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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– ¡Pobre bestia! Haya hecho lo que haya hecho, no merecía eso -sacó un cigarrillo, lo encendió y tendió el paquete. Wainwright movió la cabeza-. Adivino lo que usted siente -dijo Timberwell-. Uno se endurece ante estas cosas. Pero hay algunas que hacen pensar.

– Sí -Wainwright recordaba su propia responsabilidad por lo que le había pasado a Clarence Hugo Levinson, alias Vic.

– Necesito una declaración suya, míster Wainwright. Un resumen de las cosas que me ha dicho acerca de su acuerdo con el muerto. Si usted no se opone quisiera que fuéramos al destacamento cuando terminemos aquí.

– Conforme.

El policía lanzó un círculo de humo y sorbió su café.

– ¿Qué cantidad hay de tarjetas de crédito falsificadas… en estos momentos?

– Se usan más y más. A veces, algunos días, son como una epidemia. Los bancos como el nuestro perdemos con ellas mucho dinero.

Timberwell dijo escéptico:

– Querrá usted decir que cuestan dinero al público. Los bancos como el de ustedes pasan por alto esas pérdidas. Por eso a la gente de arriba no le importa tanto como debiera importarle.

– No puedo discutir eso con usted -Wainwright recordó sus propios e inútiles argumentos pidiendo mayor presupuesto para combatir los crímenes relacionados con el banco.

– ¿Es buena la calidad de las tarjetas?

– Excelente.

El detective rumió.

– Es exactamente lo que el Servicio Secreto nos ha dicho sobre el dinero falsificado que circula en la ciudad. Hay mucha cantidad. Supongo que lo sabe.

– Sí, lo sé.

– Entonces tal vez el pobre tipo tenía razón al suponer que ambas cosas provienen de la misma fuente.

Ninguno de los dos hombres habló, después el detective dijo bruscamente:

– Quiero prevenirle de algo. Tal vez usted ya haya pensado en ello.

Wainwright esperó.

– Cuando lo torturaron, ante quien fuera, él habló. Usted ya lo ha visto. No podía dejar de hacerlo. Por lo tanto puede usted imaginar que lo ha contado todo, incluso el trato que había hecho con usted.

– Sí, he pensado en eso.

Timberwell asintió.

– No creo que esté usted personalmente en peligro, pero, para la gente que mató a Levinson, usted es veneno. Si cualquiera de los que ellos tratan, respira el mismo aire que usted, el tipo puede darse por muerto… de mala manera.

Wainwright estaba a punto de hablar, cuando el otro lo hizo callar.

– No estoy sugiriendo que no mande otro espía encubierto. Es asunto suyo y no me interesa saberlo… al menos por ahora. Pero le digo esto: si lo hace, tenga más que cuidado, y no se meta usted en el asunto. Es lo menos que le debe a ese pobre tipo.

– Gracias por el aviso -dijo Wainwright. Seguía pensando en el cuerpo de Vic, tal como lo había visto, cuando levantaron el papel-. Pero dudo mucho que vuelva a haber otro tipo.

TERCERA PARTE

1

Aunque la cosa continuaba siendo difícil con su salario de 98 dólares semanales como cajera del banco (83 dólares deducidos los descuentos), de alguna manera Juanita se las arreglaba, semana tras semana, para vivir junto con Estela y pagar la guardería de la niña. Incluso -a mediados de agosto- había reducido un poco la deuda con la compañía financiera que Carlos, su marido, le había echado encima antes de abandonarla. La firma financiera, como correspondía, había vuelto a redactar el contrato, reduciendo los pagos mensuales, aunque ahora los habían extendido -con intereses mayores- hacia un futuro de tres años.

En el banco, aunque Juanita era tratada con consideración luego de las falsas acusaciones contra ella, en octubre pasado, y aunque los miembros del personal hacían todo lo posible por ser cordiales, ella no había establecido amistades íntimas. La intimidad no era fácil para ella. Tenía una natural desconfianza hacia la gente, en parte heredada, en parte condicionada por la experiencia. El centro de su vida, el apogeo hacia el que progresaba en cada día de trabajo, eran las horas nocturnas que pasaban juntas ella y Estela.

