Gente de barro [Kiln People - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-666-1302-1
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Gente de barro [Kiln People - es]». Краткое содержание книги:
David Brin, galardonado ya con diversos premios Nebula y Hugo, utiliza una narración detectivesca, del tipo hard-boiled, para mostrar las complejidades de una sociedad en la que existe una curiosa versión de los “replicantes” del Blade Runner cinematográfico.
Novela finalista del premio Hugo 2003.
Novela finalista del premio Arthur C. Clarke 2003.
Nunca había visto morir a nadie de manera tan concienzuda.
28
Un síndrome de China
Yosil Maharal (o más bien su fantasma gris) parece bastante orgulloso de su colección privada, empezando por un conjunto único de tablillas de escritura cuneiforme y sellos cilíndricos de la antigua Mesopotamia, la tierra arcillosa donde comenzó la escritura hace más de cuatro mil años.
—Éste fue el primer tipo de magia que funcionó de una manera fiable y respetable —me dijo, sosteniendo un objeto de la forma y color de un rollo de cocina, cubierto de livianas incisiones solapadas en forma de cuña—. Por fin el hombre pudo conseguir una especie de inmortalidad sólo con aprender el nuevo truco de grabar sus palabras y pensamientos e historias y marcar impresiones en arcilla húmeda. La inmortalidad de hablar a través del tiempo y el espacio, incluso mucho después de que tu cuerpo original regresara al polvo.
Puede que yo no sea ningún genio, pero capté a qué se refería. Pues él era esa manifestación de continuidad más allá de la muerte. Un complejo amasijo de impresiones-alma hechas en barro, hablando después de que el Yosil Maharal original perdiera su vida orgánica cerca de un barranco solitario, bajo una autopista en el desierto. No era extraño que sintiera cierta afinidad con las pequeñas tablillas.
La colección privada de Maharal también incluye muestras de antigua alfarería, como varias grandes ánforas (contenedores de vino de un birreme romano que se hundió hace dos mil años), recientemente descubiertas por idexploradores en el fondo del Mediterráneo. Y cerca, en el mismo expositor, un conjunto de rara vajilla de porcelana azul, que una vez rodeó el cabo de Buena Esperanza en d vientre de un velero para adornar la mesa de algún rico mercader.
Aún más preciosas para mi anfitrión eran varias efigies humanas del tamaño de un puño, de una época muy anterior a Roma o Babilonia. Una época anterior a las ciudades o la escritura, cuando todos nuestros antepasados deambulaban, sin techo, en tribus de cazadores-recolectores. Una a una, el golem gris de Yosil mostró amorosamente una docena de estas figuritas de «Venus», moldeadas con el barro de algún río del Neolítico, todas ellas con voluminosos pechos y copiosas caderas que se prolongaban en generosos muslos y diminutos pies. Con evidente orgullo, me contó dónde fue encontrada cada estatua, y qué antigüedad tenía. Al carecer de rostro definido, la mayoría parecían enigmáticas. Anónimas. Misteriosas. Y prodigiosamente femeninas.
—A finales del siglo XX, un culto espiritista posauoderno se organizó en torno a estas efigies —me instruyó mientras tiraba de la cadena de mi cuello, llevándome de un expositor al siguiente—. Inspirados por estas diminutas esculturas, unos cuantos místicos hiperfeministas crearon una fantasía ideológica deliciosamente satisfactoria: que una religión de la Madre Tierra precedió a todos los demás sistemas de creencias espirituales, por todo el planeta. ¡Este ubicuo credo neolítico tenía que haber adorado necesariamente a una diosa! Una de cuyas tendencias principales era la fecundidad v el cariño maternal y sereno. Esto es, hasta que la amable Gaia fue derribada por las violentas bandas de machos adoradores de Jehová-Zeus-Shiva, acicateados por una brusca oleada de viles tecnologías nuevas, la metalurgia, la agricultura y la escritura, que llegaron de manera repentina, simultánea y desestabilizadora, sacudiendo de inmediato la tranquilidad y derribando a la madre diosa pastoral.
