El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Tras una semana de anhedonia, descubrió una sorprendente debilidad por los licores italianos con exóticas etiquetas del siglo XIX, como si fuera un nostálgico borrachín de segunda generación que regresara a la madre patria. No podía concentrarse en los edificios antiguos, ni siquiera en los de su amado estilo románico. A Sylvie no se le escapaba que su interés por las ciudades antiguas que visitaban era fingido, pero nunca se lo recriminaba. Siena, Florencia, San Gimignano: Weber hizo más de cien fotos, en su mayor parte de Sylvie ante lugares mundialmente célebres, docenas de ellas desde el mismo ángulo, como si tanto la mujer como los monumentos corrieran peligro de desaparición. Le estaba fastidiando las vacaciones, y se esforzaba por mostrarse animado. Pero al final la voluntariosa alegría de su marido hizo que ella se sentara en una polvorienta trattoria frente al Palazzo Pretorio de Prato y le sermoneara.
– Sé que te estás preparando para un suplicio cuando volvamos. Pero no hay ningún suplicio. No hay nadie contra quien luchar. No ha cambiado nada. Este libro es tan bueno como cualquier otro que hayas escrito. -Exactamente el peor de los temores que él tenía-. La gente lo leerá y hará lo que pueda con él, y escribirás otra cosa. ¡Por Dios! La mayoría de los escritores matarían por obtener la atención que estás recibiendo.
– No soy escritor -replicó él.
Pero tal vez, inadvertidamente, había abandonado también su profesión habitual.
De regreso en Roma, la última noche, él perdió el dominio de sí mismo. Estaban sentados en un café de la via Cavour. Ella le recordaba que aquella noche irían a tomar unas copas con una pareja flamenca que habían conocido.
– ¿Cuándo me dijiste eso?
– ¿Cuándo? -Ella suspiró-. Sordera al papel masculino. -Lo que otras esposas habrían llamado ensimismamiento- Vamos, querido. ¿Dónde estás?
Aunque sabía que era un error, él se lo dijo. No le había mencionado las críticas durante días.
– Me pregunto si realmente podrían ser acertadas.
Ella alzó las manos en el aire como una animadora ninja.
– ¡No sigas con eso! No están en lo cierto. No son más que trepadores profesionales.
La calma de su mujer le irritó. Empezó a decir cosas absurdas en fragmentos cada vez más incomprensibles. Finalmente se levantó de la mesa y se marchó. Idiota, necio: caminó al azar por la telaraña romana, mientras el sol se ponía y las serpenteantes calles le desorientaban. Regresó al hotel pasadas las once. La pareja flamenca se había ido mucho antes. Ni siquiera entonces ella le reprendió como se merecía. Se había casado con una mujer que, sencillamente, no comprendía el dramatismo. Aquella noche y en el vuelo de regreso al día siguiente, Sylvie le mostró la misma frialdad profesional con que trataba a los clientes más erráticos de Wayfinder.
Volvieron a casa intactos. Sylvie había tenido razón: no le esperaba ningún suplicio. Cavanaugh le llamó para darle cuenta de algunas críticas tranquilizadoras, cifras y ofertas de traducción. Pero Weber tenía que seguir con la promoción del libro hasta poco antes de que terminara el verano. Lecturas, entrevistas para la prensa, radio: más pruebas, si su equipo de investigación necesitaba alguna, de que un hombre no podía servir a dos amos.
Durante una lectura en la sala Cody's de Berkeley, un miembro del por lo demás respetable público le preguntó cómo reaccionaba a la insinuación de la prensa de que los relatos de sus casos clínicos personalizados violaban la ética profesional. La pregunta provocó un abucheo del público, pero con una emoción disimulada. Él vaciló al dar una respuesta que en otro tiempo habría sido automática: el cerebro no es una máquina ni un motor de coche ni un ordenador. Las descripciones puramente funcionales ocultan tanto como revelan. No es posible comprender el funcionamiento de un cerebro individual sin tener en cuenta la historia particular, las circunstancias, la personalidad: el conjunto de la persona, más allá de la suma de módulos locales y déficits localizados.
Un segundo oyente quiso saber si sus pacientes siempre le daban su plena aprobación. «Naturalmente», respondió él. Sí, pero, dados sus déficits, ¿comprendían siempre del todo lo que significaba esa aprobación? Weber dijo que la investigación cerebral había determinado que nadie podría jamás cuestionar a posteriori la comprensión de otro. Incluso mientras hablaba tenía la sensación de que se estaba incriminando. Hasta él mismo podía oír la flagrante contradicción.
Weber miró al público que estaba en pie a un lado de la abarrotada sala. Una atractiva mujer de mediana edad con un vestido de madrás sostenía una diminuta videocámara. Otros tenían grabadoras.
– Esto empieza a parecerse un poco al frenesí de los medios de comunicación * -comentó riendo.
La broma no llegaba en el momento oportuno. El público callaba, desconcertado. Por fin Weber cogió el ritmo y limitó los daños. Pero en la cola para que firmara ejemplares esperaron menos personas que la última vez que estuvo en la ciudad.
Los colores habituales de su jornada adoptaron un nuevo matiz, de manera muy parecida a un caso que cierta vez él había detallado. Solo conocía a Edward a través de la literatura médica, pero en Más vasto que el cielo Weber se apropió de Edward, y tal vez lo describió como si él lo hubiese descubierto. Edward era ciego parcial a los colores desde su nacimiento, como el diez por ciento de los hombres, muchos de los cuales jamás descubren su condición. La falta de receptores del color en los ojos de Edward le impedía distinguir los rojos y los verdes. La ceguera al color era en sí misma extraña: la inquietante posibilidad de que dos personas estuvieran en desacuerdo sobre la tonalidad exacta que tenía cualquier objeto determinado.
Pero la manera en que Edward veía los colores era aún más extraña. Como muchas menos personas, una entre decenas de millares, Edward era también sinestésico. Su sinestesia heredada había sido constante y estable durante toda su vida. En su caso tenía una forma típica: ver los números como colores. Para Edward los números y las tonalidades realmente se fusionaban, a la manera en que normalmente la suavidad se fusiona con la comodidad y la agudeza con el dolor. En su infancia se quejaba de que sus bloques de números estaban todos equivocados. Su madre le comprendía, porque también ella padecía la misma fusión de los cables.
Los aquejados por ese trastorno a menudo saboreaban las formas o sentían, en su epidermis, la textura de las palabras pronunciadas. No se trataba de simples asociaciones ni de vuelos de la fantasía poética. Para Weber la sinestesia había llegado a ser tan perdurable como el olor de las fresas o la frialdad del hielo: una función del hemisferio izquierdo, de algún modo enterrado debajo de la corteza, un cruce de señales que producía cada cerebro pero que solo unos pocos cerebros selectos presentaban a la conciencia, algo que no se había desprendido del todo en el curso de la evolución o tal vez la avanzadilla de exploradores de la siguiente fase mutante.
Edward, ciego al color y sinestésico al mismo tiempo, era un caso único. El aspecto, el sonido o la idea del número uno le hacía ver blanco. Los doses se bañaban en campos de azul. Cada número era un color, al modo en que la miel era dulce o el intervalo de una segunda menor era disonante. El problema surgía con los cincos y los nueves. Edward los llamaba «colores marcianos», tonalidades como ninguna que él hubiera visto jamás.
* En inglés, feedingjrenzy tiene ante todo un sentido ecológico (el festín frenético de tiburones o pirañas para sobrevivir), y es también el nombre de un popular juego de ordenador basado en ese festín. (N. del T.)