Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Está casado, señor Hastings?
Barbara llevó las jarras a la mesa, junto con un bote de metal abollado con azúcar que había encontrado en un estante junto a otros botes similares que contenían café y harina. Era una cocina antigua con cosas antiguas, desde los electrodomésticos hasta los objetos que había en los estantes y dentro de los armarios. Como tal, parecía una habitación que había sido amorosamente conservada, y no un lugar que había sido restaurado ingeniosamente para que diese el pego de un periodo anterior.
– Eso no es muy probable -respondió a la pregunta de Barbara. Parecía ser una resignada y penosa referencia a sus facciones poco agraciadas. Eso era triste, pensó Barbara, como una profecía autocumplida.
– Ya -dijo ella-. Bien, tendremos que hablar con todas las personas que conocían a Jemima en Hampshire. Esperamos que pueda ayudarnos con eso.
– ¿Por qué? -preguntó Hastings.
– Por la forma en que murió, señor Hastings.
En ese momento, Hastings pareció tomar conciencia súbitamente de algo que aún no había considerado, a pesar de que estaba delante de dos representantes de la Policía Metropolitana.
– Su muerte… La muerte de Jemima -dijo.
– Lamento mucho comunicarle que fue asesinada hace seis días. -Barbara añadió el resto de la historia: no cómo había muerto, sino el lugar donde se había producido. Y también en este aspecto proporcionó una descripción general, mencionando el cementerio, pero no así su ubicación y tampoco dónde estaba el lugar donde había sido hallado el cuerpo-. De modo que habrá que entrevistar a todos los que la conocían -concluyó.
– Jossie. -Hastings parecía aturdido-. Ella le abandonó. A él no le gustó. Ella dijo que Jossie no podía aceptarlo. Él no dejaba de llamarla por teléfono.
Una vez dicho esto, se cubrió los ojos con los puños y comenzó a llorar como un niño.
La tetera eléctrica se apagó y Barbara fue a buscarla. Vertió el agua caliente en las jarras. Encontró leche en la nevera. Un par de tragos de whisky habrían resultado mejor para ese pobre hombre, pero no pensaba revisar los armarios en busca de una botella, de modo que tendría que conformarse con el té, a pesar del intenso calor. Al menos el interior de la cabaña estaba fresco. Se mantenía de ese modo gracias a su construcción de gruesas paredes de arcilla y paja, cuya superficie era áspera y encalada por fuera, mientras que el interior de la cocina estaba pintado de amarillo pálido.
La presencia del weimaraner fue lo que, finalmente, consiguió serenar a Robbie Hastings. El perro había apoyado la cabeza sobre el muslo de Hastings, y el gemido largo y quedo que profirió el animal pareció animar a su amo. Robbie Hastings se enjugó las lágrimas y volvió a sonarse la nariz.
– Sí, Frank -dijo, y acarició al perro.
Bajó su cabeza y apoyó los labios sobre el animal. Cuando volvió a levantar la cabeza no miró a Barbara y tampoco a Nkata. En cambio fijó la vista en la jarra de té.
Quizá sabiendo cuáles serían sus preguntas, Hastings comenzó a hablar, lentamente al principio, luego con mayor seguridad. Junto a él, Nkata sacó su libreta de notas.
En Longslade Bottom, comenzó a relatar Hastings, había un extenso prado adonde la gente acudía regularmente para que sus perros se ejercitasen sin correa. Un día, hacía ya varios años, él había llevado a su perro a ese lugar y Jemima le había acompañado. Allí fue donde conoció a Gordon Jossie. Eso debió de haber sido hacía unos tres años.
– Era un tipo nuevo en la zona -dijo Hastings-. Había dejado de trabajar con un maestro de empajar de Itchen Abbas (un sujeto llamado Heath), y había llegado a New Forest para iniciar un negocio propio. Nunca decía mucho, pero Jemima se prendó de Jossie en el acto. Bueno, no podía ser de otra manera, porque en esa época ella estaba entredós.
Barbara frunció el ceño, preguntándose por esa expresión. Supuso que se trataba de algún extraño término propio de Hampshire.
