Gente de barro [Kiln People - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-666-1302-1
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Gente de barro [Kiln People - es]». Краткое содержание книги:
David Brin, galardonado ya con diversos premios Nebula y Hugo, utiliza una narración detectivesca, del tipo hard-boiled, para mostrar las complejidades de una sociedad en la que existe una curiosa versión de los “replicantes” del Blade Runner cinematográfico.
Novela finalista del premio Hugo 2003.
Novela finalista del premio Arthur C. Clarke 2003.
A menos que sea parte de lo que está intentando probar…
—He leído un par de cosas sobre tu trabajo en Xi’an, en los periódicos —respondí, con cautela—. Dices que has encontrado rastros-alma en algunas de las estatuas de barro.
—Algo así —la fina sonrisa de idYosil mostró su evidente orgullo al recordar la sensación mundial que fue su descubrimiento—. Algunos dicen que la prueba no es clara, aunque creo que lo es suficientemente para llegar a la conclusión de que había alguna especie de proceso primitivo de imprimación en marcha. ¿Con qué medios? Aún no los hemos determinado. Una casualidad, tal vez, o el trabajo de algún antiguo prodigio que contribuye a explicar los sorprendentes acontecimientos políticos de esa época, además del terror que sus contemporáneos sentían hacia Ch’in.
» ¡Como resultado directo de mis hallazgos, el Hijo del Cielo actual accedió finalmente a abrir la colosal tumba de Ch’in el año que viene! Algunos profundos misterios puede que salgan a la luz, después de haber dormido durante milenios.
—Mm —respondí algo incauto—. Lástima que no estés allí para ser testigo de ello.
—Tal vez no. O tal vez sí. Hay un montón delicioso de contradicciones implícitas en esa expresión tuya, Albert.
—Ah. ¿Qué expresión?
—Has dicho «lástima», lo cual implica valores. ’fe dirigías a mí, cono un ser pensante, la persona que te tiene cautiva en este momento, ¿verdad?
—Oh… cierto.
—Luego están las expresiones «estar allí» y «ser testigo». Oh, has dicho un puñado de cosas, desde luego.
—No veo…
—Vivimos un momento especial —expuso idMaharal—. Un momento en que la religión y la filosofía se han convertido en ciencias experimentales, sujetas a las manipulaciones de los ingenieros. Los milagros se han convertido en productos de marca, embotellados y vendidos con descuento. ¡Los descendientes directos de los hombres que tallaban puntas de lanza con pedernal junto al río no sólo están creando vida, sino redefiniendo el mismísimo significado de la palabra! Y sin embargo…
Hizo una pausa. Finalmente tuve que pincharlo.
—¿Y sin embargo?
El rostro gris de Maharal se retorció.
—¡Y sin embargo hay obstáculos! Para muchos de los problemas destacados de la almística parece no haber esperanza de solución, debido a la inefable complejidad de la Onda Establecida.
»Ningún ordenador puede modelarla, Albert. Sólo los cables superconductores más cortos y rápidos pueden transmitir su sutil majestad, apenas lo suficiente para imprintarla en un receptáculo cercano de barro especialmente preparado para ello. ¡Matemáticamente, es un horror! Con todas las probabilidades en juego, me asombra que el proceso funcione.
»De hecho, muchos de los pensadores más profundos de hoy en día sugieren que deberíamos dar las gracias y aceptarlo como un regalo, sin comprenderlo, como la inteligencia, ola música, o la risa. —Sacudió la cabeza en una estupenda reproducción de un gesto de desdén—. Pero, naturalmente, la gente de la calle no sabe nada de esto. Nacidos con el insaciable espíritu humano, nunca quedan satisfechos con una maravilla… ni con sus vidas enormemente ampliadas. ¡En absoluto! Lo dan por hecho y siguen exigiendo más.
»! Hacer posible que imprintemos golems lejanos, para que podamos teletransportarnos por todo el sistema solar! ¡Telepatía, para absorber los recuerdos de otros! No importa lo que digan las ecuaciones metamatemáticas. ¡Queremos más! ¡Queremos ser más!
»Y por supuesto, la gente tiene razón. En el fondo, percibe la verdad.
—¿A qué verdad te refieres, doctor? —pregunté.
