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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Pasó ante el puesto de las bibliotecarias, cruzó la puerta principal y caminó cuesta abajo unos cien pasos por el familiar sendero de piedra, antes de detenerse en seco. Estaba en el extremo del sendero, en el cruce de Bates, Main y Dyke. Telefonearía a Cavanaugh, con el móvil que llevaba en el bolsillo, le llamaría incluso a su casa, en domingo, para que le explicara cómo había podido ocultarle aquel ataque. Se sacó el aparatito plateado. Parecía un detonador por control remoto en una película de acción.

Se dijo que su reacción era excesiva. La primera señal de una objeción razonada, y ya quería colocar en círculo las carretas para defenderse de los indios. Había gozado del respeto público durante tanto tiempo, doce años, que lo había asumido, y ya no sabía cómo esperar otra cosa. El libro se defendería por sí solo ante cualquier acusación. De todos modos, calculó que por cada veinte personas que leyeran la crítica, una de ellas, con suerte, leería el libro, mientras que los demás hablarían de él negativamente a sus amigos, sin molestarse en echarle un vistazo.

Se guardó el teléfono en el bolsillo y retrocedió por el sendero hacia el aparcamiento de bicicletas. Cuando volviera a casa, se lo diría a Sylvie. Ella no le daría importancia, se mostraría un tanto divertida. Sonriente, le preguntaría: «¿Qué haría el famoso Gerald?».

El camino de regreso hasta Strong's Neck era todo cuesta abajo. Había marea baja y el aire de julio que le llenaba los pulmones tenía un olor salobre. Quería volver a la ciencia pura, lejos del confuso mundo comercial de la popularización científica. Ahora tenía un motivo más. Tras el brusco giro a la izquierda de Dyke Road, avanzó en paralelo a los cañaverales del estuario. La fuerza de la gravedad le llevó a lo largo del riachuelo donde el grupo de espías de Setauket a las órdenes de George Washington habían colgado sus faroles por la noche, una señal a Connecticut, al otro lado del canal, en los tiempos en que los terroristas eran los héroes. La bicicleta avanzó a una velocidad peligrosa por el terraplén de contención de la marea. ¿En qué mundo el libro que había escrito podía ser tan maléfico como el libro sobre el que acababa de leer?

Miró atrás por encima de su hombro derecho. El puerto de Setauket relucía, brillante bajo el sol del mediodía. Pequeños veleros con las alas desplegadas surcaban el agua azul jade de la ensenada. En un día como aquel, podía ocurrir cualquier cosa. Se oía a lo lejos la sirena del transbordador que enlazaba Bridgeport con Port Jefferson, como un gran animal migratorio que gritara anunciando su regreso al puerto. A Weber le encantaba vivir allí. Una pequeña y feliz celebración de cumpleaños. Eso aún podía hacerlo.

El Director de la Gira los llevó a la lejana Italia. Weber recorrió el Ponte Vecchio, contemplando las tiendas que se habían alineado en el puente a lo largo de los siglos. Una breve historia del capitalismo: carnicerías a las que sucedieron herreros y curtidores, a los que sucedieron orfebres, a los que sucedieron joyerías de coral y tiendas de corbatas carísimas. En medio de una masa de gente que charlaba en una infinidad de lenguas, observó a Sylvie, embriagada por los nuevos euros y el sol de Florencia, que miraba un escaparate lleno de relojes Nardin, solo por diversión. Solo fingiendo, feliz de hallarse lejos, en algún lugar totalmente imaginario.

El día anterior habían visitado el Duomo. Weber ya no podía formar en su mente una imagen detallada del interior de la iglesia. Aquella mañana ella había decidido lo que harían por la noche: asistir a una representación de Il ritorno d'Ulisse in patria, de Monteverdi.

– ¿En serio? -le había preguntado él.

– ¿Bromeas? Me encanta la ópera renacentista. Ya lo sabes.

Él no le preguntó desde cuándo le encantaba. No podía permitirse la respuesta. Ahora la contemplaba en medio del flujo de la gente. Desde lejos, cuando la luz era apropiada, podía pasar por una turista japonesa. Unas vacaciones en aquel país, su lugar favorito en la tierra, le quitaba décadas de encima. Tenía el mismo aspecto que antes de que se casaran, la muchacha para la que, en el remoto pasado, él interpretó cierta vez una amanerada coral de Schubert, con letra de aquel poetastro, Willie the Shake, * que le cantó con sus amigos por teléfono, a modo de felicitación del día de San Valentín, como si fuese una interpretación coral universitaria de 1928:

¿Quién es Silvia? ¿Qué tiene

que todos nuestros mozos la alaban?

