El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– No, hija mía, no es posible. Que Dios te bendiga.
– La quiero, madre… siempre la querré -dijo Gabbie con un sollozo.
– Cuídate mucho -susurró la religiosa con las mejillas cubiertas de lágrimas, incapaz de seguir hablando. La pérdida de Gabriella la había envejecido durante el último año.
Gabbie quería hablarle de Peter, pero no se atrevió. Todavía había muy poco que decir. Y ahora que había dejado el hospital, puede que él la olvidara o se lo pensara mejor. O quizá sólo le había dado conversación porque estaba allí. Gabriella había aprendido a no confiar en que los hombres no le hicieran daño o la dejaran.
– Que Dios te bendiga, hija mía -dijo de nuevo la monja y las dos estaban llorando cuando colgaron.
Gabbie ignoraba si algún día volvería a oír su voz. La idea la aterraba, pero sabía que probablemente sería así.
Trató de tranquilizarse y luego marcó el número de la oficina que le había dado Gregoria. No quería esperar a que su padre llegara a casa por la noche para hablar con él. Después de trece años, era posible que ya no trabajara allí, pero cuando preguntó por John Harrison enseguida le pasaron la llamada.
– ¿Gabriella?
Su voz sonaba sorprendida, pero era la misma que ella recordaba, y enseguida le asaltó la imagen que tenía de su padre en la infancia, cuando, para ella, se parecía al Príncipe Azul.
– ¿Papá? -Gabriella se sintió de nuevo como una niña.
– ¿Dónde estás? -preguntó él con tono de preocupación.
– En Nueva York. Acabo de conseguir tu número después de todos estos años. Pensaba que vivías en Boston.
– Regresé hace trece años.
a Gabriella le era imposible imaginar lo que su padre estaba sintiendo. Probablemente lo mismo que ella. No podía ser de otro modo.
– Mamá me dejó en un convento -dijo impulsivamente, deseosa de explicarle dónde había estado todos estos años.
– Lo sé -respondió él-. Me lo explicó en una carta que me envió desde San Francisco.
– ¿Cuándo? -Gabriella no entendía nada. Si lo sabía ¿por qué no la había llamado? ¿Qué se lo había impedido?
– Me escribió en cuanto llegó a California. Nunca volví a saber nada de ella, pero quería que supiera dónde te había dejado. Creo que volvió a casarse.
– ¿Lo has sabido todos estos años? -Gabriella atónita, no estaba obteniendo de su padre la respuesta que quería.
– La vida sigue, Gabriella. Las cosas cambian. La gente cambia. Para mí fue una época muy dura -dijo, como si esperara que ella lo entendiera.
Para su hija, no obstante, había sido más duro aún. Más duro de lo que él estaba dispuesto a reconocer.
– ¿Cuándo podemos vernos? -preguntó Gabriella de repente.
– Pues… -John no había esperado que su hija le pidiera tal cosa y se preguntó si quería dinero de él. Su carrera como inversor había tenido un éxito moderado-. ¿Estás segura de que sería una buena idea?
– Me gustaría mucho verte -insistió con nerviosismo. Su padre no estaba mostrando la ilusión que ella había esperado. Pero catorce años era mucho tiempo y le había llamado sin avisar. Se dijo que quizá hubiera debido presentarse en su despacho por sorpresa-. ¿Podría ser hoy? -todavía le quedaba algo de la euforia de la infancia, y la voz de su padre le hacía entirse como la niña que había sido cuando le vio por última vez.
John volvió a titubear. No sabía qué decir, pero al final cedió.
– ¿Por qué no vienes a mi despacho esta tarde a las tres? -quería acabar de una vez con el asunto. Iba a ser doloroso para ambos, pero no tenía sentido aplazarlo.
– Allí estaré.
Gabriella estaba radiante cuando colgó el auricular, y se pasó la mañana hecha un manojo de nervios pensando en su padre, en el aspecto que tendría, en lo que le diría, en cómo le explicaría lo ocurrido. Necesitaba preguntárselo. Sabía que la culpa era de su madre, pero quería oír por boca de su padre por qué había ocurrido y por qué lo había permitido.
Se puso su traje de lino azul y se ido el gusto de ir en taxi hasta el despacho, situado en la esquina de Park Avenue y la Cincuenta y tres. Su padre trabajaba en un elegante edificio de oficinas para una pequeña firma que gozaba de una excelente reputación.
