaboración. Estoy convencido de que su asistencia ha sido muy valiosa. Me quedaré un rato con Rhys, para asegurarme de que la noticia no le haya afectado seriamente. Quizá tendría usted la bondad de consolar como considere oportuno a la señora Duff. Yo no tardaré en bajar.

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