El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– Por supuesto -convino Evan con sequedad-, pero la violación que tanto nos consterna es la propia. Lo que se degrada es nuestra propiedad. Alguien ha tomado algo a lo que sólo nosotros tenemos derecho. La violación de cualquier mujer nos recuerda que nuestras propias mujeres también pueden verse degradadas así. Es algo muy íntimo.
– ¡También lo es matar! -contraatacó Monk.
– El asesinato sólo te quita la vida. -Evan seguía pensando en voz alta-. La violación supone la contaminación de tu posteridad, de la fuente de tu inmortalidad, si quieres verlo así.
Monk levantó las cejas.
– ¿Así es cómo lo ves tú?
– No, pero eso no quita que crea en la resurrección del cuerpo. -Evan pensó que iba a disculparse ante Monk por tener fe, pero se sorprendió hablando con absoluta serenidad y voz firme, tal como su padre habría hecho con un feligrés-. Creo en un alma individual que viaja por toda la eternidad. Esta vida dista mucho de serlo todo, de hecho es una parte minúscula, una simple antecámara, un lugar donde separar la luz de la oscuridad, donde llegamos a saber lo que valoramos de un modo auténtico.
– ¡Es un lugar odiosamente injusto y poco equitativo! -exclamó Monk con voz quebrada-. ¿Cómo puedes pasear por St Giles, tal como has estado haciendo, e imaginar siquiera un Dios apropiado para otra cosa que el miedo y el odio? Si no quieres perder la cordura, más te vale pensar que se debe al azar y hacer lo que puedas para reparar las peores monstruosidades.
Evan se inclinó hacia delante e imprimió a sus palabras toda la energía de su espíritu, recordando fragmentos medio olvidados.
– ¿Quieres un mundo justo, donde el pecado se castigue al instante y la virtud se vea recompensada?
– ¿Por qué no? -desafió Monk-. ¿Qué tendría de malo? ¿Comida y ropa para todos, salud, inteligencia, oportunidad de triunfo?
– ¿Y perdón, piedad y coraje? -presionó Evan-. ¿Compasión por el prójimo, humildad y fe?
Monk frunció el ceño, pues empezaba a dudar.
– ¡Dices eso como si la respuesta no fuese una certidumbre! ¿Por qué no? Pensaba que eran las cualidades que más valorabas. ¿No lo son?
– ¿Las valoras tú?
– ¡Sí! Puede que no siempre actúe en consecuencia, pero sí, sin duda.
– Pero si el mundo siempre fuese justo, y de manera inmediata, todo el mundo se inclinaría a ser bueno, no por compasión o piedad, sino porque sería una idiotez no hacerlo -razonó Evan-. Sólo un idiota cometería un acto que con toda seguridad va a ser castigado de inmediato.
Monk no dijo nada.
– ¿Coraje contra qué? -prosiguió Evan-. Haz bien, y no tendrás nada que temer. La virtud siempre será recompensada, sin tardanza. Tampoco habría lugar para la humildad y el perdón. La justicia se encargaría de todo. Ya puestos, ni siquiera cabrían la piedad y la generosidad, pues nadie las necesitaría. El remedio de toda enfermedad se encontraría en el propio paciente.
– ¡De acuerdo! -interrumpió Monk-. Me ha quedado bastante claro. Quizá sea mejor aceptar el mundo tal como es que cambiarlo por el que describes. Aunque eso no quita que éste a veces me parezca insoportable, no para mí, sino para otras personas. -Se puso en pie-. Tu padre estaría orgulloso de ti. Tal vez estés desperdiciando tu talento en batidas policiales y tu lugar sea un pulpito. -Seguía con el ceño fruncido-. ¿Quieres que vayamos a ver a esos testigos?
Evan también se levantó.
– Sí, por favor.
Monk fue a buscar su abrigo y Evan volvió a ponerse el suyo, y juntos salieron al atardecer frío y oscuro, caminando uno al lado del otro hacia Tottenham Court Road, donde encontraron un coche de caballos.
Una vez a bordo, camino de St Giles, Monk habló de nuevo, con voz insegura, como si le costara dar con las palabras justas, aprovechando la oportunidad que le brindaba la oscuridad nocturna para expresar una idea penosa.
– ¿Runcorn habla alguna vez del pasado…, de mí?
