Gente de barro [Kiln People - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-666-1302-1
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Gente de barro [Kiln People - es]». Краткое содержание книги:
David Brin, galardonado ya con diversos premios Nebula y Hugo, utiliza una narración detectivesca, del tipo hard-boiled, para mostrar las complejidades de una sociedad en la que existe una curiosa versión de los “replicantes” del Blade Runner cinematográfico.
Novela finalista del premio Hugo 2003.
Novela finalista del premio Arthur C. Clarke 2003.
Yo no dejaba de maravillarme de la variedad de sustancias almacenadas detrás de la barra. «Irene debe de haber tenido una buena protección política para conseguir una variedad ambiental. Hay más bebidas tóxicas aquí que en el extinto estado de Delaware.»
—¡Lo encontré! —anunció idPal, recalcando su triunfo con una voltereta. Corría su extremo de la barra, donde había una serie de grandes tiradores de madera, como los que se usaban para escanciar cerveza en una taberna de verdad. Uno tenía una indicación que decía: «Ketone Kocktail.»
—Mm, podría ser. Si ella hubiera dicho que era un grifo…
—¿Estás seguro de que dijo «tapón»?
—Bastante seguro.
Jugueteé con la palanca, no muy ansioso por servir el contenido a presión. Mi barato cuerpo verde, incluso renovado con teñidos artificiales de naranja y gris, no podría soportar la mayoría de las exóticas mezclas ofrecidas aquí para la venta.
—El tapón… —empezó a decir idPal.
—Lo sé. Voy a comprobarlo.
La palanca tenía una gran chapa decorativa, como un tubo de latón que cubriera el extremo. Retorcí en un sentido, luego en el otro. Cedió un poco, pero nada más. Ni siquiera cuando apreté con fuerza.
Estaba a punto de dejarlo, cuando pensé: «Tal vez funciona en varias direcciones sucesivas, como un rompecabezas chino.»
Traté combinaciones de giros, tirones y empujones, y empecé a hacer algunos progresos con el tapón, confirmando mis suposiciones. Gradualmente fue mostrando un complicado tubo acanalado. Un artilugio de almacenamiento físico entonces, como los grabadores piezomecánicos que Albert siempre instalaba en sus grises. Más seguro que cualquier dispositivo electrónico.
Irene comprendía claramente que el mundo de los datos digitales es demasiado endeble para confiarle secretos de verdad. La seguridad a través de la codificación es un chiste malo. Si tienes que mantener algo alejado de ojos curiosos, ponlo por escrito. Y luego guarda la única copia en una caja.
«Espero que esto no requiera ningún tipo de comprobación de identidad, o implique desarmar un sistema de autodestrucción.» Cuando frene me reveló este escondrijo con sus últimas palabras, supuse que era un acto de contrición en el lecho de muerte… o tal vez un pequeño seguro kármico. Pero había otra explicación posible. Una trampa. Un acto de venganza por interferir con su última ídem roja.
Si hubiese podido sudar, habría empezado a hacerlo en ese mismo momento.
—Será mejor que te apartes, Pal —le advertí.
—Ya lo he hecho, colega —le oí decir desde detrás del extremo más alejado de la barra, a más de una docena de metros de distancia—. Aparte de eso, estoy contigo.
Su retorcida expresión de apoyo casi me hizo reír. Casi.
No respiré mientras ejecutaba los últimos giros y movimientos, operando con células de almacenamiento hasta que…
El cilindro de latón se soltó por fin, revelando un interior hueco con algo dentro. Resoplando de alivio, lo coloqué sobre la barra.
Un fino tubo de plástico enrollado. Beta, decía una etiqueta de papel pegada a la película con un clip.
—¡Cojonudo! —gritó idPal, saltando de nuevo a la barra, usando sus ágiles manos-zarpas para tirar de otras chapas decorativas—. Apuesto a que hay todo tipo de cosas ocultas. ¡Tal vez Irene tenía otra ocupación! ¡Chantajear a políticos! ¡Su negocio era proporcionar perversiones y hay montones de depravaciones que te cuestan votos, si la gente las descubriera!
—Vale. Sigue soñando —como si a Pallie le importara la política—. Ten cuidado —le pedí. Ahora me tocó a mí el turno de apartarme prudentemente mientras él jugueteaba con un dispensador de venenos tras otro. Seguir haciéndole advertencias sería inútil, así que lo dejé allí, arriesgando felizmente su breve existencia por capricho.
