El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– ¿Crees que es buena idea que vayas sola?
– Sí, lo creo.
Todavía le asustaba la idea de ver a su madre, pero tenía que hacerlo. Ella poseía las verdaderas respuestas. Sobre todo la que más le i mportaba: por qué nunca la quiso. Se sentía como una niña buscando respuestas debajo de las setas, como Alicia en el país de las maravillas o Dorothy en El mago de Oz, y así se lo dijo a Peter.
– Si esperas unos días, podría acompañarte.
– Tengo que hacerlo sola -explicó ella y prometió que le llamaría desde San Francisco.
– Cuídate, Gabbie. Te echo mucho de menos.
– Y yo a ti.
Era el preludio de una próspera relación, pero para ello Gabriella tenía que resolver por completo su pasado. Ahora comprendía que sin las respuestas que necesitaba no tendría nada que ofrecer a Peter y él nunca podría llegar hasta lo más hondo de ella. El dolor de la infancia y de saber que sus padres nunca la habían querido se interpondría siempre entre ellos. Gabriella no confiaría en Peter y viviría con el temor de que la abandonar como los demás. Y dicho temor acabaría destrozándoles.
– Llámame cuando llegues -dijo él antes de colgar.
Gabriella estaba muy pensativa cuando subió a hacer la maleta, y al ver el curto volvió a deprimirse. Estaba lleno de recuerdos y terribles pesadillas relacionadas con Steve. Pasó la noche en vela pensando en el viaje a San Francisco. Quería llamar a Peter, pero el teléfono estaba cuatro plantas más abajo y al final se quedó en la cama, esperando a que llegara la mañana.
Todos en la casa dormían aún cuando Gabriella se marchó después de dejar una nota a la señora Boslicki que decía: “He ido a San Francisco a ver a mi madre”. Qué bien sonaba, pensó, si hubiese sido una madre diferente.
El vuelo a San Francisco transcurrió con normalidad y cargada con su maleta, Gabriella cogió el autobús que iba a la ciudad. Hacía mucho frío para ser agosto. Había niebla y soplaba viento y todo el mundo decía que era típico de los veranos de San Francisco.
Se detuvo en una cafetería a comer algo y luego marcó el número que le había dado la madre Gregoria. En ese momento comprendió que hubiera debido llamar desde Nueva York. ¿Y si se encontraban fuera de la ciudad? Entonces salió una voz diciendo que dicho número estaba fuera de servicio. Gabriella decidió coger un taxi y presentarse en la dirección, pero la persona que le abrió la puerta dijo que ahí no vivía nadie con ese nombre. Estaba al borde de las lágrimas cuando el taxista le sugirió que llamar a información. Gabriella sólo sabía que el hombre con quien su madre se había casado años atrás se llamaba Frank Waterford. Lo recordaba como un hombre bien parecido que nunca le dirigía la palabra. Pero seguro que ahora sí le hablaría y siguió el consejo del taxista. El nombre de Frank Waterford aparecía en la avenida Veintiocho, en el barrio de Seacliff.
Gabriella marcó el número que le habían dado en información y contestó una voz de mujer que no sonaba como la de su madre. Preguntó por la señora Waterford y la mujer le dijo que el matrimonio había salido y estaría de vuelta a las cuatro y media. Sólo faltaba una hora y Gabriella decidió presentarse por sorpresa. Llegó a la casa a las cuatro y media en punto. Frente al garaje había un Bentley plateado.
Llamó al timbre con una mano mientras con la otra sostenía la vieja maleta que le habían dado al marcharse del convento. Aunque su vestuario había mejorado durante el último año, su maleta no. Era la primera vez que viajaba en su vida.
Abrió la puerta una mujer que vestía un jersey de cachemir amarillo y un collar de perlas. Aparentaba unos cincuenta y cinco años, y el color de su pelo, reforzado en la peluquería era rubio.
– ¿Sí? -preguntó mirando a Gabriella con expresión amable-. ¿En qué puedo ayudarla?
