El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Frank comprendió que eran preguntas dolorosas y empezó a sospechar que desconocía gran parte de la historia, de modo que decidió hablar con franqueza. No podía ser de otra forma y sentía que se lo debía a Gabriella. Era cuanto tenía para darle.
– Quizá no te guste lo que voy a decirte, Gabriella, pero es posible que te ayude. Mis nueve años de matrimonio con tu madre fueron los peores de mi vida. Habíamos hablado de divorciarnos poco antes de que enfermara, pero dadas las circunstancias tuve que seguir a su lado. Tu madre era una mujer fría, colérica, cruel y vengativa. Dudo que tuviera sangre en la venas. Ignoro qué clase de madre fue para ti, pero sospecho que no te trató mejor que a mí, y probablemente lo mejor que pudo hacer por ti fue dejarte en el convento. Era una mujer detestable. -hablaba desapasionadamente. Su esposa le dio unas palmaditas en la mano-. Lamento mucho que te abandonara, pero me temo que nunca hubieras sido feliz con ella, ni siquiera estando yo en la casa. Cuando empecé a salir con ella en Nueva York, me prohibió que hablara contigo. Yo no entendía por qué. Eras la criatura más encantadora que había visto en mi vida, y yo adoro a los niños. Tengo cinco hijos en Texas, y los cinco decidieron no volver a pisar esta casa cuando me casé con tu madre. Eloise los odiaba. Y ellos, por su padre, la odiaron hasta el día de su muerte, y no le culpo. Para entonces yo tampoco tenía a tu madre en gran estima. Apenas poseía cualidades. Su nota necrológica fue inusualmente breve, pues a nadie se le ocurrió nada bueno que decir sobre ella -de repente recordó algo-. Cuando estábamos en Nueva York me dijo que tú habías destrozado su matrimonio. Nunca llegué a entenderlo, pero presentía que tenía celos de ti y que por eso cedió tu custodia a tu padre. No te quería en su vida, cariño, pero jamás se me pasó por la cabeza que te hubiera abandonado. De haberlo sabido no me habría casado con ella. Una mujer capaz de hacer una cosa así no puede tener corazón. Pero ahora que la conozco bien, la creo muy capaz de ello. Resulta increíble que durante todos estos años yo no haya sabido nada de ti. Pensaba que a tu madre le resultaba demasiado doloroso el haber renunciado a ti, así que nunca te mencionábamos.
La historia era, ciertamente, increíble. Tanto su padre como su madre la habían olvidado, enterrado con el pasado.
Gabriella contó a los Waterford lo que su madre le había hecho. Habló de las palizas, los hospitales, las heridas, el odio, las acusaciones, la indiferencia de su padre. La historia era larga y cuando hubo terminado los tres estaban llorando. Frnak Waterford le acariciaba una mano y Jane, su mujer, le había rodeado los hombros. Eran personas realmente amables y Gabriella sabía que su madre no había sido digna de Frank. Había tenido suerte y él había pagado un alto precio por el placer de su compañía.
– Quería preguntarle -prosiguió Gabriella entre lágrimas- por qué nunca me quiso.
Era la clave, la respuesta última. Pero ya nunca la sabría. ¿Por qué sus padres nunca la quisieron? ¿Era culpa de ella o de ellos? Gabriella había esperado queso madre se disculpar, que le suplicara perdón, que le dijera que siempre la había querido pero no sabía cómo demostrárselo. Cualquier cosa habría sido preferible al crudo odio que había sentido en sus manos y visto en sus ojos durante los primeros diez años de su vida. Pero ahora ya no podía preguntárselo.
– La respuesta es muy sencilla, Gabbie -dijo Frank enjugándose los ojos-. Eloise era incapaz de amar. No tenía nada que dar. No me gusta hablar mal de los muertos, pero tu madre era peor que una serpiente. Estaba enferma. Nunca he conocido a un ser humano tan detestable. Durante los primeros cinco años de matrimonio pensé que era culpa mía, que la había decepcionado o no era lo bastante bueno para ella. Pero luego me di cuenta de que no tenía nada que ver conmigo, y a partir de ahí me sentí mejor. Empezó a darme pena, pero seguía siendo muy difícil vivir con ella.
