Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en esta cuestión había algo más que eso, y Robbie creía saber de qué se trataba: si Gina quería a Gordon y había hecho lo posible para que apartase a Jemima de su vida para tenerlo sólo para ella, entonces Gordon había hecho por Gina lo que el lejano amante londinense de Meredith no había hecho por ella, a pesar de que había existido una necesidad mayor en forma de su propio embarazo. Gordon había alejado a Jemima, abriendo la puerta para que Gina entrase completamente en su vida, no como una amante secreta, sino como una explícita pareja en su vida. Esto seguramente habría enfurecido a Meredith. No era de piedra.
– La Policía ha hablado con Gordon -le dijo Robbie-. Supongo que también hablaron con ella. Con Gina. Me preguntaron dónde estaba cuando Jemima…, cuando ocurrió y…
Meredith se volvió hacia él.
– ¡No hicieron eso!
– Por supuesto que sí. Tenían que hacerlo. De modo que también se lo preguntaron a él. Y a ella, probablemente. Y si no lo hicieron, lo harán. Vendrán a hablar contigo también.
– ¿Conmigo? ¿Por qué?
– Porque tú eras su amiga. Tuve que elaborar una lista con los nombres de todas las personas que pudieran decirles algo, cualquier cosa. Están aquí para eso.
– ¿Qué? ¿Para acusarnos? ¿A ti? ¿A mí?
– No. No. Sólo para asegurarse de que saben todo lo que hay que saber sobre Jemima. Lo que significa… -Dudó un momento.
Ella alzó la cabeza. El pelo le rozaba los hombros. Él vio que en los lugares donde la piel estaba desnuda tenía pecas, como en el rostro. Recordaba que ella y su hermana, de adolescentes, estaban muy preocupadas por tener pecas en la cara. Probaban numerosos productos y usaban maquillaje. Eran, simplemente, dos chicas que crecían juntas. La intensidad del recuerdo le golpeó con fuerza.
– Ah, Merry -soltó, y no pudo continuar.
No quería echarse a llorar delante de ella. Le parecía inútil y un gesto de debilidad. De pronto fue estúpida y egoístamente consciente de lo espantosamente feo que era, de cuan horrible le haría parecer el llanto ante la amiga de Jemima, y si bien eso era algo que nunca le había importado antes, ahora sí le importaba, porque quería consuelo. Y pensó que no había ningún consuelo, que nunca había habido y nunca lo habría para los hombres feos como él.
– Tendría que haber mantenido el contacto con ella este último año, Rob -dijo Meredith-. Si lo hubiese hecho, quizá no se habría marchado de aquí.
– No debes pensar eso -dijo él-. No es culpa tuya. Eras su amiga y estabais pasando por un mal momento. Es algo que suele suceder.
– Era algo más que un mal momento. Era… Yo quería que ella me escuchara, Rob, que me prestara atención, sólo por una vez. Pero había cosas sobre las que ella nunca habría cambiado de opinión, y una de esas cosas era Gordon. Porque en aquella época ya se acostaban, y siempre que Jemima se acostaba con un tío…
Él le aferró el brazo para que no siguiera hablando. Sintió que el llanto crecía en su interior, pero no quería y no podía dejarlo salir. No podía mirarla, de modo que observó los vitrales que rodeaban el altar y pensó que debían ser de la época victoriana, porque la iglesia había sido reconstruida y allí estaba Jesús diciendo: «Soy Yo, nada debéis temer». Y estaba San Pedro y también el Buen Pastor, y allí, oh, allí estaba Jesús con los niños, y estaba sufriendo para que los niños pequeños fueran a él, y ése era el problema, ¿verdad?, que los niños pequeños con todos sus problemas no sufrieran. ¿No era ése acaso el verdadero problema cuando todo lo demás te lo habían arrebatado?
Meredith estaba callada. Él mantenía la mano sobre su brazo y se dio cuenta de la fuerza con la que lo apretaba y el daño que debía estar provocándole. Sintió que los dedos de Meredith se movían sobre los suyos allí donde parecían garras sobre la piel desnuda, y se le ocurrió que ella no estaba tratando de deshacerse de su mano, sino que estaba acariciando sus dedos y luego la mano, describiendo círculos lentos y pequeños para decirle que entendía su pena, aunque la verdad era que ella no podía entender, nadie podía, lo que significaba que te lo robasen todo y no tener ninguna esperanza de llenar ese vacío.
