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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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El sargento retrocedió.

– No pasa nada -añadí-. Ya he superado lo peor. Lo pillé en el campo de prisioneros de guerra de Johanngeorgenstadt. Estaba plagado de moscas y piojos. -Comencé a rascarme para añadir un poco de efecto.

Me devolvió los documentos y se despidió con un gesto. Supuse que iría a lavarse las manos sin perder ni un segundo. Yo, en su lugar, lo hubiese hecho.

Me senté otra vez y abrí de nuevo la maleta del comandante. Había una botella de brandy Asbach a la que llevaba mirando con ganas toda la mañana. La abrí, bebí un trago y rebusqué entre sus cosas. Había varias prendas de ropa, unos cuantos cigarrillos, unos documentos y una primera edición de poemas de Georg Trakl. Siempre había admirado su obra y un poema en particular, En el frente oriental, que parecía muy adecuado para el momento, y sobre todo para el lugar. Todavía me lo sabía de memoria.

La peligrosa furia del Pueblo

Es como el órgano furioso de la tormenta invernal

La ola púrpura de la batalla,

Como las estrellas sin hojas.

Con las frentes rotas y brazos de plata,

La noche parpadea sobre los soldados moribundos

A la sombra de un fresno otoñal

Los fantasmas de los muertos suspiran

Una corona de espinas desierta rodea la ciudad.

Desde las estrellas sangrantes

La luna persigue a las mujeres horrorizadas

Los lobos salvajes entran por la puerta.

26

ALEMANIA, 1954

– ¿Cree que Erich Mielke quería verle muerto porque le debía la vida?

Mi amigo americano golpeó la pipa y dejó que el tabaco quemado cayese en el suelo de mi celda. Quería regañarle por eso, recordarle que éstas eran mis habitaciones y exigirle que mostrase un poco de respeto, pero ¿qué sentido tendría? Ahora vivía en un mundo americano y sólo era un peón en su interminable juego de ajedrez intercontinental con los rusos.

– No era sólo por eso -respondí- Yo podía vincularlo con los asesinatos de aquellos dos policías en Berlín. Verán, Heydrich siempre sospechó que Mielke se sentía algo avergonzado por haber cometido un delito tan grave como el asesinato de aquellos policías. Se trataba de un crimen indigno de él. Estaba casi seguro de que Mielke había denunciado a los dos alemanes que le hicieron cómplice de los crímenes -Kippenberger y Neumann- durante la gran purga de Stalin de 1937. Ambos murieron en los campos de trabajo. Sus esposas, también. Incluso la hija de Kippenberger fue enviada a un campo de trabajo. Mielke intentó hacer una limpieza completa.

»También conocía el trabajo de Mielke en España. Su cometido como chequista, con el servicio de seguridad militar, consistía en torturar y matar a los republicanos -anarquistas y troskistas- que se desviaban de la línea del partido, dictada por Stalin. Una vez más, Heydrich sospechaba que Mielke utilizó su posición como comisario político en las Brigadas Internacionales en España para eliminar a Erich Ziemer. Si aún lo recuerdan, Ziemer fue el hombre que ayudó a Mielke a asesinar a los dos polis. Creo que Heydrich tenía razón. Creo que Mielke incluso planeó su futuro político en Alemania después de la guerra; y razonó, acertadamente, que el pueblo alemán -sobre todo los berlineses- nunca aceptarían a un hombre que había asesinado a dos policías a sangre fría.

– En 1947 los tribunales de Berlín Occidental intentaron juzgarlo por aquellos asesinatos -dijo el americano de la pajarita-. Un juez llamado Wilhelm Kühnast dictó una orden de arresto para Mielke. ¿Lo sabía?

– No. Entonces yo no vivía en Berlín.

– No sirvió de nada, por supuesto. Los soviéticos cerraron filas para protegerle ante cualquier nueva investigación e hicieron todo lo posible para desacreditar a Kühnast. Los expedientes criminales utilizados para montar el caso desaparecieron. Kühnast tuvo la suerte de no desaparecer también.