Santa, hermosa y sabia es,

el cielo le prestó tal donaire

para que fuese admirada.

Cuando la joven Sylvie dejó de reírse de la interpretación, les regañó por cantar sin ella.

– ¡Eh! Empezad de nuevo. Dejadme intervenir.

Seguía siendo ella, seguía siendo su compañera de viaje, a pesar de los años transcurridos. Pero Weber no sabría decir cómo habían llegado juntos desde aquel año al presente. Aún podía nombrar la mayor parte de las ciudades donde habían pasado las vacaciones, aunque no cuándo ni qué habían visto. Ahora Florencia en pleno verano: una locura, lo sabía, a pesar de que hubieran planificado el viaje. Pero julio era el único mes en el que ambos podían marcharse, y la cálida y seca presión de las multitudes solo hacía a Sylvie más feliz. Se volvió hacia él y le sonrió, un poco avergonzada de su interés por los escaparates. Él le sonrió a su vez lo mejor que pudo, incapaz de dar un paso hacia ella a través del torrente de turistas en el viejo puente. El amor acude a sus ojos para ayudarle a salir de su ceguera.

La crítica del Times había aparecido poco antes de que partieran de Estados Unidos. Él la había leído durante el desayuno, mientras Sylvie le acuciaba para ir al aeropuerto.

– Llévatela -le dijo-. No pesa nada.

Él no quería llevársela. Iban a Italia. Las críticas no eran bien recibidas. Cuando llegaron a La Guardia, él la había reescrito mentalmente. Ya no podía decir lo que recordaba realmente de la reseña y lo que se inventaba. Sabía que frases enteras del Times procedían del artículo de Harper's. Sin duda cualquier lector que leyera ambas críticas vería el plagio.

Llamó a Cavanaugh desde el aeropuerto.

– No quería que te preocuparas por eso, Ger -le dijo su editor-. Estamos viviendo una época extraña en Norteamérica. Buscamos algo que atacar. El libro se vende bien. Y sabes que te espera un nuevo contrato, al margen de lo que suceda con esta obra.

Cuando llegaron a Roma, Weber estaba dispuesto a expatriarse. El enojo había cedido el paso a la duda: tal vez la crítica del Times no había sido copiada, sino que era tan solo una corroboración independiente. Esta idea le abatió tanto que perdió el deseo de hacer turismo. A la noche siguiente, en Siena, Sylvie y él discutieron. No fue una discusión, sino una pelea. Sylvie se estaba excediendo en su apoyo. Se negaba a aceptar ninguno de sus reparos.

– Podrían tener algo de razón -había observado Weber-. Según cómo se mire, podría considerarse que en estos libros utilizo las discapacidades del prójimo para obtener un provecho personal.

– Paparruchas. Has contado la situación de unas personas sobre las que no se cuenta nada. Has dejado que los normales sepan que la carpa es mucho más grande de lo que ellos creían. -Exactamente lo que él le decía que había estado haciendo durante todos aquellos años-. Estás cansado. Te afecta el desfase horario, ir de un lado a otro en un país extranjero. Es lógico que todo esto te altere un poco. Piensa que podría ser peor, que algún sicario de los Médicis podría apuñalarte por la espalda debido a tu arte. Vamos, hombre. Abbastanza. ¿Qué quieres hacer mañana?

Exactamente la pregunta que le preocupaba. Qué hacer mañana y pasado mañana. Otro libro de divulgación era inviable. Incluso la tarea de laboratorio le parecía poco sólida. Su equipo de investigación ya le trataba de un modo diferente; habían empezado a mostrarse impacientes con su estilo de baja tecnología campechanamente anecdótico, a evidenciar el imperioso deseo de una investigación más profunda, la atractiva especialidad del diagnóstico por la imagen que estaba poniendo al descubierto lo más recóndito del cerebro. Él no era más que un divulgador, y uno que, además, pertenecía al gremio de los explotadores.

вернуться

* Expresión jocosa para referirse a William Shakespeare. Podría traducirse, entre otras posibilidades, como «Guillermito el Terremoto». El fragmento de canción, así como la frase en cursiva de la página siguiente, proceden de Los dos caballeros de Verona, acto IV, escena 2. (N. del T.)

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