El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Gabriella asintió. Estaba, de hecho, meditando sobre todo lo ocurrido. Steve había desaparecido de su vida como un sueño, como si en realidad nunca hubiera existido. Toda la gente que le importaba acababa desapareciendo de una forma u otra, pero últimamente ya no le creaba tanta angustia.
– Estaba pensando en mis padres -confesó.
Su hoja clínica decía que no tenía familia y Peter, dando por sentado que sus padres habían muerto, le preguntó cuándo.
– Están vivos. Creo que mi padre vive en Boston y mi madre en California. Hace trece años que no veo a mi madre y catorce que no veo a mi padre.
– ¿Tan mala eras? ¿Te escapaste con el circo?
Gabriella rió.
– No; me escapé con el convento. Es una larga historia. Mi padre me abandonó cundo yo era niña. Luego mi madre me dejó en el convento y nunca volvió.
– Qué extraño. ¿Por qué no podían tenerte con ellos? ¿Hiciste algo grave para enfadarles?
– Eso pensaban ellos. No les gustaban los niños.
– Qué encantadores.
Peter la miró y deseó poderse acercar más a ella, pero estaba de servicio y era su paciente. Ya pasaba más tiempo de la cuenta con ella y no quería provocar comentarios.
– No lo eran -dijo ella con voz suave y luego decidió que no tenía nada que ocultarle. Se sentía segura hablando con Peter. Siempre le había avergonzado su secreto, pero ahora ya no-. Ellos fueron el accidente de coche del que hablamos. Bueno, en realidad fue ella. Él sólo miraba.
– Creo que no te entiendo.
– Las costillas rotas. El regalo de Navidad de mi madre durante varios años -explicó Gabriella, tratando de darle un toque de humor-. Era su obsequio favorito.
– ¿Te pegaba? -preguntó estupefacto Peter-. ¿Fue eso lo que vi en las radiografías?
– Probablemente. Nunca me rompió nada de otro modo. Mi madre se pasó diez años pegándome constantemente antes de abandonarme.
Gabriella le miró con tristeza y Peter alargó un brazo para acariciarla. Luego le cogió la mano y le abrió su corazón, incapaz de imaginar lo mucho que había sufrido.
– Qué horror ¿No te ayudó nadie? ¿Nadie la detuvo? -la idea de que hubiese sido una niña sin aliados le parecía inconcebible.
– Mi padre solía mirar, pero nunca dijo nada. Creo que temía a mi madre, y al final ya no pudo soportarlo más y la dejó.
– ¿Por qué no te llevó con él?
Gabriella nunca se había atrevido a hacerse esa pregunta y se encogió de hombros.
– Lo ignoro. Hay muchas respuestas que aún no tengo. Últimamente he estado pensando en ello. Sé por qué Steve hizo lo que hizo: le hice enfadar, quería dinero y yo me negué a hacerlo. Sin embargo, nunca supe por qué mis padres me odiaban. Decían que yo era una niña terrible, que si no fuera tan mala no tendrían que pegarme. ¿Pero hasta qué punto puede ser malo un niño?
Era una pregunta que había empezado a rondarle por la cabeza.
– Nunca lo bastante para romperle los huesos. Yo tampoco lo entiendo. ¿Se lo preguntaste alguna vez?
– No he vuelto a verlos desde que me abandonaron. Hace un año intenté llamar a mi padre, pero no encontré su nombre en la guía telefónica.
– ¿Y tu madre? Parece una persona de la que más vale mantenerse alejado.
– Así era entonces -dijo Gabbie mientras las cuerdas del recuerdo vibraban en su interior. La paliza de Steve había despertado viejos sentimientos que ahora le costaba aplacar-. No dejo de preguntarme qué ha sido de ella, si ha cambiado, si ahora sería capaz de explicármelo, si lamenta lo ocurrido después de tantos años. Casi me destrozó la vida, y supongo que también la suya propia. -la mirada de Gabriella se tornó tan abierta, valiente y honesta que Peter se quedó mudo-. Todavía quiero saber por qué me odiaba tanto.
– Supongo que estaba enferma del alma -dijo Peter pensativamente-. La culpa no podía ser tuya, Gabbie.