– Erich Mielke ha sobrevivido a numerosas purgas del partido -señaló el americano de la pipa-. Sobrevivió a la muerte de Stalin, por supuesto y, más recientemente, a la muerte de Lavrenty Beria. Creemos que nunca trabajó como voluntario de la organización Todt. Aquello sólo fue un cuento. De haber trabajado para ellos estaría muerto, como todos los que regresaron y se encontraron con una fría bienvenida de Stalin. Nos parece mucho más probable que Mielke abandonara aquel campo francés de Le Vernet poco después de que usted lo viese allí, en el verano de 1940, y que regresara a la Unión Soviética antes de que Hitler invadiese Rusia.

– ¿Por qué no? -Me encogí de hombros-. A mí nunca me pareció un tipo con el estilo de George Washington y todo aquello de «yo no puedo decir una mentira». Por lo tanto, contendré mi obvia desilusión ante la idea de que quizá me mintió.

– Hoy, su viejo amigo es el subcomisario de la policía secreta de Alemania Oriental. La Stasi. ¿Ha oído hablar de la Stasi?

– He estado ausente durante cinco años.

– De acuerdo. Cuando Stalin murió el año pasado, hubo una gran huelga de trabajadores, en Berlín Oriental, que después se extendió por toda la República Democrática Alemana. Casi medio millón de personas tomaron las calles para reclamar elecciones libres. Incluso los policías se pusieron del lado de los manifestantes. Ésta fue la primera gran prueba para la Stasi, ya bajo la dirección de Mielke. Consiguió romper la huelga.

– Por todo lo alto -dijo el otro americano. -Primero declararon la ley marcial. La Stasi abrió fuego contra los manifestantes. Hubo muchos muertos. Detuvieron a miles de personas, que todavía están en prisión. El propio Mielke arrestó al ministro de Justicia por cuestionar la legalidad de las detenciones. Desde entonces, el camarada Erich ha consolidado su posición en la jerarquía de Alemania Oriental. Ha extendió la red de confidentes y espías de la Stasi, y está organizando una estructura a imagen y semejanza del KGB soviético, el MVD.

– Es un cabrón -dije-. ¿Qué más les puedo decir? No tengo nada más que añadir sobre ese hombre. Aquel día en Johanngeorgenstadt fue la última vez que le vi.

– Podría ayudarnos a cazarlo.

– Claro. Antes de que esta noche cierren las celdas veré qué puedo hacer por ustedes.

– Hablo en serio.

– Se lo he dicho todo.

– Y ha sido muy interesante. Por lo menos, la mayor parte.

– No crea que no le estamos agradecidos, Günther. Lo estamos.

– ¿Podría su gratitud ser lo bastante generosa como para dejarme ir?

Pajarita miró a Pipa, y éste asintió con un gesto vago y dijo:

– ¿Sabe? Podría ser. Sólo podría ser. Siempre que acceda a trabajar para nosotros.

– Ya -bostecé.

– ¿Qué le pasa, Bernie, muchacho? ¿No quiere salir de aquí?

– Lo pondremos en la nómina. Incluso podemos devolverle su dinero. El dinero que llevaba cuando el guardacostas le recogió en el mar, delante de Gitmo.

– Es muy generoso por su parte -dije-. Pero estoy cansado de luchar. Francamente, no me parece que esta Guerra Fría de ustedes sea mejor que las dos últimas en las que participé.

– Yo diría que podría acabar siendo la más crucial de todas las guerras -afirmó Pajarita-. Sobre todo si se calienta.

Sacudí la cabeza.

– Ustedes me hacen reír. A las personas que quieren que trabajen para ustedes, ¿siempre las tratan de esta manera?

– ¿De qué manera?

– Tal vez me equivoque. El otro día, cuando estaba esposado y con una capucha en la cabeza, tuve la muy clara impresión de que no les gustaba mi cara.

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