El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
El mundo. ¿Qué le había sucedido al mundo? Eileen dio media vuelta y con paso rápido se dirigió a su despacho, pisando los fragmentos de vidrio que cubrían el suelo. Por suerte se había puesto zapatos con tacón bajo. Los vidrios crujían bajo sus pies. Avanzó tan rápidamente como pudo, sin mirar los géneros machacados, los estantes rotos y las paredes combadas.
Un trozo de tubería se había desprendido del techo y caído sobre su mesa de trabajo, rompiendo la cubierta de vidrio. Eileen nunca había levantado un objeto tan pesado, y gimió con el esfuerzo, pero pudo apartar la tubería. Sacó su bolso de debajo y hurgó dentro en busca de su pequeño transistor. El aparato parecía indemne, pero no emitía más que el ruido de las interferencias. Eileen creyó oír algunas palabras, alguien que gritaba: «¡Ha caído el cometa!» Una y otra vez. Pero tal vez aquellas palabras no procedían de la radio, sino que estaban en su cabeza. No importaba. No había una información útil. O tal vez aquel mismo hecho lo fuera. Lo ocurrido no era un desastre local. La falla de San Andrés había cedido, sí, pero había muchas emisoras de radio al sur de California, y no todas se encontraban cerca de la falla. Una, o más, de ellas deberían seguir emitiendo, y Eileen no creía que un terremoto pudiera causar tantas interferencias en las emisiones de radio.
Por la parte trasera de la oficina pasó al almacén. Allí encontró otro cuerpo, el de uno de los empleados. Lo reconoció por las ropas, pues el rostro había desaparecido bajo los cascotes. La puerta que daba al callejón estaba atascada. Tiró de ella y logró moverla un poco. Hizo palanca con su rodilla herida, apoyándola en la pared y tirando de la puerta con todas sus fuerzas. La puerta se abrió lo suficiente para permitirle pasar de lado. Eileen salió afuera y miró el cielo.
Avanzaban unas grandes nubes negras y empezaba a llover. Era una lluvia salada. En lo alto brillaban los relámpagos.
La salida del callejón estaba bloqueada con cascotes. Era imposible salir de allí con un coche. Eileen se detuvo y sacó un espejito de su bolso. Encontró un pañuelo de papel y se enjugó la humedad negruzca de las lágrimas y la sangre. No es que importara un ardite su aspecto, pero así se sentía mejor.
Llovió más intensamente. Oscuridad, relámpagos y una lluvia salada. ¿Qué significaba aquello? ¿Se habría producido un gran choque en el océano? Tim había tratado de decírselo, pero ella no le había escuchado; tenía tan poco que ver con la vida real... Pensó en Tim mientras recorría apresuradamente el callejón, de regreso a la Alameda. Era el único camino practicable, y cuando llegó a la calle no pudo dar crédito a sus ojos. Tim estaba allí, en medio de un tumulto.
La fuerza del terremoto derribó a Tim Hamner y le hizo rodar bajo su coche. Permaneció allí, aguardando la siguiente sacudida, hasta que notó el olor a gasolina. Entonces salió rápidamente, arrastrándose por el pavimento deformado, y se apoyó en el suelo con manos y rodillas.
Oyó gritos de terror y agonía, y nuevos ruidos: bloques de hormigón que chocaban con el suelo y aplastaban las carrocerías de los automóviles, y el interminable tintineo de los vidrios que se hacían añicos. Tim seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo. Se incorporó, temblando.
En las calzadas y las aceras cuarteadas yacían cuerpos vestidos con túnicas blancas, uniformes azules y ropas de calle. Algunos se movían. Otros estaban completamente inmóviles. La muerte de algunos, retorcidos o aplastados, era evidente. Los coches estaban volcados, empotrados unos en otros, o habían sido aplastados por el desplome de edificios. Ningún edificio había quedado intacto. El olor de la gasolina era muy intenso. Tim buscó un cigarrillo, apartó violentamente la mano y luego se guardó el encendedor en el bolsillo del pantalón, donde no lo encontraría antes de pensar.
Un edificio de tres plantas había perdido la pared oriental; vidrio y ladrillo se habían desintegrado, y sus fragmentos se habían desparramado por el solar del aparcamiento y la calle lateral, casi hasta el lugar en que se encontraba Tim Hamner. Un cascote, con parte de la luna de un escaparate, había caído en la sección trasera de su coche, haciendo que se derramara la gasolina.
