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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Gabriella estaba horrorizada. Su padre no la quería, nunca la quiso y al final la abandonó, dejándola a su suerte.

– Pero ¿no vivían sus hijas con vosotros?

– Claro, pero eso era diferente.

– ¿Qué tenía de diferente?

– Son sus hijas. En aquel entonces tú sólo eras para mí un mal recuerdo, la reliquia de una pesadilla que quería olvidar. No podía llevarte conmigo, y ahora tampoco. Gabriella, nuestras vidas han transcurrido por separado durante años. Ya no nos pertenecemos.

Pero él tenía dos hijos y dos hijastras y una esposa. Ella, en cambio n o tenía a nadie.

– ¿Cómo puedes decir eso?

Tenía lágrimas en los ojos, pero no iba a permitir que la vencieran.

– Porque es cierto. Para los dos. Cada vez que me vieras recordarías el dolor que te causamos, las ocasiones en que fui incapaz de ayudarte. Con el tiempo me odiarías por ello.

Gabriella ya estaba empezando a odiarle. Su padre no era nada de lo que había imaginado. Había sido un hombre débil y todavía lo era. Carecía del valor necesario para ser su padre.

– ¿Cómo es posible que no me llamaras en todos estos años? -Gabriella estaba al borde de las lágrimas, pero ahora ya no le importaba lo que pensara de ella.

Su padre era un ser indiferente y cruel y le había defraudado completamente. No tenía amor que darle a ella ni a nadie. Era un egoísta, un cobarde, y ahora una mujer llamada Bárbara lo dominaba del mismo modo que lo había dominado su madre.

– ¿Qué hubiera podido decirte, Gabriella? -al miró con exasperación-. No quería verte.

Así de sencillo. No tenía nada en el corazón para dar, ni a ella, no posiblemente a nadie, ni siquiera a los niños de la fotografías. Gabriella sintió lástima por ellos y sobre todo por su padre y por todo lo que no era. No era siquiera una persona. Era una figura de cartón.

– ¿Me quisisteis alguna vez? -preguntó entre sollozos y a él le desgarró semejante muestra de emociones. Parecía incómodo y Gabriella sabía que no la quería allí, pero no le importaba. Lo estaba haciendo por ella, no por él. Era cuanto necesitaba llevarse consigo a su futuro. John no respondió y ella le miró implacable-. Te he hecho una pregunta.

– Nos é qué sentía en aquel entonces. Supongo que te quería. Eras una niña.

– Pero no lo bastante para incluirme en tu nueva vida. Sólo me diste nueve años. ¿Por qué?

– Porque fue un fracaso. Peor que eso, un desastre. Y tú eras el símbolo de ese desastre.

– Yo era la víctima.

– Todos lo éramos.

– Pero tú nunca acabaste en el hospital -Gabriella estaba dispuesta a saber toda la verdad, y por muy doloroso que le estuviera resultando, se alegraba de haber venido.

– Sabía que nos odiarías por eso. Se lo dije a tu madre. No tenía ningún control sobre sí misma.

– ¿Por qué me odiaba tanto? -¿y por qué tú me querías tan poco?, quiso añadir, pero ahora sabía que su padre no era capaz de querer.

John suspiró y se recostó en su sillón de piel con expresión exhausta.

– Tenía celos de ti. Los tuvo desde el momento en que naciste. Me temo que no tenía madera de madre. Supongo que debía haber me dado cuenta cuando me casé con ella -y él no tenía madera de padre, por muchas fotografías que pusiera sobre el escritorio-. ¿Satisfecha, Gabriella? -preguntó, ansioso por terminar la reunión-. ¿He respondido a todas tus preguntas?

– A casi todas -dijo ella con tristeza, consciente de que había muchas respuestas que nunca obtendría.

John simplemente no tenía lo que hacía falta para ser padre. Era menos persona de lo que Gabriella había imaginado. Quizá, en el fondo, siempre lo supo y nunca quiso aceptarlo. Quizá, como decía Peter, las respuestas estaban en ella misma.

