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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Deja que te mire a los ojos.

Ella estiró la mano y le quitó las gafas de sol, que él se había dejado puestas cuando entró en el granero. Las dejó encima de la mesa y luego apoyó la mano en la mejilla de Gordon. Él la miró. Ella sostuvo la mirada y él no se echó hacia atrás. Finalmente, la expresión de Gina se suavizó. Le besó en la mejilla y él cerró los ojos. Luego ella lo besó en la boca. Luego su boca se abrió y las manos bajaron hasta sus nalgas y le acercó hacia ella.

Después de un momento ella, jadeando, dijo:

– Tómame aquí mismo.

Y él lo hizo.

* * *

Encontraron a Robbie Hastings entre Vinney Ridge y Anderwood, que eran dos apeaderos en Lyndhurst Road entre Burley y la A35. Le habían localizado llamándole a su móvil al número que Gordon Jossie les había proporcionado.

– Seguramente les hablará pestes de mí -dijo Jossie ásperamente.

No había sido una tarea fácil dar con el hermano de Jemima Hastings, ya que muchas carreteras en New Forest tenían nombres apropiados, pero ninguna señal. Finalmente encontraron su paradero sólo por azar, después de haberse detenido en una cabaña donde la carretera que habían cogido describía una curva muy pronunciada, sólo para descubrir que se llamaba Anderwood Cottage. Si continuaban por esa ruta, les dijo el dueño de la cabaña, podrían encontrar a Rob Hastings en un camino que llevaba a Dames Slough Inclosure. Hastings era un agister, les dijo, y le habían llamado para hacer «el triste y habitual trabajo».

Este trabajo resultó ser el sacrificio de uno de los ponis de New Forest que había sido atropellado por un coche en la A35. El pobre animal había conseguido tambalearse a través de hectáreas de matorrales antes de desplomarse. Cuando Barbara y Nkata encontraron a Hastings acababa de poner fin a la vida del animal con un piadoso disparo de una pistola calibre 32; luego había arrastrado el cuerpo hasta el borde de la carretera. Estaba hablando por el móvil y, sentado junto a él, había un weimaraner de aspecto majestuoso. Estaba bien entrenado…, para ignorar no sólo a los intrusos, sino también al poni muerto, cuyo cadáver estaba tendido a escasa distancia del Land Rover en el que Robbie Hastings había llegado a este paraje solitario.

Nkata se apartó de la carretera tanto como fue posible. Hastings asintió levemente cuando se acercaron. Le dijeron que querían hablar con él de inmediato, y su expresión se volvió seria. No se recibían muchas llamadas de Scotland Yard en esta parte del mundo.

– Quieto, Frank -le dijo al perro, y avanzó hacia ellos-. Será mejor que se mantengan alejados del poni. No es una imagen agradable. -Les informó de que estaba esperando al New Forest Hounds. Luego añadió-: Ah. Aquí está.

Una camioneta con la caja abierta llegó por la carretera. El vehículo llevaba un remolque con laterales poco profundos donde cargarían al animal muerto. Su carne sería utilizada para alimentar a los perros, les contó Robbie Hastings mientras la camioneta se colocaba en posición. Al menos algo bueno saldría de la estupidez temeraria de conductores que pensaban que el Perambulation era su circuito de carreras personal, añadió.

Barbara y Nkata ya habían decidido que de ningún modo pensaban informar a Robbie Hastings de la muerte de su hermana en el arcén de una carretera rural. Pero también suponían que su sola presencia le pondría nervioso, y así fue. Una vez cargaron el poni en el remolque y la camioneta de New Forest Hounds hubo negociado una curva difícil para regresar a la carretera principal, Hastings se volvió hacia ellos.

– ¿Qué ha pasado? Es algo malo. No estarían aquí si fuese de otra manera.

– ¿Hay algún lugar donde podamos hablar con usted, señor Hastings? -dijo Barbara.

Hastings acarició la suave cabeza de su perro.

– Podemos hablar aquí -dijo-. No hay ningún lugar cerca de aquí donde podamos mantener una conversación privada, a menos que quieran que vayamos a Burley, y les aseguro que no querrán hacerlo, no en esta época del año.

