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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Quizás.

Minutos más tarde entró una enfermera. Un niño de cuatro años había sufrido un accidente de coche sin llevar el cinturón de seguridad.

Peter miró a Gabriella y le dijo que la vería por la mañana. Le hubiera gustado hablar con ella el resto de su vida.

Gabriella se quedó pensando en él, sorprendida por las cosas que le había contado y lo fácil que había sido. Ahora él lo sabía todo.

Esa noche Peter se detuvo en su cuarto y la encontró profundamente dormida. Se quedó contemplándola y luego regresó al almacén para echar una cabezada. Pero las cosas que le había contado le impedían dormir. Se preguntó cómo era posible que una persona pudiera sobrevivir a tanto dolor y desengaño, y por qué había de ser así. Era una pregunta que Gabriella se había hecho a menudo y cuya respuesta ni ella ni él poseían.

24.-

Las semanas de recuperación transcurrían lentamente, pero tanto Gabbie como Peter disfrutaban del tiempo que pasaban charlando. Gabriella necesitaba terapia en el brazo y las costillas, y las heridas de la cabeza tardaron mucho en cicatrizar, pero transcurridas cuatro semanas a Peter se le agotaron las excusas para retenerla. Gabriella estaba prácticamente recuperada. Y el día de su partida, Peter entró en su habitación con un ramo de flores y le dijo lo mucho que iba a echarla de menos. Deseaba preguntarle algo, pero había tardado mucho tiempo en reunir el coraje. Nunca había hecho nada parecido, y le había resultado un poco violento mientras Gabriella estaba en el hospital porque era su paciente. Mas una vez fuera, ya no tendría prohibido verla.

– Me estaba preguntando -dijo tímidamente, sintiéndose como un adolescente- si te apetecería salir un día a cenar conmigo… o a tomar un café.

Su apartamento no quedaba lejos de la casa de huéspedes.

– Me encantaría -dijo ella con cautela, pero había estado meditando y sabía que había algo que debía hacer primero, por su propio bien-. Pero quiero buscar a mis padres.

– ¿De veras? -después de conocer su historia, Peter sentía un intenso deseo de protegerla. Gabriella era mucho más hermosa de lo que había imaginado al principio, pero también más delicada y en cierta manera, frágil. Poseía una fortaleza que la empujaba a seguir viviendo, pero también una vulnerabilidad que hacía que Peter temiera por ella-. ¿Está segura de que es una buena idea?

– No.

Gabriella sonrió valientemente y Peter la admiró por ello. Estaba dispuesta a luchar, a no desanimarse. No obstante, hasta la fecha ese coraje le había valido muchos golpes, golpes que habían estado a punto de matarla. Peter sabía mejor que nadie que Gabriella necesitaba protección. Era doce años mayor que ella y conocía mejor el mundo. Ahora comprendía lo que Gabriella necesitaba, y quería dárselo. Peter había cometido errores a lo largo de su vida, y había fracasado en su matrimonio, pero también había aprendido mucho de él y quería ser para Gabbie alguien mejor de lo que había sido.

– Sólo sé que tengo que hacerlo, Peter -explicó ella-. Si mis padres no me dan las respuestas que necesito, siempre me faltará algo.

– Puede que las respuestas estén dentro de ti, Gabbie, no en ellos.

No estaba seguro, pero no quería que volvieran a herirla. El pasado era el pasado y Gabriella tenía toda una vida por delante. Y ella lo sabía. Peter significaba ahora mucho para ella. Y Gabbie quería ser una persona completa para él, no una persona que vivía en el pasado y se preguntaba constantemente por qué sus padres no la habían querido.

– Tengo que hacerlo.

Había decidido llamar a la madre Gregoria para pedirle información sobre sus padres, pero sabía que hasta eso sería doloroso. Si la monja se negaba a hablar con ella, le traería a la memoria lo mucho que había perdido al dejar el convento. No había hablado con la madre Gregoria desde el día que la expulsaron. Gabriella sabía que no tenía permitido llamarla, pero pensó que la madre superiora lo entendería.