»Dicen que todos los crímenes y catástrofes de la historia registrada provienen de aquel trágico cataclismo. —El fantasma de Maharal se echó a reír, acariciando afectuosamente una de las Venus—. Oh, la teoría de la diosa era fabulosa y creativa. Aunque hay otra explicación mucho más sencilla de por qué se encuentran estas pequeñas figuritas en tantos enclaves de la Edad de Piedra.
»Toda cultura humana ha dedicado considerables esfuerzos creativos a reproducir con proporciones exageradas la forma femenina fértil… como arte erótico. O pornografía, si quieres. Creo que podemos suponer sin riesgo que había machos frustrados en los tiempos de las cavernas, como los hay hoy. Deben de haber “adorado” a estas pequeñas figuras de Venus de maneras que nos resultarían familiares. Bastante menos elevadas que la veneración a Gaia, pero no menos humanas.
»Lo que sí ha cambiado, después de todo este tiempo, es que los ídolos sexuales de barro de hoy son mucho más realistas y satisfactorios.
»Pero todo consiste en frotarte dentro.
Encadenado, con un cuerpo en miniatura y obligado a escuchar esta cháchara, yo sólo podía reflexionar. ¿Estaba siendo intencionadamente ofensivo, para calibrar mi reacción? Quiero decir, ¿por qué iba a importarle al gran profesor lo que yo pensara? No soy más que un golem barato anaranjado y diminuto, imprintado a partir del gris que capturó el martes en la mansión Kaolin. ¿Qué clase de conversación intelectual puede esperar tener con seres como yo?
Bueno, no me considero mentalmente deficiente. Desde que salí del horno, lo he comprobado y no he encontrado ninguna laguna de memoria. No puedo resolver una ecuación diferencial mentalmente… pero el propio Albert sólo fue capaz de hacerlo durante unas ocho semanas, hace mucho tiempo, cuando necesitó el cálculo para aprobar un curso en la facultad. Hizo falta el trabajo duro y concentrado de tres ébanos para conseguir acceder a esa dolorosa belleza, y luego lo olvidó todo después de los exámenes para dejar espacio entre cien mil millones de neuronas a recuerdos más relevantes.
¿Ven? Incluso puedo ser irónico.
Muy bien, al parecer soy mejor imprintando copia-a-copia de lo que creía, algo que Yosil Maharal debe de saber desde hace tiempo. Tal vez desde que tomé parte en aquel proyecto de investigación veraniega en el instituto. ¿Fueron de verdad tan especiales mis puntuaciones? ¿Ha estado secuestrando copias mías para estudiarlas desde entonces?
La idea me provoca escalofríos. Peor, hace que me sienta violado. Jo, qué capullo.
Dice que tiene razones. Y sin embargo, ¿no las tienen todos los fanáticos?
—Éste es mi mayor tesoro —dijo Yosil, llevándome ante otro expositor—. Me lo dio el Hijo Honorario del Ciclo en persona, hace tres años, en gratitud por mi trabajo en Xi’an.
Ante mí, conservada en una vitrina de cristal sellada, se alzaba la estatua tamaño natural de un hombre con el porte de un soldado, mirando el frente, listo para la acción. Tan detallada era la escultura que se veían los remaches que sujetaban las tiras de la armadura de cuero. Bigote, perilla y pómulos pronunciados embellecían unos marcados rasgos asiáticos, retocados con brotes caprichosos. Toda la efigie estaba hecha de terracota marrón.
Naturalmente, yo conocía Xi’an, una de las joyas artísticas del mundo. Sería inconcebible que un particular poseyera una de estas estatuas… sino hubiera tantas. Miles de efigies, recuperadas de media docena de regimientos enterrados, descubiertas hace más de un siglo, cada una modelada a partir de un soldado concreto que sirvió a Ch’in, el primer emperador, que conquistó y unió todas las tierras del Oriente. El mismo Ch’in que construyó la Gran Muralla y dio su nombre a China.
—Conoces mi reciente trabajo allí —dijo idYosil. No era una pregunta, sino una declaración. Naturalmente. Había hablado con otros Alberts, había hecho con ellos el mismo recorrido turístico.
¿Con qué propósito?, me pregunté. ¿Por qué explicar todo aquello, sabiendo que los recuerdos se perderán y que tendrá que decírmelo de nuevo, la próxima vez que me sidsecuestre para que le sirva como sujeto a mi pesar?