– ¿Entredós?
– Entre dos hombres -aclaró él-. A Jemima siempre le gustó tener pareja. Desde que tenía…, no lo sé…, ¿doce o trece años? Quería tener novios. Siempre pensé que era porque nuestro padre había muerto como lo había hecho, igual que nuestra madre. En un accidente de circulación, los dos en el acto. Creo que eso hizo que pensara que debía tener a alguien que realmente le perteneciera, y de forma permanente.
– A alguien más, además de usted -dijo Nkata.
– Supongo que a Jemima le parecía que necesitaba a alguien más especial. Yo era su hermano. No significa nada que su hermano la amara, ya que se suponía que debía ser así.
Hastings acercó la taza a los labios. Un poco de té se derramó sobre la mesa. La esparció con la palma de la mano.
– ¿Era una mujer promiscua? -preguntó Barbara. Cuando Hastings la miró duramente, añadió-: Lo siento, pero debo preguntarlo. Y no importa, señor Hastings. Sólo si pudiera estar relacionado con su muerte.
Él negó con la cabeza.
– Para ella sólo se trataba de estar enamorada. En determinados momentos, se liaba con uno o dos…, pero sólo si creía que estaban locamente enamorados. «Locamente enamorados» era como ella siempre lo expresaba: «Estamos locamente enamorados el uno del otro, Rob». Una típica chica joven. Bueno…, casi.
– ¿Casi?
Barbara y Nkata preguntaron al unísono.
Hastings parecía pensativo, como si estuviese examinando a su hermana bajo una nueva luz. Luego dijo lentamente:
– Supongo que ella realmente se aferraba a los tíos. Y quizá por eso le resultase difícil que le durara un chico. Y lo mismo con los hombres. Creo que pretendía demasiado de ellos y eso, bueno…, a la larga acababa con la relación. Yo no era muy bueno para eso, pero intenté explicarle las cosas: cómo a los tíos no les gustaba que se colgaran de ellos de esa manera. Pero supongo que se sentía sola en el mundo a causa de lo de nuestros padres, aunque no estaba sola, nunca, no del modo en que ustedes piensan. Pero sentirse de esa manera…, ella tenía que combatir esa soledad. Ella deseaba… -frunció el ceño y pareció considerar cómo expresar lo que diría a continuación-. Era un poco como si quisiera meterse dentro de su piel, llegar a estar así de cerca de ellos, «ser» ellos, como si dijéramos.
– ¿Un control absoluto? -preguntó Barbara.
– Ésa no era su intención, nunca. Pero, sí, supongo que eso era lo que ocurría. Y cuando un tío quería tener su propio espacio, Jemima no podía soportarlo. Ella se colgaba más todavía. Supongo que ellos sentían que les faltaba el aire, de modo que se la quitaban de encima. Jemima lloraba un poco, luego los culpaba, por no ser lo que ella realmente quería e iba en busca de otro tío.
– Pero ¿eso no pasó con Gordon Jossie?
– ¿Lo de asfixiarle? -Negó con la cabeza-. Con él, Jemima llegó tan cerca como se lo propuso. A él parecía gustarle.
– ¿Qué pensaba usted de Jossie? -preguntó Barbara-. ¿Y del hecho de que su hermana estuviese liada con él?
– Yo quería que me cayera bien, porque la hacía feliz, tanto como una persona puede hacer feliz a otra, ya sabe. Pero en Gordon había algo que no me gustaba. No se parecía a los tíos de por aquí. Yo quería que Jemima encontrase a alguien, que sentara la cabeza, formara una familia, ya que eso era lo que deseaba, y no veía que eso pudiera pasar con él. Sin embargo, no se lo dije a Jemima. No habría supuesto ninguna diferencia que se lo dijera.
– ¿Por qué no? -preguntó Nkata.
Barbara advirtió que no había probado su té. Pero Winston nunca había sido muy devoto del té. Era más bien un hombre de cerveza, aunque no en exceso. Winston era casi tan abstemio como un monje: poco alcohol, nada de tabaco… Su cuerpo era como un templo.