Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Juanita -dijo Miles Eastin-, no tiene por qué tenerme miedo… ni por usted ni por su hijita. No llevo nada encima como no sea esto… -mostró una pequeña maleta usada-. Nada más que las cosas que me devolvieron cuando salí.
– Bueno… -Juanita vaciló. Pese a sus temores, la curiosidad era fuerte. ¿Por qué quería verla Miles Eastin? Preguntándose si iba a arrepentirse, cerró un poco la puerta y retiró la cadena.
– Gracias -él avanzó tímidamente, como si todavía temiera que Juanita cambiara de idea.
– Hola -dijo Estela-, ¿eres amigo de mamá?
Por un momento Eastin pareció desconcertado, después contestó:
– No siempre lo he sido. Desearía que hubiese sido así.
La chiquita de pelo oscuro le miró.
– ¿Cómo te llamas?
– Miles.
Estela rió.
– Eres flaquito.
– Sí, ya lo sé.
Ahora que podía verle claramente, Juanita quedó aún más sorprendida del cambio en Miles. En los ocho meses que no le veía había perdido tanto peso que tenía las mejillas hundidas, el cuello y el cuerpo eran huesudos. Su arrugado traje pendía flojo, como hecho para un individuo del doble de su talla. Parecía cansado y débil.
– ¿Puedo sentarme?
– Sí -Juanita indicó un sillón de mimbre, pero ella siguió de pie, mirándolo. Dijo, acusando de manera ilógica-. No le han dado bien de comer en la cárcel.
Él movió la cabeza y, por primera vez, sonrió levemente.
– No se vive allí exactamente como un gourmet. ¿Se nota?
– Sí, me doy cuenta. Se nota.
Estela preguntó:
– ¿Te quedas a cenar? Mamá ha hecho un pastel.
Él vaciló.
– No.
Juanita preguntó súbitamente.
– ¿Ha comido hoy?
– Esta mañana. Tomé algo en la estación de autobuses -el aroma del pastel casi hecho, salía de la cocina. Instintivamente Miles volvió hacia allí la cabeza.
– Entonces puede acompañarnos -empezó a poner otro cubierto en la mesita donde comían ella y Estela. El gesto fue natural. En cualquier hogar de Puerto Rico, incluso en el más pobre, la tradición requiere compartir la comida que se tenga.
Mientras cenaban, Estela charlaba y Miles contestaba a sus preguntas: algo de la primera tensión empezaba evidentemente a dejarlo. Varias veces miró alrededor, el apartamento, agradable y sencillamente amueblado. Juanita tenía sentido para crear un ambiente hogareño. Le gustaba coser y decorar. En la modesta salita había un viejo sofá usado que ella había enfundado con algodón de brillantes colores rojos, blancos y amarillos. El sillón de mimbre en el que se había sentado Miles en el primer momento era uno de los dos que compró en una liquidación y repintó de un rojo intenso. Para las ventanas usaba unas cortinas de gruesa tela de arpillera amarilla, poco costosa. Un cuadro primitivo y varios posters de viajes adornaban las paredes.
Juanita escuchaba la charla de los otros dos, pero casi no hablaba, y dentro de sí misma seguía llena de dudas y desconfianza. ¿Por qué había venido Miles? ¿Acaso iba a provocarle tantas dificultades como antes? La experiencia le prevenía de que esto era probable. Sin embargo, por el momento, parecía desarmado… evidentemente débil físicamente, un poco asustado, quizá derrotado. Juanita tuvo la sabiduría práctica de reconocer esos síntomas.
Pero no sentía enemistad hacia él. Aunque Miles había querido echarle la culpa del robo del dinero que él había escamoteado, el tiempo había convertido aquella traición en algo remoto. Incluso originalmente, cuando él quedó en descubierto, el principal sentimiento de ella había sido de alivio, no de odio. Ahora lo único que Juanita quería, para ella y para Estela, era que las dejaran en paz.
Miles Eastin suspiró al apartar su plato. No había dejado nada.
– Gracias. Es la mejor comida que he probado en mucho tiempo.
Juanita preguntó:
– ¿Qué va a hacer ahora?