Ahora estaban juntas.

En la cocina del diminuto pero cómodo apartamento del Forum East, Juanita preparaba la comida, ayudada -y a veces molestada- por su niñita de tres años. Ambas habían estado amasando y dando forma a una mezcla para hacer bizcochos, Juanita con el propósito de usarla en un pastel de carne, y Estela manoseando un trozo de la masa con los deditos, según le indicaba la imaginación.

– ¡Mamá, mira! ¡He hecho un castillo mágico!

Juntas rieron.

– ¡Qué precioso, mi cielo! -dijo Juanita con cariño-. Pondremos el castillo en el horno junto con el pastel. Entonces los dos se volverán mágicos.

Para rellenar el pastel, Juanita había usado carne guisada con cebollas, una patata, zanahorias frescas y una lata de judías verdes. Los vegetales aumentaban el volumen de la escasa cantidad de carne, que era todo lo que Juanita podía permitirse. Era instintivamente una cocinera imaginativa, y el pastel iba a ser sabroso y nutritivo.

Llevaba ya veinte minutos en el horno, y todavía faltaban otros diez para que estuviera listo, y Juanita leía a Estela una traducción al castellano de Hans Andersen, cuando llamaron a la puerta del apartamento. Juanita dejó de leer y escuchó, dudosa.

Los visitantes eran raros a esa hora; era muy desusado que alguien la fuera a ver tan tarde. Tras unos momentos volvieron a llamar. Algo nerviosa, haciendo un gesto a Estela para que se quedara donde estaba, Juanita se levantó y se dirigió con lentitud a la puerta.

Su apartamento era único en el entrepiso, en lo alto de lo que una vez había sido una única vivienda que hacía tiempo había sido dividida en apartamentos que se alquilaban. Los promotores del Forum East habían mantenido las divisiones del edificio, aunque modernizadas y reparadas. Pero aquello no impedía que el Forum East estuviera situado en una zona notoria por el elevado promedio de criminalidad, especialmente ataques y asaltos. Por eso, aunque los bloques de apartamentos estaban muy poblados, por la noche la mayoría de los ocupantes cerraban las puertas con cerrojos y se encerraba dentro. Había una robusta puerta exterior, útil como protección, en la planta baja del edificio que ocupaba Juanita, aunque otros inquilinos la dejaban abierta con frecuencia.

Inmediatamente fuera del apartamento de Juanita había un estrecho rellano, en lo alto de unas escaleras. Con la oreja apretada contra la puerta, ella preguntó:

– ¿Quién es? -No hubo respuesta, pero nuevamente el golpe, suave pero insistente, volvió a repetirse.

Juanita se aseguró de que la cadena de protección interna estuviera en su lugar, después quitó los cerrojos y abrió la puerta unos centímetros… lo que permitía la cadena.

En el primer momento, en la luz confusa, no pudo ver nada, después se perfiló una cara y una voz preguntó:

– Juanita, ¿puedo hablar con usted? ¡Tengo que hacerlo, por favor! ¿Me deja pasar?

Ella quedó atónita. Miles Eastin. Pero ni la voz ni la cara eran las del Miles Eastin que ella había conocido. La cara que ahora podía ver mejor era pálida, consumida; la voz insegura y suplicante.

Se detuvo un momento a pensar:

– Creí que estaba preso.

– He salido. Hoy… -se corrigió en seguida-. En libertad condicional.

– ¿Para qué ha venido aquí?

– Recordé su dirección.

Ella movió la cabeza, sin quitar la cadena de la puerta.

– No es eso lo que le he preguntado. ¿Por qué ha venido a verme?

– Porque lo único en lo que he pensado estos meses, todo el tiempo que estuve dentro, fue en verla, hablarle, explicarle…

– No hay nada que explicar.

– ¡Lo hay! Juanita, se lo ruego. No me eche. Por favor.

Detrás de ella la clara voz de Estela preguntó:

– Mamá, ¿quién es?

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