Con una amplia sonrisa, la secretoria la condujo a las tres en punto por un largo pasillo hasta un despacho esquinado. Gabriella estaba impaciente por ver a su padre y sabía que en cuanto lo tuviera delante sus miedos se esfumarían.
La secretaria abrió lentamente la puerta y se hizo a untado para dejarla pasar. La estancia gozaba de una vista excelente y allí, detrás del escritorio, estaba su padre. Al principio tuvo la sensación de que apenas había cambiado, que seguía tan guapo como siempre, pero cuando lo tuvo cerca advirtió algunas arrugas en la cara y canas en el pecho. Acababa de cumplir cincuenta años.
– Hola, Gabriella -dijo John mirándola fijamente, sorprendido de su hermosura y su elegancia. Con todo, se parecía a él, no a su madre. Tenía su pelo rubio y sus ojos azules-. Siéntate -dijo señalando una silla situada delante del escritorio.
Gabriella ardía en deseos de abrazarle, besarle y tocarle, pero de repente se sintió intimidada. Tomó aliento y supuso que su padre se acercaría para besarla más tarde, después de charlar un rato. Sobre la mesa había cuatro fotografías enmarcadas en plata de dos muchachas de su edad y dos niños pequeños. Los retratos parecían recientes. También había una fotografía grande de una mujer con un vestido rojo, de aspecto severo y no muy feliz. Gabriella advirtió que no había ninguna fotografía suya de la infancia, pero dedujo que era porque, de h echo, no tenía.
– ¿Cómo estás? -preguntó él, ligeramente acongojado.
Ella supuso que se sentía culpable. Después de todo, él las había abandonado. Debió de resultarle duro, o por lo menos eso pensaba.
– ¿Son hijos tuyos, papá?
John asintió con la cabeza.
– La dos chicas son de Bárbara y los dos muchachos son de los dos. Jeffrey y Winston. Tienen doce y nueve años respectivamente. -miró inquieto a Gabriella, deseoso de llegar al grano cuanto antes-. ¿Por qué has venido?
– Quería verte. No sabía que vivías en Nueva York.
Había estado tan cerca, llevando una vida de familia sin contar en absoluto con ella.
– A Bárbara no le gustaba Boston -dijo John, como si eso lo explicara todo, pero para Gabbie no explicaba nada.
– Si sabías que estaba en el convento ¿por qué no fuiste a verme?
Gabriella vio en su padre una mirada que recordaba de la infancia, una mirada débil, acorralada, la mirada de alguien que no estaba a la altura de las circunstancias. La misma mirada que tenía cuando, desde la puerta, veía cómo su madre la apalizaba.
– ¿Qué sentido hubiera tenido? -repuso él, angustiado-. De mi matrimonio con tu madre gurdo un recuerdo horrible, y seguro que tú también. Pensé que lo mejor era cerrar esa puerta e intentar olvidar. -pero ¿cómo podía olvidar a su hija?-. Tu madre estaba muy enferma -luego, con voz ahogada, añadió algo que dejó perpleja a Gabriella-. Siempre pensé que acabaría matándote.
Impulsivamente Gabbie le formuló una pregunta que llevaba haciéndose toda la vida. Para ella era muy importante.
– ¿Por qué nunca la detuviste?
– No podía. ¿Cómo querías que la detuviera? -recurriendo a la fuerza, las amenazas, la separación, el divorcio, la policía. Había muchas opciones-. ¿Qué podio hacer yo? Si la criticaba por lo que te hacía, se enfurecía aún más, sobre todo contigo. Mi única salida era irme y empezar una nueva vida en otro lugar. -¿y yo?, quiso gritarle Gabriella ¿y mi nueva vida?-. Pensé que estarías mejor con las monjas. Además, tu madre nunca habría permitido que te llevara conmigo.
– ¿Se lo preguntaste alguna vez? -Gabriella quería saberlo todo. Necesitaba las respuestas que eran la clave de su vida.
– No -contestó él con franqueza-. Bárbara se hubiera opuesto a la idea. Tú eras parte de otra vida, Gabriella. No nos pertenecías -y luego soltó el golpe de gracia-. Y ahora tampoco. Nuestras vidas tomaron caminos diferentes hace muchos años y ya es demasiado tarde para unirlos. Si Bárbara supiera que te he visto, se pondría furiosa conmigo. Lo sentiría como una traición a nuestros hijos.