– No sé. Mañana empezaré a buscar trabajo -aspiró profundamente y pareció a punto de decir algo más, pero ella le hizo señas de que esperara.
– ¡Estelita, vamos, amorato! ¡A acostarse!
Poco después, lavada, con el pelo cepillado y llevando un pijama rosado, Estela vino a despedirse. Sus grandes ojos líquidos miraron con gravedad a Miles.
– Papá se fue. ¿Tú te vas también?
– Sí, muy pronto.
– Eso me parecía -y tendió la cara para que la besara.
Después de acostar a Estela, Juanita salió del único dormitorio del apartamento y cerró la puerta tras ella. Se sentó frente a Miles, con las manos cruzadas sobre el regazo.
– Bueno, ahora puede hablar.
Él vaciló, se mojó los labios. Ahora que había llegado el momento estaba indeciso, no encontraba las palabras. Después dijo:
– Todo este tiempo desde que fui… desde que me cogieron… he deseado pedirle perdón. Perdón por todo lo que hice, pero, principalmente, por lo que le hice a usted. Estoy avergonzado. En cierto modo no sé cómo sucedió. Otras veces creo saberlo.
Juanita se encogió de hombros.
– Lo pasado, pasado. ¿Qué importa ahora?
– Importa para mí. Por favor, Juanita, deje que le cuente lo demás, cómo fueron las cosas.
Y entonces, como un torrente incontenible, brotaron las palabras.
Habló del despertar de su conciencia, de sus remordimientos, de la locura del juego el año anterior y de las deudas, y de cómo estaba poseído por una fiebre que distorsionaba los valores morales y la percepción. Al recordarlo, dijo a Juanita, era como si otra persona hubiera poseído su mente y su cuerpo. Proclamó su culpabilidad al robar en el banco. Pero, lo peor de todo, confesó, era lo que le había hecho a ella, o lo que le había procurado hacer. La vergüenza por eso, declaró emocionado, le había perseguido diariamente en la cárcel, y nunca iba a dejarle.
Cuando Miles empezó a hablar, el más profundo instinto de Juanita había sido de desconfianza. A medida que él hablaba, no toda la desconfianza desapareció; la vida la había engañado y golpeado con demasiada frecuencia para que pudiera creer totalmente en algo. Sin embargo, su razón la inclinaba a aceptar lo que Miles decía como algo genuino, y un sentimiento de piedad la invadió.
Empezó a comparar a Miles con Carlos, su marido ausente. Carlos había sido débil; y también Miles. Pero, en cierto modo, la decisión de Miles de verla y enfrentarse con ella, arrepentido, le daban una fuerza y una virilidad que Carlos nunca había tenido.
Bruscamente vio el humor de toda la situación: los hombres en su vida -por uno u otro motivo- eran imperfectos y fugaces. También eran perdedores, como ella. Estuvo a punto de reír pero decidió no hacerlo. Miles nunca hubiera entendido.
Él preguntó ansioso:
– Juanita, quiero pedirle una cosa: ¿me perdona?
Ella le miró.
– Y si lo hace… ¿quiere decírmelo?
La risa silenciosa murió en ella; sus ojos se llenaron de lágrimas. Podía entender eso. Había nacido católica y, aunque hoy en día raras veces se preocupaba por la iglesia, conocía el solaz de la confesión y la absolución. Se puso de pie.
– Miles -dijo Juanita-; póngase de pie. Míreme.
Obedeció y ella dijo, con suavidad:
– Ha sufrido bastante. Sí, lo perdono.
Los músculos de la cara de él se contrajeron y se torcieron. Y ella tuvo que sostenerlo mientras lloraba.
Cuando Miles se repuso y nuevamente estuvieron sentados, Juanita habló prácticamente:
– ¿Dónde va a pasar la noche?
– No lo sé. Encontraré algún sitio.
Ella lo pensó, y dijo:
– Puede quedarse aquí, si quiere -y, al ver la sorpresa de él, añadió, rápida-. Por esta noche puede dormir en este cuarto. Yo estaré en el dormitorio, con Estela. Nuestra puerta quedará cerrada -no quería malentendidos.