– ¿Vive usted cerca?

– Más allá de Burley.

Se quitó la gorra de béisbol que llevaba y reveló una cabeza con el pelo cortado a cepillo. El pelo se estaba agrisando.

Hastings usó el pañuelo que llevaba anudado al cuello para enjugarse la cara. Tenía un rostro especialmente poco atractivo, con dientes grandes y salientes, y carecía prácticamente de barbilla. Sus ojos, sin embargo, eran profundamente humanos y se llenaron de lágrimas al mirarlos.

– Está muerta, ¿verdad? -dijo.

Cuando la expresión de Barbara le confirmó que así era, él lanzó un grito desgarrador y se alejó.

Barbara y Nkata se miraron. Al principio, ninguno de los dos se movió. Luego fue Nkata quien apoyó una mano sobre el hombro de Hastings y le dijo:

– Lo sentimos mucho, amigo. Es triste cuando alguien se va de esta manera.

Él mismo estaba apenado. Barbara lo sabía por la forma en que se alteraba el acento de Nkata: se volvía menos sur de Londres, más caribeño, con las «t» convertidas en «d».

– Le llevaré a su casa. La sargento nos seguirá en mi coche. Usted me indica el camino y le llevamos hasta allí. No hay necesidad de que se quede aquí ahora. ¿Me dirá cómo podemos llegar a su casa?

– Puedo conducir -dijo Hastings.

– Eso ni pensarlo, amigo.

Nkata le hizo una seña a Barbara, y ella se apresuró a abrir la puerta del acompañante del Land Rover. En el asiento había una escopeta y la pistola que Hastings había empleado para dispararle al poni. Barbara guardó las armas debajo del asiento y, entre ella y Nkata, ayudaron a Hastings a subir al vehículo. El perro los siguió: un elegante salto y Frank se instaló junto a su amo, para confortarle, tranquila y silenciosamente, de la manera en que lo hacen los perros.

Abandonaron la zona en una pequeña y triste procesión; fueron no en la dirección en la que habían llegado, sino siguiendo por el camino a través de un bosque de robles y castaños. Las grandes y frondosas copas de los árboles se arqueaban sobre el camino formando un túnel de hojas. Cuando regresaron a Lyndhurst Road, sin embargo, a uno de los lados había un amplio prado que llevaba a un enmarañado brezal. Allí pastaban libremente manadas de ponis y si querían cruzar la carretera, simplemente lo hacían.

Una vez llegaron a Burley se hizo rápidamente evidente por qué Hastings había dicho que no querrían mantener una conversación privada en ese lugar. Había montones de turistas por todas partes, y parecían seguir el ejemplo de los ponis y las vacas que vagaban a voluntad por las calles del pueblo: caminaban donde su capricho los llevaba. El sol brillante caía sobre sus hombros.

Hastings vivía más allá del pueblo. Tenía una casa al cabo de un tramo de carretera llamada Honey Lane -señalada, de hecho, con un cartel, se percató Barbara-. Cuando finalmente llegaron a la propiedad, comprobó que era similar a una granja, con prados y varias construcciones anexas. En uno de los prados había dos caballos.

La puerta que utilizaron conducía directamente a la cocina de la casa, donde Barbara se dirigió a una tetera eléctrica que descansaba boca abajo en un escurreplatos. Llenó la tetera con agua, la enchufó y dispuso jarras y saquitos de té. A veces, un trago caliente de la bebida nacional era la única manera de expresar un sentimiento de solidaridad.

Nkata sentó a Hastings junto a una vieja mesa con tablero de formica, donde el hombre se quitó la gorra y se sonó la nariz con el pañuelo, que luego apelotonó y dejó a un lado.

– Lo siento -dijo con los ojos llenos de lágrimas-. Tendría que haberme dado cuenta cuando no contestó a mis llamadas el día de su cumpleaños. Y cuando no me devolvió las llamadas inmediatamente al día siguiente. Siempre me llamaba. Antes de que pasara una hora, generalmente. Cuando no lo hizo, lo más fácil fue pensar que estaba ocupada. Liada con algo. Ya saben.

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