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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Disculpe, señor. ¿Cómo se ha encontrado metido en este lío?

El hombre lloró mientras contaba su historia.

Tim notó que alguien le tocaba el brazo. Vaciló. No quería apartar la mirada del hombre que todavía hablaba, con el rostro colérico bañado en lágrimas y sin apartar el arma del ombligo de Tim. Miraba fijamente a los ojos de Hamner. Viera lo que viese en ellos, todavía no había disparado...

¿Quién diablos tiraba de su brazo, tratando de quitarle los impresos?

¡Eileen! Eileen Hancock. Tim permaneció inmóvil, mientras Eileen se ponía a su lado. Tim dejó que tomara los impresos.

—Bien, jefe, ya estoy aquí —dijo la muchacha—. Había un poco de jaleo allá abajo...

Tim estuvo a punto de desmayarse. Eileen no iba a descubrirle. Gracias a Dios, era lo bastante inteligente para no hacerlo. Tim asintió, con la mirada todavía fija en los ojos del entrevistado.

—Me alegro de que hayas podido venir —dijo en voz baja, como si temiera estropear la entrevista, y sin sonreír.

—...¡y si veo a otro de esos hijos de puta le mato también!

—Gracias, señor —dijo Tim en tono grave—. Supongo que no le importará firmar...

—¿Firmar? ¿Firmar qué?

—Un impreso de la emisora.

El hombre alzó la pistola hasta el rostro de Tim.

—¡Bastardo!

—Señor —dijo Eileen—. ¿Sabe usted que en California existe una ley de protección de periodistas?

—¿Qué quiere decir?

—No pueden obligarnos a revelar nuestras fuentes. No se preocupe. Nos protege la ley.

El hombre miró a su alrededor. Los demás revoltosos se habían ido, y estaba lloviendo. Miró alternativamente a Tim, a Eileen y a la pistola que sostenía en la mano. Nuevas lágrimas corrieron por su rostro. Entonces dio media vuelta y se alejó. Anduvo unos pasos y echó a correr.

En algún lugar una mujer lanzó un grito breve y agudo. Había un ruido de fondo formado por gritos, lamentos y truenos, cada vez más cercanos. Se había levantado un viento enérgico. Sobre el techo de un automóvil intacto, dos hombres con una cámara de televisión al hombro, disfrutaban de una isla de intimidad, al igual que Tim y Eileen.

—Los revoltosos temen la publicidad —dijo Tim—. Me alegro de verte. Había olvidado que trabajas por aquí.

—Trabajaba —puntualizó Eileen, señalando las ruinas de la empresa de Corrigan—. No creo que nadie venda suministros sanitarios...

—En Burbank no, desde luego. Bueno, ¿qué vamos a hacer ahora?

—Tú eres el experto.

Cayó un rayo no muy lejos del lugar en donde estaban. Las colinas de Griffith Park parecían incendiadas con el resplandor azulado de los relámpagos.

—Tenemos que ir a un sitio alto —dijo Tim—, y sin perder tiempo.

Eileen pareció perpleja. Señaló el cielo relampagueante.

—Sí —convino él—, podría alcanzarnos un rayo, pero si logramos salir de este valle fluvial tendremos más posibilidades de salvación. ¿No notas lo salada que es la lluvia. Y tal vez...

—¿Qué?

—Tal vez se produzca un maremoto. Olas gigantescas barrerán la ciudad.

—Dios mío. Subamos a Verdugo Hills. Podemos ir andando. ¿De cuánto tiempo disponemos?

—No lo sé. Depende de dónde se haya producido el choque. Probablemente han caído varios fragmentos del cometa. —El mismo Tim se sorprendió de lo tranquilo que era su tono.

Eileen echó a andar por el lugar más practicable, que conducía al inicio del atasco de tráfico, donde yacían amontonados los cuerpos de los Guardianes. Cuando estaban cerca, un coche salió rugiendo de un cruce, pasó por el medio de una estación de servicio e invadió la acera. Al pasar entre una pared y un poste telefónico, sufrió rozaduras en el lado derecho. El coche que se encontraba detrás tenía ahora el camino expedito. Estaba vacío y sin cerrar. Las llaves colgaban del contacto. Eileen, que se había acercado al vehículo, hizo señas a Tim para que se uniera a ella.