Oyó gritos en algún lugar próximo. Intentó ignorarlos. No sabía qué hacer. Entonces el tumulto llegó a la vuelta de la esquina.
Primero aparecieron tres hombres con túnicas blancas. Ellos no gritaban, sino que jadeaban, y sin duda no les quedaban fuerzas para nada más. Los gritos procedían de la gente que les seguía. Por fin, uno de los perseguidos gritó.
—¡Ayuda, por favor! —exclamó, corriendo hacia Tim Hamner.
Las miradas de los perseguidores se concentraron en Tim. «Creerán que estoy con ellos», pensó. Y a ello se añadió un pensamiento más inquietante: «Podrían reconocerme, como el hombre que inventó el Martillo...»
Disponía de poco tiempo para actuar. Abrió el portaequipajes y sacó el magnetófono. El joven de la túnica que corría hacia él tenía una barbita rubia, y en su rostro delgado se dibujaba una expresión de terror. Tim alargó el micrófono para el Guardián y dijo a voces:
—Un momento, señor. Por favor, dígame cómo...
Insultado y perseguido, el hombre apartó el micrófono de un manotazo y siguió corriendo. Los otros dos fugitivos, seguidos por la mayor parte de la muchedumbre enfurecida, habían continuado calle abajo, hasta quedar bloqueados, lo que era una lástima. Algunos tipos fornidos pasaron corriendo al lado de Tim y dieron alcance al joven de la túnica junto al edificio en ruinas. Uno de ellos se detuvo, jadeando, y miró a Tim.
Hamner alzó de nuevo el micrófono.
—Oiga, señor. ¿Sabe usted cómo se ha iniciado todo esto?
—Claro que sí... amigo. Esos hijos de perra... Esos Guardianes nos detuvieron cuando... cuando nos dirigíamos a Big Bear. Iban a... parar el cometa rezando. No salió bien y... nos quedamos aquí atrapados... Ya hemos matado casi... la mitad de esos hijos de puta.
La estratagema tenía éxito. Por alguna razón, a nadie se le ocurre nunca matar a un reportero. Tal vez se deba al temor de que el mundo entero sea testigo. Otros revoltosos se habían detenido y formaban un grupo alrededor de Tim y su interlocutor, pero no parecían dispuestos a matarle, sino que esperaban una oportunidad para hablar.
—¿A qué emisora pertenece? —le preguntó alguien.
—A la NBS —respondió Tim. Buscó en sus bolsillos y sacó el carnet de prensa que le había dado Harvey Randall. Lo mostró un momento, tapando el nombre con el dedo pulgar.
—¿Puede enviar un mensaje? —preguntó el hombre—. Diga que envíen...
Tim meneó la cabeza.
—Esto es sólo un magnetofón. No puedo emitir nada. Confío en que el resto del equipo llegue pronto. —Se volvió hacia el hombre al que se había dirigido en primer lugar—. ¿Cómo piensa marcharse ahora?
—No lo sé. Supongo que andando. —Parecía haber perdido el interés por los Guardianes que huían.
—Gracias, señor. ¿Le importaría firmar aquí?
Tim sacó unos impresos. Eran unos formularios de la NBS por medio de los cuales la persona entrevistada daba su permiso para aparecer en pantalla. El hombre retrocedió como si hubiera visto escorpiones. Por un momento pareció pensativo.
—Olvídelo, amigo.
Dio media vuelta y se alejó. Los demás le siguieron y pronto la multitud desapareció, dejando a Tim solo junto a la chatarra en que se había convertido su coche.
Hamner se prendió el carnet de prensa en el bolsillo de la camisa, colocándolo de tal forma que fuera visible la palabra «prensa» pero no su nombre. Luego se colgó el magnetófono al hombro, portando en las manos el micrófono y los formularios de la emisora. Era engorroso andar cargado de aquella manera, pero valía la pena.
El horror se había enseñoreado de la Alameda. Una mujer muy bien vestida pisoteaba el cuerpo de un Guardián envuelto en su túnica blanca. Tim apartó la vista. Cuando miró de nuevo vio a más gente que iba de un lado a otro, con herramientas ensangrentadas en las manos. Un hombre se dirigió hacia él y le apuntó al ombligo con una pistola enorme. Tim le alargó el micrófono.