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Gente de barro [Kiln People - es]

Электронная книга - «Gente de barro [Kiln People - es]». Краткое содержание книги:

Dentro de cincuenta años, las nuevas copiadoras-horno permitirán hacer copias perecederas de las personas. Esas copias, los llamados “ídem”, la gente de barro, tienen una vida prevista de un día, carecen de derechos legales o sociales, y son de diverso color según su función. Se les encargan las ocupaciones menos interesantes o las más peligrosas, todas las que rechazan los seres humanos verdaderos. Al final de su existencia, si es posible, los ídem “descargan” en su personaje original, el arquetipo o “archi”, las memorias recopiladas de ese día. Gente de barro narra las peripecias del detective Albert Morris y sus múltiples duplicados de barro en esa nueva sociedad. En el idemburgo se están haciendo copias pirata de una famosa cortesana, Gineen Wammaker, y Morris debe impedirlo. Un trabajo que no parece excesivamente difícil, pero que le llevará a descubrir una intrincada red de conspiraciones en en esa sociedad del futuro donde los ídem carecen de derechos y de todo tipo de consideración.
David Brin, galardonado ya con diversos premios Nebula y Hugo, utiliza una narración detectivesca, del tipo hard-boiled, para mostrar las complejidades de una sociedad en la que existe una curiosa versión de los “replicantes” del Blade Runner cinematográfico.
Novela finalista del premio Hugo 2003.
Novela finalista del premio Arthur C. Clarke 2003.
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Mi comentario atrajo una brusca mirada. Los labios grises de Maharal se apretaron en tina línea, silenciosos.

—Vamos, doc. Admítelo. Noté la tensión entre vosotros dos, bajo toda aquella aflicción fingida en la mansión Kaolin, cuando apareciste como fantasma para ver tu propio cadáver. El Vic parecía ansioso por ponerle las manos encima a ese cerebro artificial tuvo, y diseccionarlo en trocitos. ¿Por qué? ¿Para saber más de todo esto? —Indiqué el gran laboratorio con su misterioso equipo robado—. ¿O estaba intentando silenciarte?

La mirada de Maharal me dijo que había dado en el blanco. ¿Es eso? ¿Asesinó Eneas Kaolin a tu yo real?

La policía no había encontrado ninguna prueba de manipulación en el lugar del accidente donde había muerto real Yosil Maharal. Pero al buscar pistas, sólo habían tenido en cuenta la tecnología actual. Eneas Kaolin poseía la del futuro.

—Como de costumbre, piensas en pequeño, señor Morris. Como el pobre Esas.

—¿Sí? Entonces intenta explicarte, profesor. Empezando con por qué estoy aquí. Muy bien, hago buenas copias. ¿Cómo te ayuda eso a resolver esos grandes misterios de la almística?

Volvió los ojos hacia arriba y se encogió de hombros con una expresión de fatigado desdén que encajaba exactamente con la pauta Smersh-Poxleitner. Maharal no sólo envidia mi habilidad. ¡Me teme! Por eso debe exagerar la distancia intelectual entre nosotros y minimizar mi humanidad.

¿Advirtieron esto mis otros yoes? ¡Tuvieron que hacerlo!

—No lo entenderías —murmuró, regresando a sus preparativos. Oí el chisporroteo del equipo de alta energía, calentándose conmigo como foco.

—Estoy seguro de que le dijiste eso mismo a los otros Albeas que capturaste. Pero dime, ¿trataste alguna vez, aunque fuera una sola, de explicarte? ¿De ofrecer quizá colaboración, en lugar de torturas experimentales? La ciencia no es un asunto individual, después de todo. Sean cuales sean tus motivos para trabajar en solitario…

—Son mis motivos. Y son más que suficientes para justificar estos medios. —Maharal se volvió a mirarme, cansado—. Ahora farfullarás argumentos morales sobre que está mal tratar a otra entidad pensante de esta manera. ¡Aunque tú no mostraste esa consideración con tus propios ídems! Ni siquiera te molestaste en investigar por qué desaparecieron tantos a lo largo de los años.

—Pero… Soy detective privado. Eso implica meter a mis yoes en situaciones peligrosas. Correr riesgos. He llegado a considerarlos…

—Yoes desechables. Su pérdida no se lamenta más de lo que lamentarían nuestros abuelos la pérdida de un día irritante. Bueno, ése es tu privilegio. Pero claro, no me llames monstruo si me aprovecho.

Eso me hizo pensar.

—¿Te he llamado monstruo?

Rostro de piedra.

—Varias veces.

Reflexioné un momento.

—Bueno, entonces, tengo que suponer que tu… procedimiento va a doler. Un montón.

—Me temo que sí. Lo siento. ¡Pero hay buenas noticias! Tengo motivos para creer que las cosas saldrán mucho mejor esta vez.