Había visto a niños maltratados en la unidad de traumatología con anterioridad. Y siempre se le rompía el corazón cuando, con la mirada aterrorizada y el cuerpo dañado, le decían que nadie tenía la culpa a fin de proteger a sus padres. Estaban indefensos, a merced de gente cruel y depravada. Dos meses antes había pedido a un niño que su madre había apalizado hasta dejarlo clínicamente muerto. A Peter le era imposible aceptar una cosa así, y lo único que quería hacer cuando el niño murió era matar a la madre. Actualmente se hallaba en prisión, esperando juicio, y sus abogados pedían libertad condicional.
– No entiendo cómo pudiste soportarlo. ¿Nunca te ayudó nadie?
– No. Hasta que llegué al convento.
– ¿Se portaron bien contigo? -preguntó él, esperando que así fuera. Aunque apenas conocía a Gabriella, sentía un profundo deseo de protegerla, pero todo lo que podía hacer era escuchar.
– Muy bien. Era muy feliz allí.
– Entonces ¿por qué te fuiste?
Había mucho que averiguar sobre ella, y Peter quería saberlo todo.
– Tuve que irme. Hice algo horrible y tuvieron que expulsarme. -había acabado aceptándolo, aunque sabía que nunca podría perdonárselo del todo.
– ¿Qué hiciste? ¿Robar el hábito de otra monja? -repuso Peter con una sonrisa.
– Un hombre murió por mi causa. Es un peso con el que tendré que vivir siempre.
– ¿Fue un accidente?
Tenía que serlo. Aunque l conocía poco, Peter sabía que Gabriella era incapaz de matar a nadie. Ella lo miró intensamente y se preguntó hasta qué punto podía confiar en él. y por alguna extraña razón, comprendió que podía hacerlo plenamente. Lo notaba en sus ojos.
– Se suicidó. Era cura y estábamos enamorados. Íbamos a tener un hijo.
Peter la miró atónito y comprendió que Gabriella había visitado el infierno en muchas ocasiones.
– ¿Cuándo ocurrió? -preguntó, aunque no estaba seguro de que eso importara.
– Hace un año. Once meses exactamente. No sé cómo ocurrió. Nunca había mirado antes a un hombre. Creo que ninguno de los dos entendíamos lo que estábamos haciendo hasta que fue demasiado tarde. Duró tres meses. Queríamos abandonar la Iglesia juntos, pero él no tuvo fuerzas. Er ala única vida que conocía y tenía sus propios demonios con los que vivir. No se vio capaz de dejar la Iglesia ni de dejarme a mí, así que se quitó la vid y me dejó una carta donde me explicaba los motivos.
– ¿Y el bebé? -preguntó Peter mientras le estrechaba la mano y deseaba abrazarla.
– Lo perdí. Ocurrió en septiembre pasado.
– Y ahora esto. No ha sido un año muy bueno que digamos ¿verdad?
Tampoco había sido una buena vida, apalizada y abandonada en un convento por sus padres, enamorada de un hombre que prefirió quitarse la vida a permanecer junto a ella y su hijo. Peter no entendía cómo había sobrevivido.
– Lo de Steve es diferente -repuso Gabbie-. En cierto sentido fue más claro. Me sentí utilizada, traicionada y terriblemente herida cuando lo averigüé todo, pero creo que nunca le quise de verdad. Me hallaba en una situación muy delicada. Ahora, cuando miro atrás, me doy cuenta de que me caló desde el principio.
– Eras una presa fácil para él. Espero que le caigan un montón de años. ¿Qué piensas hacer ahora?
– No lo sé. Escribir, trabajar, empezar de nuevo, ser más inteligente… Tenía mucho que aprender cuando salí del convento. La vida allí es irreal, tan protegida. Creo que eso fue lo que asustó a Joe. No sabía cómo vivir sin eso.
Pero en opinión de Peter, el suicidio no era una opción. Joe la había dejado sola con las consecuencias. Era la solución de un hombre débil y egoísta y Peter no le admiraba, aunque no lo mencionó.
– Necesitas tiempo para curar las heridas, no sólo de esto sino de todo lo demás.
– La escritura me ayuda a cicatrizar. El profesor del que te hablé me abrió puertas desconocidas, en mi corazón y en mi mente, en los lugares desde donde necesito hablar.
– Dudo que alguien pueda hacer eso por ti. Creo que está dentro de ti, Gabbie, y probablemente siempre estuvo. Quizá lo que él hizo fue enseñarte dónde estaba la llave.