—¿Eres buen conductor? —le preguntó.

—Pasable.

—Yo conduciré —dijo ella con firmeza—. Tengo un gran dominio del volante.

Subió al coche y lo puso en marcha. Era un Chrysler antiguo, en otro tiempo un automóvil de lujo. Ahora las esterillas estaban desgastadas y tenía feas manchas en la tapicería. Cuando el motor funcionó con un firme ronroneo, Tim pensó que era el coche más hermoso que jamás había visto. Eileen siguió la ruta del coche anterior. Pasaron por encima de un cuerpo con túnica blanca. Eileen no aminoró la marcha. El espacio entre el poste telefónico y la pared era estrecho, pero ella pasó por allí a sesenta por hora, sin la menor vacilación. Tim contuvo el aliento hasta que salieron de allí.

Por delante la calle se curvaba suavemente. Los dos carriles de la calzada estaban atestados de coches, y Eileen siguió avanzando por la acera. De vez en cuando, para evitar los postes telefónicos o eléctricos, invadía los jardincillos situados delante de las casas, pasando entre arriates de rosas, sobre céspedes bien cuidados, hasta rebasar el atasco de tráfico.

—Sí, señor, eres una buena conductora —le dijo Tim.

Eileen no le miró. Estaba muy ocupada evitando los obstáculos algunos de los cuales eran personas.

—¿No crees que deberíamos advertirles? —le preguntó.

—¿Servirá de algo? —replicó Tim—. Pero sí, se lo diremos. —Abrió la ventanilla. Ahora llovía intensamente, y el agua salada hizo que le escocieran los ojos—. ¡Váyanse a un sitio alto! —gritó—. Se acerca una oleada. ¡Inundación! Suban a algún lugar elevado.

El viento se llevó sus palabras. La gente le miraba al pasar. Algunos miraron a su alrededor desesperadamente, y en una ocasión Tim vio que un hombre cogía a una mujer de la mano y se precipitaba hacia un coche.

Al volver una esquina vieron un incendio. Toda una manzana de casas ardía incontroladamente, a pesar de la lluvia. El viento esparcía fragmentos ardientes.

Una vez aminoraron la marcha para evitar los cascotes que cubrían la calle. Una mujer corrió hacia ellos, llevando un bulto envuelto en una manta. Antes de que Eileen pudiera acelerar, la mujer alcanzó el coche. Arrojó el bulto a través de la ventanilla.

—¡Se llama John! —gritó— ¡Cuiden de él!

—Pero, oiga...

Tim no pudo continuar. La mujer se había alejado.

—¡Tengo dos más aquí! —dijo a gritos—. John. John Mason. ¡Recuerden su nombre!

Eileen aceleró de nuevo. Tim separó la manta. Contenía un bebé, inmóvil. Le puso la mano sobre el corazón, para ver si latía, y la retiró ensangrentada. Era una sangre de un rojo brillante, y su olor llenó el coche a pesar del cálido olor salino de la lluvia.

—Está muerto —dijo Tim.

—Échalo por la ventanilla —ordenó Eileen.

—Pero...

—No nos lo vamos a comer. No tendremos tanta hambre.

Angustiado, Tim arrojó el bebé por la ventanilla.

—Yo... he sentido como si dejara caer algo de mi vida al suelo.

—¿Crees que a mí me gusta? —dijo Eileen con acento desesperado. Tim la miró alarmado. Las lágrimas se deslizaban por las mejillas de la mujer—. Aquella mujer cree que ha salvado a su hijo. Al menos cree eso. Es todo lo que podíamos hacer por ella.

—Sí —dijo Tim en voz baja.

—Cuando lleguemos a un sitio alto, cuando sepamos lo que sucede, podremos empezar a pensar de nuevo en la civilización. Hasta entonces, sobreviviremos.

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