Peter tenía que trabajar los dos días siguientes y estaba preocupado por ella. Por la noche la llamó a la pensión y Gabbie se alegró de oír su voz. Reconoció que todavía estaba débil y que le había costado mucho subir las escaleras. Y nada más ver la habitación, se había dado cuenta de que estaba llena de recuerdos de Steve y que no quería estar allí. Durante ese mes se habían producido algunos cambios en la casa. El cuarto del profesor lo ocupaba ahora un inquilino nuevo y los libros estaban en el sótano guardados en cajas. La habitación de Steve también había sido alquilada.

Gabbie le contó que la señora Boslicki se estaba portando muy bien con ella y que le había subido la cena. Peter odiaba imaginársela allí. No deseaba otra cosa que estar con ella. Después de haberla visto cada día en el hospital, la separación se le hacía dolorosa. Pero Gabriella seguía manteniendo cierta distancia entre ellos. Quería seguir el rastro de su pasado y todavía no estaba preparada para el futuro.

Pasó la noche inquieta, preocupada por las llamadas que tenía que hacer. Al día siguiente, nada más levantarse, telefoneó al convento preguntando por la madre Gregoria. Al dar su nombre temió que le dijeran que no podía hablar con ella. Hubo una larga espera. Finalmente la monja recepcionista, cuya voz Gabriella no reconocía, pasó la llamada. Sonó un timbre y los ojos de Gabriella se llenaron de lágrimas al oír la voz que tanto había añorado durante los últimos meses.

– ¿Estás bien, Gabbie?

La madre Gregoria había leído el artículo en el periódico y necesitado de toda su fuerza de voluntad para no llamarla. Con todo, estuvo telefoneando al hospital hasta que Gabbie salió del coma.

– Sí, madre. Un poco magullada, pero no más de lo habitual -dijo con voz suave, pero ambas sabían que había sido mucho peor que eso.

Gabriella le explicó entonces el motivo de su llamada. Quería conocer las últimas direcciones que la madre Gregoria tenía de sus padres. La monja dudó. Sabía que no debía revelarlas, siguiendo los deseos de la señora Harrison, pero hacía cinco años que no sabía nada de ella y no vio mal alguno en ello. Además, comprendía perfectamente los motivos de Gabbie. Le dio la última dirección de la madre en San Francisco y la dirección del padre en la calle Setenta.

– ¿Mi padre está en Nueva York? -preguntó Gabbie con asombro-. No lo sabía.

– Sólo pasó en Boston unos meses. Después de eso, siempre estuvo aquí.

– ¿Y por qué no vino a verme?

– Lo ignoro, Gabbie -respondió la monja con dulzura, aunque tenía sus sospechas.

– ¿La llamó a usted alguna vez?

– No. Tu madre me dio la dirección de tu padre por si algún día te pasaba algo, pero nunca tuvimos que llamarle.

– Probablemente desconocía mi paradero.

La idea le parecía horrible. Su padre había estado a escasas manzanas del convento mientras ella pensaba que vivía en Boston.

– Ahora tendrás la oportunidad de contárselo.

La madre Gregoria le dio las direcciones de una oficina y una casa y los números de teléfono correspondientes. Tenían doce años de antigüedad, pero era mejor que nada.

– Gracias, madre -dijo Gabriella, y luego, con cautela, añadió-: la he echado mucho de menos.

– hemos rezado mucho por ti -la monja sonrió con orgullo-. Leí tu relato en el New Yorker. Era estupendo.

Gabbie le habló entonces del profesor, de lo bueno que había sido con ella y del dinero que le había dejado. La madre Gregoria escuchaba con los ojos cerrados, deleitándose en la voz de la niña que tanto quería, agradecida de que al menos una persona hubiese sido buena con ella desde que dejó el convento. Todavía tenían prohibido pronunciar su nombre.

– ¿Puedo escribirle para contarle cómo me fue con mis padres? -preguntó Gabbie.

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