—¿Porque has mejorado el método?

—En parte. Y porque las circunstancias han cambiado. Espero que tu Onda Establecida sea más maleable., más móvil… ahora que ya no está anclada a la realidad orgánica.

No me gustó el sonido de eso.

—¿Qué quieres decir con eso de que ya no está anclada?

Maharal frunció el ceño, pero noté que la expresión enmascaraba un cierto placer. Tal vez ni siquiera era consciente de lo mucho que disfrutaba dándome la noticia.

—Quiero decir que estás muerto, señor Morris. Tu cuerpo original fue vaporizado el martes pasado por la noche, cuando un misil destruyó tu casa.

—Un… ¿qué?

—Sí, mi pobre artefacto amigo. Igual que yo, ahora eres, como dicen, un fantasma.

29

Imitación de una vida falsa

…Gumby y Pal, husmeando…

El interior del Salón Arco Iris estaba completamente vacío.

Algunos holodestelladores habían quedado encendidos e iluminaban la pista de baile y el Pozo de Rencor con imágenes retorcidas, como paisajes multidimensionales de Dalí surcados por figuras eróticas que poseyeran demasiados miembros. Pero sin el intenso latido de fondo de la música ceramopunk, las formas fluctuantes eran bastante patéticas.

Aquel lugar exigía gente, un puñado apretujado de varios centenares de cuerpos de colores brillantes, colocados para revelar sus ondas establecidas, ultrasensibles, corno las emociones cambiantes de los adolescentes.

—Me pregunto quién irá a quedarse con el Arco Iris —musitó id-Pal—. ¿Crees que Irene tenía herederos o que dejó un testamento? ¿Irá todo esto a subasta?

—¿Qué, pensando en convertirte en hostelero?

—Es tentador —saltó de mi hombro a la barra, una ancha superficie de madera de teca lacada—. Pero tal vez carezco de personalidad para ello.

—¿Te refieres a la paciencia, la concentración o el tacto? —comenté mientras curioseaba. El bar contaba con un deslumbrante conjunto de tubos, espitas, botellas y dispensadores de intoxicantes, eufóricos, estimulantes, niveladores, aceleradores, refrenadores, subidores, tajadores, horizoneros, miópicos, estigmáticos, celo trópicos, histericógenos…

—nimbé, Alberti Aunque la idea que Irene tenía del tacto era bastante especial. La misma de los chulos, los porteros y los polis. Que les den a todos.

—Nihilista —murmuré mientras escrutaba las etiquetas de un sorprendente conjunto de mezclas. Mi búsqueda no iba a ser fácil. Las variedades de abuso que puedes poner en un cuerpo de barro nunca dejan de asombrarme, y casi sin duda desconcertaron a los inventores de la idemtecnología, allá por el tiempo en que la gente empezó a juguetear con modificaciones caseras. Puedes afinar un golem para que reaccione espectacularmente al alcohol o la acetona, a campos magnéticos o eléctricos, a estimulación sónica o por radar, a imágenes o aromáticos… por no mencionar a un millar de pseudoparásitos especialmente diseñados. En otras palabras, puedes golpear, tirar o molestar a la Onda Establecida de incontables maneras que serían letales para tu cuerpo mortal v transferir a casa vívidos recuerdos cuando el día haya terminado.

No es de extrañar que haya adictos a las experiencias. En comparación, los cócteles de opioalcaloides que la gente aburrida solía inyectarse en la época del abuelo eran como una dosis de vitaminas.

—¿Nihilista? ¿Te atreves a llamarme nihilista? ¿Quién está aquí, usando lapso vital para ayudarte, amigo?

¿Llamas ayudar a estar ahí agazapado, criticando? ¿Y si me ayudas un poco aquí abajo, detrás de la barra?

Él replicó con un bufido de desdén, pero saltó al suelo al otro lado, olisqueando mientras escrutaba etiquetas, gruñendo audiblemente y diciendo que se la debía por esto. Yo no me tragué su actuación, por supuesto. La adicción personal de mi amigo era hurgar en las rarezas del mundo. Tras los acontecimientos de la última hora, nunca lo había visto más feliz.

«Espero que pueda cargar todo esto», pensé, recordando al Pal real, prisionero en su silla sustentadora de vida. Se lo pasaría de miedo recordando al viejo Horus, caído de culo desde lo alto de la furgoneta de Opciones Finales. Pal también podría ayudar a distraer a Clara de su pena cuando le describiera cómo pasamos estas horas fantasmales…

No, me obligué a no pensar en ella. De todas formas, Clara recordaría a Albert con cariño. Eso supera cualquier tipo de inmortalidad de la que haya oído hablar. Mucha más inmortalidad de la que este frankie verde concreto iba a obtener.

De todas formas, ¿quién quiere vivir eternamente?

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