—¡A que los seres humanos están a punto de convertirse en mucho más! Aunque no de ninguna de las formas que imaginan ahora.
Con esa críptica observación, Maharal guardó cuidadosamente sus últimos objetos de colección, las tablillas de escritura cuneiforme y los restos de cerámica. Las antiguas ánforas y la vajilla china. Las enigmáticas y eróticas estatuillas de Venus y figuritas de Dresde cubiertas de nieve. Los pergaminos en hebreo, sánscrito y los crípticos códices de la alquimia medieval. Finalmente, dirigió un afectivo saludo al recio soldado de terracota, todavía en guardia con su aleteante y apenas detectable alma imbuida. Era evidente que Maharal se sena cómodo con estos tesoros, corno si demostraran que su trabajo era parte de una tradición honrada por el tiempo.
Después, tirando de la cadena de mi cuello, me obligó a seguirlo como un niño pequeño que sigue los pasos de un gigante despiadado, de vuelta al laboratorio lleno de máquinas que siseaban y zumbaban y chispeaban, haciendo que el aire tintineara de manera aterradora. Tuve la corazonada de que algunos de aquellos efectos podían ser para impresionar. A Yosil le gustaba el dramatismo. Al contrario que algunos «científicos locos», sabía lo que era y le gustaba su papel.
Un tabique transparente a prueba de sonidos dividía la habitación. Más allá, divisé la mesa donde «yo» había despertado hacía una hora o así, todavía caliente del horno. Y cerca, atado a otra plataforma, yacía una figura gris mucho más alta que este cuerpo mío. El yo que había sido durante varios días. El que proporcionaba un molde para esta consciencia narradora.
Pobre gris. Allí abandonado para reconcomerse y preocuparse y planear en vano. Al menos yo tenía la distracción de un oponente.
—¿Cómo conseguiste montar todo esto en secreto? —pregunté, haciendo un gesto alrededor. La enorme cantidad de material (por no mencionar los caros aparatos) habría sido difícil de transportar a ese cubil subterráneo (dondequiera que estuviera) incluso en los viejos días de conspiraciones de la CIA y malas pelids sobre autopsias a alienígenas. Encontrar uno en la actualidad construido por una sola persona que habría escapado de algún modo al omnividente Ojo de Explicación compartido por todo el público demostraba que estaba en manos de un auténtico genio. Como si no lo hubiera sabido ya.
¡Un genio que estaba en mi contra por algún motivo! No sólo era físicamente cruel con este cuerpo que llevaba, sino que seguía oscilando entre un silencio taciturno y estallidos de súbita charlatanería, como impulsado por alguna necesidad interna de impresionarme. Reconocí los claros signos de un complejo de inferioridad Smersh-Foxleitner… y me pregunté de qué podría servirme el diagnóstico.
Principalmente, seguía buscando posibles formas de escapar, sabiendo que cada uno de mis anteriores encarnaciones-prisioneras debía de haber hecho lo mismo. Pero todo lo que habían conseguido con sus esfuerzos había sido volver a Maharal hipercauteloso, de modo que ahora sólo imprintaba copias experimentales mías demasiado débiles para poder quitarse unas esposas de papel.
Tras atarme a una silla bajo una máquina que parecía un microscopio gigantesco, apuntó la enorme lente a mi cabecita anaranjada.
—Tengo acceso a amplias fuentes, cerca de aquí —dijo Mallaral, respondiendo a mi pregunta… aunque no sirvió de nada…jugueteó con unos diales y murmuró algo a un voztrolador computerizado, más concentrado en la tarea que tenía entra manos que en mi persona. Pero yo sabía algo más.
El hombre estaba preocupado por mi causa… un resquemor profundo. Cualquier cosa que yo dijera podía molestarlo.
—Muy bien, así que descartamos el teletransporte y la telepatía. Incluso así, has hecho unos logros impresionantes, doctor. Tu proceso para aumentar el lapso de pseudovida de un ídem, por ejemplo. ¡Guau! Imagina si todos los golems pudieran rellenarse de élan una semana o dos… Apuesto a que eso haría estragos en las existencias de Hornos Universales. ¿Por eso tuviste una bronca con Eneas Kaolin?