Con el pelo desmelenado por el viento y la vieja maleta, Gabriella parecía una fugitiva y aparentaba menos de veintitrés años. La mujer no tenía ni idea de quién era. Gabriella preguntó por la señora Waterford y se quedó de pierda cuando la mujer dijo que era ella. Había vuelto a equivocarse de casa. Se trataba de otro matrimonio Waterford.
– Lo siento -repuso la mujer después de que Gabriella le explicara que estaba buscando a su madre.
En ese momento un hombre alto y corpulento, de pelo canoso, se asomó por detrás de ella. Era el Frank Waterford que Gabriella recordaba, sólo que trece años mayor.
– ¿Ocurre algo? -preguntó. Entonces vio a la muchacha con la maleta. Parecía perdida pero inofensiva.
– Esta joven está buscando a su madre -explicó su mujer- y se ha equivocado de dirección.
– ¿Gabriella? -preguntó Frank, arrugando la frente.
Todavía recordaba su nombre, pero tenía un aspecto muy diferente. Ahora era una mujer.
– La misma -asintió ella-. ¿Señor Waterford?
El hombre sonrió, sor prendido.
– Estoy buscando a mi madre. Supongo que ya no vive aquí.
El matrimonio se miró.
– No -respondió Frank-. ¿Por qué no entras?
Frank parecía más amable y contento de verla que su padre. Entraron en la sala y le ofrecieron un refresco. Gabriella pidió un vaso de agua y la mujer fue a buscárselo.
– ¿Os habéis divorciado mi madre y tú? -preguntó con nerviosismo
Frank vaciló, pero al final decidió que no había razón para ocultar la verdad.
– No, Gabriella, no nos hemos divorciado. Tu madre murió hace cuatro años. Lo siento mucho.
La joven se quedó atónita. Su madre se había ido llevándose todos sus secretos. Gabriella nunca sería libre.
– Creí que tu padre te lo habría dicho -Frank tenía un suave acento sureño que Gabriella recordaba ahora, como también recordaba haber oído a su madre decir que era de Texas-. Le envié una copia de la esquela para que lo supiera, y pensé que te lo diría.
– Vi a mi padre ayer por primera vez después de catorce años y no me lo dijo. Pero tampoco le conté que pensaba venir aquí.
– Pero ¿no vivías con él? -preguntó perplejo FrankWaterford-. Tu madre me dijo que le había cedido tu custodia para casarse conmigo y que tu padre nunca la dejaba verte. Ni siquiera puso fotos tuyas por la casa porque decía que le resultaba demasiado doloroso.
Menuda gente, sus padres. Lo que le habían hecho no había sido un accidente, sino algo intencionado. Gabriella estaba trastornada por las mentiras que sus padres habían dicho a sus respectivos cónyuges para poder abandonarla.
– No puso fotos mías por la casa porque nunca me hicieron ninguna. Mi madre me dejó en el convento de San Mateo de Nueva York antes de irse a Reno y no volví a saber de ella. Sólo sé que cada mes enviaba un talón para pagar mi manutención, hasta que cumplí dieciocho años.
– Murió un año después -explicó Frank encajando finalmente las piezas del rompecabezas-. Tu madre me decía que los talones eran una donación para el convento porque las monjas se habían portado muy bien con ella en cierta ocasión. No tenía ni idea de que vivías allí.
Frank sintió de repente que le debía una disculpa, como si él hubiese participado en la perfidia, pero Gabriella sabía que no. Todo había sido obra de su madre.
– ¿Cómo murió?
– Cáncer de mama -respondió Frank mirándola. Era tanta la tristeza que halló en sus ojos que sintió deseos de abrazarla-. Tu madre no era una mujer demasiado feliz -dijo diplomáticamente-. Estoy seguro de que te echaba de menos.
– Por eso estoy aquí -explicó Gabriella, dejando el vaso sobre la mesa-. Quería hacerle algunas preguntas.
– Quizá yo pueda ayudarte -se ofreció Frank mientras su esposa escuchaba con interés y compasión.
– No lo creo. Quería preguntarle por qué me dejó y por qué… -intentó contener las lágrimas. No quería llorar delante de esa gente que no conocía, pero estaban siendo muy amables con ella y se hallaba en un momento difícil-. Por qué hizo las cosas que hizo antes de abandonarme.