Capítulo 14
– Por supuesto que él estaba aquí -había confirmado Clifford Coward respecto a la coartada de Gordon Jossie-. ¿Dónde iba a estar?
Era un tipo bajo y arrogante, que vestía con unos vaqueros costrosos. Llevaba una cinta en la cabeza manchada de sudor, y estaba acodado a la barra de su pub habitual en el pueblo de Winsted, con una pinta de cerveza delante de él y una bolsa de patatas fritas vacía y arrugada junto al puño. Jugaba con la bolsa mientras hablaba. Dio muy pocos detalles. Estaban trabajando en el tejado de un pub cerca de Frith y suponía que él sabría muy bien si Gordon Jossie no hubiese estado allí hacía seis días, ya que sólo eran ellos dos y alguien estaba subido en ese andamio cogiendo los manojos de carrizos mientras él se los alcanzaba.
– Sospecho que era Gordon -dijo con una sonrisa-. ¿Por qué? ¿Qué se supone que ha hecho? ¿Asaltó a alguna pobre anciana en la plaza del mercado de Ringwood?
– En realidad se trata más de una cuestión de asesinato -dijo Barbara.
La expresión de Cliff cambió visiblemente, pero su historia no. Gordon Jossie había estado con él, dijo, y Gordon Jossie no era un asesino.
– Joder, creo que yo lo sabría jodidamente bien -aclaró-. Hace más de un año que trabajo con él. ¿A quién se supone que ha matado?
– Jemima Hastings.
– ¿Jemima? Imposible.
Fueron desde Winstead hasta Itchen Abass por la autopista, bordeando Winchester. En una pequeña propiedad situada entre Itchen Abbas y el caserío de Abbotstone encontraron al maestro de empajar con quien Gordon Jossie había trabajado años atrás para aprender el oficio. Se llamaba Ringo Heath.
– No pregunten -dijo ácidamente-. Podría haber sido John, Paul o George, y joder si lo sabré yo.
Cuando llegaron, estaba sentado en un banco deteriorado, en el lado sombreado de una casa de ladrillo. Parecía estar tallando algo, ya que en una mano sostenía un cuchillo de aspecto inquietante, con una afilada hoja que se curvaba hasta formar un gancho, y lo usaba con una fina varilla, dividiéndola primero por la mitad y luego afilando ambos extremos hasta convertirlas casi en puntas de flecha. A sus pies había una pila de varillas esperando su turno. En una caja de madera que había sobre el banco junto a él colocaba las varillas ya terminadas. A Barbara le parecieron escarbadientes para un gigante, ya que cada una de ellas medía aproximadamente noventa centímetros. También parecían armas potenciales. Igual que ese cuchillo, que según supo se llamaba «hocino» o «podadera». Y los escarbadientes eran las varillas que se utilizaban para hacer abrazaderas.
Heath sostuvo una en el aire, extendida entre ambas palmas. La dobló casi por la mitad y luego la soltó. La varilla recuperó la línea recta original, como si fuese un muelle.
– Maleable -dijo, aunque ellos no le habían preguntado nada-. Madera de avellano. Puedes usar madera de sauce en caso necesario, pero el avellano es el mejor. -Se retorcía hasta formar una abrazadera, les explicó, y luego la abrazadera se utilizaba para fijar los carrizos en su sitio una vez que habían sido colocados en el tejado-. Se hunde en los carrizos y, finalmente, acaba por pudrirse, pero no importa. Para entonces los carrizos ya están comprimidos y eso es lo que quieres: compresión. El mejor tejado que el dinero puede comprar, la paja. No todo son casas como cajas de bombones y jardines llenos de mariquitas, ¿verdad?
– Supongo que no -dijo Barbara solidariamente-. ¿Tú qué dices, Winnie?
– A mí me parece bien, un tejado así -dijo Nkata-. Supongo que puede haber problemas con el fuego.
– Bah, tonterías -dijo Heath-. Cuentos de viejas.
Barbara lo dudaba. Pero no estaban allí para hablar acerca de la naturaleza inflamable de los carrizos en los tejados. Aclaró el motivo de su visita: Gordon Jossie y su aprendizaje con Ringo Heath. Habían telefoneado previamente a Heath para averiguar dónde estaba. Él les había dicho «¿Scotland Yard? ¿Y qué están haciendo por aquí?», pero, por lo demás, se había mostrado dispuesto a cooperar.