“Lo que te hizo es imperdonable y tendrás que vivir con las cicatrices el resto de tu vida. Tendrás que decidir si quieres perdonarla u olvidarla como ella hizo contigo. Pero hagas lo que hagas, debes saber que no fue culpa tuya. Cualquier ser humano, salvo los dos con quienes te tocó vivir, te habría querido. Tuviste mala suerte, eso es todo. Fuiste a parar a unos padres malvados. Quizá te parezca una respuesta fácil, pero creo que eso fue lo que pasó. Tu madre era una persona horrible. De haber estado viva, habría sido incapaz de darte una respuesta. Su corazón estuvo vacío de amor desde el día que la conocí. Era muy hermosa y divertida, pero esto último duró poco. Su maldad salió a la superficie en cuanto nos casamos. Y así fue hasta el día de su muerte. No tenía nada que ver contigo, Gabbie. Tú simplemente estabas en la cola equivocada en el cielo, en el momento equivocado, cuando se hizo el reparto de padres.
¿Era eso entonces?, se preguntó Gabriella, ¿así de sencillo? En el fondo sabía que era cierto. El hecho de que sus padres no la hubieran querido no tenía nada que ver con ella. Por fin tenía la respuesta. Todo había sido un error del destino, un capricho de la naturaleza, la colisión de dos planetas que hubieran debido coexistir, y cuya explosión la había alcanzado de lleno. Eloise Harrison Waterford nunca había querido a nadie. No tenía amor para dar, ni siquiera a su hija. Gabbie sintió de repente una gran paz. Había llegado al final del camino y ya podía irse a casa. La odisea había durado veintitrés años. O tras personas tardaban más, pero Gabriella había reunido el valor suficiente para enfrentarse a la suya. Quería respuestas y había tenido e coraje de llegar hasta el final. Todos tuvieron razón desde el principio. Era una persona muy fuerte y ahora lo sabía. Ya no podían hacerle más daño. Había sobrevivido.
Los Waterford le pidieron que se quedara a cenar y Gabriella aceptó encantada. Le conmovía la idea de que Frank hubiera sido su padrastro durante trece años y apenas supiera nada de él. Jane, por su parte, era una mujer encantadora. También viuda, llevaban tres años casados y era evidente que se adoraban. Jane le contó que Frank estaba muy mal cuando lo conoció y que, gracias a Eloise, había empezado a odiar a las mujeres, pero ella había arreglado eso.
– No creas una palabra, Gabbie -rió Frank-. Jane era una viuda indefensa y yo la rescaté de las garras de un viejo ricachón de Palm Beach. Me casé con ella antes de que el tipo se diera cuenta.
La invitaron a pasar la noche, pero Gabriella no quería molestar y dijo que dormiría en un hotel próximo al aeropuerto. Frank, no obstante, insistió. Dijo que se lo debía después de una ausencia tan larga. Gabriella pensó en lo diferente que hubiera sido su vida con él. Pero seguro que su madre lo habría estropeado todo y al final decidió que Frank probblemente tenía razón. Lo mejor que había hecho su madre por ella había sido abandonarla. De lo contrario, arde o temprano habría sucumbido a su crueldad.
Le dieron una habitación muy bonita con vistas a la bahía y el Goleen Gate, y por la mañana la criada le sirvió el desayuno en la cama. S e sentía como una princesa, y decidió telefonear a Peter antes de salir para el aeropuerto. Estaba fuera de servicio y se alegró muchísimo de oírla.
Gabriella le habló de los Waterford y Peter se alegró de que todo hubiera ido bien y no hubiese visto a su madre. Al igual que Frank Waterford, estaba seguro de que ésta habría encontrado alguna forma de herir a Gabbie, no se sorprendía de lo que Frnak había dicho y estaba encantado de que la búsqueda hubiese terminado. Gabriella hablaba con una serenidad desconocida. Dijo que tenía previsto regresar a Nueva York esa misma noche, pero él tenía una idea mejor. Disponía de cuatro días libres y comentó que le encantaba San Francisco.
– ¿Por qué note quedas y me reúno contigo? -le sugirió.
Gabriella no sabía qué decir. Todo era demasiado reciente, pero por lo menos había dejado atrás sus fantasmas. Había hecho las paces con ellos. Con Joe, con Steve e incluso con sus padres. Ahora comprendía lo que le había sucedido. En cierto modo, Frank estaba en lo cierto: no había tenido suerte a la hora del reparto de padres. Era como si un rayo la hubiese alcanzado. Y durante todos estos años había creído que era culpa suya. Las palizas, la crueldad, el abandono, incluso el hecho de que no la hubiesen querido. Había aceptado la culpa de todo. Y ahora se daba cuenta de que ni siquiera la muerte de Joe era enteramente culpa suya. Él había tomado la decisión de quitarse la vida.