Su padre se levantó. No rodeó la mesa como Gabriella había esperado. No se cercó a abrazarla. Se aseguró de guardar las distancias ya Gabriella le dolió, pese a lo que ahora sabía.

– Gracias por la visita -dijo John, indicando que la reunión había terminado. Apretó un botón y la secretaria apareció y sostuvo la puerta abierta.

– Gracias -dijo Gabriela.

Esta vez no le llamó “papá” y tampoco intentó besarle. No tenía sentido. El hombre que recordaba había sido débil, pero éste era aún peor. Y estaba claro que ya no era su padre. Hacía catorce años que había renunciado al puesto. El padre que Gabriella conocía murió el día que se marchó de casa.

Se detuvo en la puerta y se volvió para mirarle. Quería recordar su cara. Luego se marchó sin más. No quedaba nada que decir. Todo había terminado.

En cuanto la secretaria cerró la puerta, John rodeó el escritorio con expresión acongojada. Había sido como contemplar el pasado por una ventana y recordar mucho dolor. Gabriella era muy bonita, pero no sentía nada por ella. Había cerrado esa puerta mucho tiempo atrás y no podía abrirla de nuevo. Siempre lo había sabido. Esforzándose por olvidar la mirada que había sentido como rescoldos candentes, abrió un armarito, se preparó un martini y se quedó mirando fijamente la ventana mientras bebía.

25.-

Después de dejar a su padre, Gabriella se dirigió a la agencia de viajes de la Quinta Avenida y compró un billete de avión a San Francisco. Nada había sucedido como esperaba. Por un lado estaba triste y por otro se sentía aliviada. Al fin empezaba a comprender que lo ocurrido en su infancia no era culpa suya sino de sus padres, que no se debía a lo que ella era sino a lo que ellos no eran.

Su padre era un hombre vacío, frío, asustado, incapaz de hacer frente a la realidad y a las emociones sinceras. Todavía le sorprendía que en el despacho no la hubiera tocado una sola vez, y estaba segura de que él habría retrocedido si ella lo hubiese intentado. No la quería en su vida. Todavía la relacionaba demasiado con su madre. Pero ahora, por lo menos, Gabriella comprendía algo de él. Si su padre le había negado algo de niña era simplemente porque no tenía nada que dar, y probablemente tampoco su madre. Y tenía razón cuando dijo que era demasiado tarde. Su padre siempre conoció su paradero pero nunca la quiso lo suficiente para ir a verla. A Gabriella le dolía aceptarlo, pero por otro lado la liberaba. Era como si su padre hubiese muerto catorce años atrás. Durante todos estos años había sido como un padre desaparecido en combate, pero ahora tenía un cuerpo que enterrar.

Cuando regresó a la casa de huéspedes supo que Peter había llamado desde el hospital. Gabriella le telefoneó y le habló del encuentro con su padre.

– ¿Te sientes mejor ahora? -preguntó con preocupación.

– Más o menos.

Todavía le dolía que su padre no le hubiese dado siquiera un abrazo. Pero no era nada nuevo. De pequeña tampoco la abrazaba. El encuentro había despertado recuerdos muy dolorosos. Gabriella se daba cuenta ahora de que su padre sólo había sido tierno con ella la noche que la abandonó y probablemente porque se sentía culpable.

_Tenías razón en una cosa -prosiguió-. Creo que algunas respuestas están en mí.

peter se alegró de oír eso. Le inquietaba esa odisea del pasado en la que se había embarcado Gabriella. Sospechaba que la experiencia resultaba muy dolorosa.

– ¿Qué piensas hacer ahora? -preguntó. Le estaban llamando por e busca y pronto tendría que colgar.

– Me voy a San Francisco mañana.

Sin saber por qué, Peter sintió que debía acompañarla, pero estaba seguro de que ella no se lo permitiría. Quería enfrentarse al dragón sola, por muy peligroso que éste fuera, y él la admiraba por ello.

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