Evan percibió la emoción de su voz y supo que estaba buscando algo que le asustaba.
– De vez en cuando, aunque muy poco -contestó, mientras pasaban por Whitefields Tabernacle y seguían cuesta abajo hacia Oxford Street.
– Solíamos trabajar juntos en St Giles -prosiguió Monk, con la vista clavada al frente. Evan no podía verle la cara, pero con la voz le bastaba para juzgar su estado de ánimo-. Mucho antes de que reconstruyeran parte del barrio. Cuando la gente lo llamaba «Holy Land».
– Tuvo que ser muy peligroso -dijo Evan, para llenar el silencio.
– Sí. Siempre íbamos como mínimo dos, habitualmente más.
– No me ha contado nada.
– No me sorprende. -La voz de Monk se desvaneció al final de la frase, delatando un sentimiento de pérdida, no ya de la amistad de Runcorn, sino de lo que fuese que había dado al traste con ella. Evan comprendió lo que le perturbaba, pero era un asunto demasiado delicado para abordarlo sin más. Monk quería saber quién había sido, pero sólo paso a paso, de modo que pudiera retirarse si lo que encontraba resultaba demasiado feo. Estaba explorando su propia alma, un territorio donde no había escapatoria, el único enemigo al que siempre debería enfrentarse, tarde o temprano, más real que cualquier otro aspecto de la vida o la muerte.
– Nunca habla de su familia -dijo Evan, en voz alta-. No está casado.
– No… -el tono de Monk era remoto, como si la observación careciera de sentido, aunque la tensión de su cuerpo decía lo contrario.
– Me parece que lo lamenta -agregó Evan, recordando alusiones ocasionales y el momentáneo pesar del rostro de Runcorn, disimulado al instante. Celebraban el aniversario de boda de un sargento, todos le felicitaban y hablaban de sus respectivas familias. Por un momento, Evan vio la pena que inundaba los ojos de Runcorn, consciente de su soledad, de su exclusión. No era un hombre dotado por naturaleza o temperamento para llenar ese vacío. Habría sido más feliz en compañía de alguien que le diera ánimos cuando flaqueaba, que lo admirara, que agradeciera su apoyo, alguien con quien compartir sus éxitos.
¿Acaso Monk, con su fuerza interior, su coraje innato, intencionadamente o no, le había robado todo eso a Runcorn? Monk temía haber obstaculizado el éxito profesional de Runcorn, poniéndole trabas, apropiándose de triunfos que le correspondían a él. La pérdida interior era lo que Evan temía, la confianza, la esperanza, el coraje de poner el destino a prueba y atenerse a las consecuencias, eso era lo que anidaba en la mente de Evan. ¿Cabía concebir que un hombre pudiera arrebatarle eso a otro? ¿O era que simplemente no había sabido ayudarle?
Monk no soportaba aquel silencio.
– ¿Crees que… quiso hacerlo? Me refiero a si hubo alguien, ¿lo sabes?
Evan recordó un retazo de conversación, y un nombre.
– Sí, me parece que sí. Aunque hace bastantes años, unos quince o dieciséis. Se llamaba Ellen, creo.
– ¿Qué sucedió?
– No lo sé.
El carruaje giró en Oxford Circus, dando sacudidas entre el denso tráfico para cambiar de rumbo. Estaban a punto de llegar. Después siguieron a pie, por callejones y patios, subiendo y bajando escaleras hasta habitaciones gélidas, mientras Monk volvía sobre sus preguntas y Evan tomaba notas para reunir pruebas. Ya no había más tiempo para conversar.
Monk tomó aliento y lanzó un suspiro.
Al día siguiente por la tarde, Evan ya tenía cuanto necesitaba. Tal como había dicho Monk, era inexorable. Avisó que quería ver a Runcorn y a las tres menos cinco llamó a la puerta de su despacho.
– Pase -dijo Runcorn, desde el interior.
Evan abrió la puerta y entró en la habitación que una chimenea mantenía caldeada, aunque el frío interior que traía consigo no disminuyó.
– Veamos -dijo Runcorn, levantando la vista de los papeles que estaba leyendo-. Más vale que las noticias que me trae sean ciertas. No quiero que me hable de más intuiciones. A veces es usted demasiado blando, Evan. Lo digo por su propio bien. Si su deseo es ser predicador, debería haberse quedado en el pueblo.