—Estaré en el despacho de Lene —dije.
Habíamos pasado de largo por el camino un centro de datos de aspecto sofisticado que ofrecía imágenes de vigilancia de todos los rincones del establecimiento. (Me reí al ver a Pal esquivar por los pelos un chorro de líquido espumoso mientras seguía curioseando en busca de más escondites secretos.) También había algunos de aquellos enganches que el desafortunado grisAlbert mencionaba en su diario-recitaclass="underline" unidades de conexión diseñadas para permitir que un ídem enlazara directamente (bueno, más o menos) con los ordenadores. Por lo que he oído, las ventajas son dudosas. Prefiero llevar un chador.
Por fortuna, el despacho tenía también algunas consolas regulares para acceder a la Red. Irene había dejado varias encendidas, lo que indicaba su apresurada partida. Tal vez no tuviera que lidiar con claves y esas cosas. Hachear es un trabajo tedioso y anticuado.
De todas formas, mi primera parada fue un sencillo lector de tiras analógico. El tubito encajaba perfectamente. «¿Hay algunas pistas aquí que expliquen por qué alguien preparó ese vicioso ataque contra Hornos Universales? ¿O el delito, aún peor, de realmatar a Albert Morris?»
En cuanto activé el lector de tiras, la primera holofoto apareció en el aire ante mí. Así que éste era el aspecto que tenía «Vic Collins». El desgraciado gris del martes tenía razón sobre aquel tipo. Ropa a cuadros con una piel a cuadros… ¡puaf!
Sin embargo, tenía un sentido diabólico. Algunas personas ocultan su apariencia pareciendo poco llamativas. Olvidables. Pero obtienes el mismo resultado haciendo que sea demasiado doloroso y repulsivo mirarte. En cualquier caso, no era fácil saber de qué manera aquella foto contribuiría a resolver alguno de los grandes enigmas.
¿Tenía razón Irene y Vic Collins era una fachada de Beta, el famoso sidsecuestrador?
Recordé aquel último encuentro con uno de los amarillos de Beta, que se disolvía rápidamente cuando estaba atascado en un tubo de eliminación junto al edificio Teller y farfullaba crípticos comentarios sobre traición y alguien llamado «Emmett». Albert estaba ya cansado v distraído en ese momento. Y en guardia ante cualquiera de los notables jueguecitos mentales de Beta.
Sentado en el despacho de Irene, vi pocas similitudes entre aquel idamarillo y el holorrostro que tenía delante, una cara cuadrada, bastante maliciosa y con una cegadora disposición de rayas entrecruzadas. Había varias docenas de imágenes en el archivo secreto de Irene, marcadas por fechas, cada vez que los conspiradores se encontraron con un tercer miembro, que parecía una marfil barata de Gineen Wammaker. Según una anotación, Collins usaba un disruptor-estático para bloquear los sofisticados sistemas de grabación fotoóptica. Aquellas instantáneas con anticuada emulsión química eran lo mejor que frene había podido sacar mientras no quitaba el ojo de encima a sus aliados.
«Pero no estuvo lo bastante atenta. ¿Llegó Irene a intentar seguir a Collins a través de la red de publicams?», me pregunté. El primer paso (seguir su pista hasta la agencia de alquiler de limusinas), resultaba evidente.
¡Oh, a Albert le habría encantado el desafío! Empezando con estas instantáneas de tiempo y lugar, se concentraría con toda la intensidad de un trance focal vingeano, siguiendo hacia atrás a los ídems a cuadros de Collins, ansioso por ver qué trucos usaban para cubrir su pista, saltando cualquier laguna.
Supongo que yo podría haber intentado hacerlo, sentado en el despacho desierto de Irene. Pero ¿quería? ¡El que haya heredado los recuerdos de Albert, y algunas de sus habilidades, no significa que sea él! De todas formas, ese misil destruyó algo más que la casa de Al. Nell contenía todos esos programas especializados para ayudar a Morris a seguir a personas e ídems por el gran paisaje urbano.
Hay momentos en que desearía que los ciudadanos de la ZEP fueran menos tranquilos y amantes de la libertad. En todas partes, la gente soporta grados más elevados de regulación y supervisión. Todo gotera fabricado en Europa lleva un transmisor real, no una patética placa de identificación en forma de bultito en la frente. Registrado de fábrica a nombre de su propietario, localizable por satélite desde su activación hasta su disolución. Sigue habiendo formas de evitarlo, pero un detective sabe por dónde empezar.