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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Evan titubeó. El asunto pintaba mal, pero que muy mal, aunque no era nada definido, sólo insinuaciones y una pena insustancial. No tenía dónde asirse para demostrar nada, ningún dato que dar a Monk para que rastreara sus propios pasos y se comprendiera a sí mismo.

– ¿Acaso Monk le traicionó, señor? -dijo en voz alta, para acto seguido arrepentirse. No quería oír nada más, pero ahora ya era inevitable.

Runcorn le miró de hito en hito.

– Sí, me traicionó. Confié en él y destruyó todo lo que siempre había querido -contestó con amargura-. Vio que me encaminaba hacia una trampa, y se quedó mirando cómo caía en ella.

Evan tomó aliento para preguntar hasta qué punto era justo culpar a Monk. Quizá no supo ver el riesgo, tal como le pasó al propio Runcorn. O quizá dio por sentado que Runcorn ya lo había visto. Entonces se dio cuenta de que no sólo no tenía sentido discutir los detalles pues lo que contaba era la intención; además, en el fondo de su corazón, Monk también se consideraba culpable.

– Comprendo -dijo en voz baja.

Runcorn le encaró.

– ¿Ah sí? Lo dudo. Aunque yo he hecho cuanto he podido. Arreste a Rhys Duff. Y no mencione nada sobre los otros dos hombres, ¿me oye bien, Evan? ¡Se lo prohíbo! Pondría en peligro la oportunidad de atraparles en el futuro. -Sus ojos reflejaban el enojo y la frustración de su impotencia. Le sublevaba verlos escapar y pensar que tal vez sería para siempre.

– Sí, señor. Entendido.

Se volvió y se fue, con la decisión de llevar a Monk con él cuando fuese a Ebury Street. Monk había resuelto aquel caso al mismo tiempo que el suyo. Merecía estar presente.

* * *

Hacía frío y caía la noche cuando Monk, Evan y Shotts llegaron en coche de caballos. Evan había considerado la posibilidad de ir en el carromato de la policía, pero decidió no hacerlo. Rhys todavía estaba demasiado enfermo para transportarlo en aquel vehículo, suponiendo que pudiera moverse. El temor a que no fuera así era el motivo por el que había llevado a Shotts consigo. Tenía previsto dejarlo de guardia para evitar el caso extremo de que Sylvestra tratara de llevarse a Rhys a escondidas.

El carruaje paró y se apearon. Evan pagó al cochero y, subiéndose el cuello del abrigo, cruzó la acera adelantándose a sus dos acompañantes. Nunca un arresto le había producido tan poca satisfacción. De hecho, ahora, de pie en el umbral con la mano extendida hacia la campanilla, reconoció que le daba pavor. Le constaba que Monk, a un metro detrás de él, sentía lo mismo, aunque en el caso de Monk era debido a Hester. Él no conocía a Rhys. No le había visto la cara. Para él sólo era el montón de pruebas que había reunido y, por encima de todo, el causante de la desdicha de las mujeres con las que había hablado, descubriendo sus desgraciadas vidas.

Se abrió la puerta y el rostro del mayordomo se ensombreció en cuanto reconoció a Evan.

– ¿Señor? -dijo con cautela.

– Lo siento -comenzó Evan, luego se irguió y continuó con más firmeza-, pero es necesario que vea a la señora Duff. Soy consciente de que quizá no soy oportuno, pero no tengo alternativa.

El mayordomo miró a Monk y Shotts. Estaba muy pálido.

– ¿Qué ha ocurrido, señor? ¿Ha habido otro… incidente?

– No. No ha sucedido nada nuevo, pero ahora comprendemos mejor lo sucedido la noche de la muerte del señor Duff. Me temo que es preciso que entremos.

El mayordomo sólo titubeó un instante. Había percibido autoridad en la voz de Evan y de pronto comprendió la importancia de su cargo.

– Sí, señor. Si tienen la bondad de seguirme informaré a la señora Duff de su presencia. -Se hizo a un lado para dejarlos entrar. Evan y Monk lo hicieron, dejando a Shotts fuera, según lo acordado previamente. Estaba allí sólo como precaución. Contaba con la posibilidad de quedarse toda la noche, hasta que lo relevaran por la mañana. Sólo se vería dispensado de la tarea si consideraban que Rhys estaba en condiciones de ser trasladado a una prisión mientras estuviera pendiente de juicio.

El vestíbulo era cálido y luminoso, un mundo distinto a la gélida penumbra de la calle. El mayordomo lo atravesó hasta la puerta del salón de las visitas.

– Wharmby -dijo Evan de pronto.

– Diga, señor.

– Tal vez debería pedirle a miss Latterly que bajara.

– ¿Señor?

– Creo que la señora Duff preferirá que haya alguien más presente, alguien que pueda ofrecerle… asistencia…

Wharmby se puso aún más pálido. Tragó saliva de manera visible.

– Lo siento… -repitió Evan.

– ¿A qué… a qué ha venido, señor? -preguntó Wharmby.

– A contar a la señora Duff lo que sabemos sobre el modo en que el señor Duff encontró la muerte, y luego los deberes que se desprenden de ello. Dígale que estamos aquí, y luego haga el favor de avisar a miss Latterly.

Wharmby estiró los bajos de su chaqueta y se irguió antes de abrir la puerta del salón.

– El señor Evan ha venido a verla, señora, y viene otro caballero con él. -Sin añadir nada más salió otra vez al vestíbulo, miró con intención a Evan y se encaminó a la escalera, dejando que entraran solos.

Sylvestra estaba de pie en la alfombra delante del fuego. Naturalmente, seguía de luto riguroso, y llevaba el pelo recogido en un gran moño que caía sobre su nuca. A la luz del fuego se la veía muy hermosa, con sus altas mejillas y su cuello esbelto.

– Y bien, señor Evan, ¿qué le trae por aquí? -preguntó, arqueando las cejas con una ligera sorpresa. Miró hacia Monk.

Evan los presentó brevemente, sin dar explicaciones.

– Buenas noches, señor Monk… -Se limitó a saludarlo.

– Señora -inclinó la cabeza. Desearle «buenas noches» a su vez habría resultado hipócrita. Cerró la puerta y se adentró en la estancia.

Evan ansiaba que hubiese algún modo de eludir aquel momento. Notaba la presencia de Monk a su lado, con la mente teñida por una crueldad cuyos resultados había visto, hirviendo de rabia.

– Verá, señora Duff. Hemos averiguado buena parte de lo que ocurrió la noche que mataron a su marido. Aunque antes de explicárselo me gustaría hacerle un par de preguntas. -Hizo caso omiso de su asombro y de que Monk fuera cambiando el peso de una pierna a otra detrás de él-. ¿Le manifestó el señor Duff, o demostró de algún modo, que estuviera inquieto por lo que el señor Rhys hacía las noches que salía de casa, o por las compañías que frecuentaba?

– Sí…, lo sabe perfectamente. Se lo dije yo misma.

– ¿Le dio a entender, con palabras o por su conducta, que había descubierto algo que le perturbaba aún más?

– ¡No! Al menos a mí no me dijo nada. ¿Por qué? -Su tono se fue agudizando-. Haga el favor de ser franco conmigo, señor Evan. ¿Ha descubierto qué hacía mi marido en St Giles o no? Ya le dije la primera vez que vino que creía que había seguido a Rhys para intentar hacerle entrar en razón sobre la clase de mujeres con las que se estaba viendo. ¿Me está confirmando que fue así? -Levantó un poco el mentón, casi como si le retara-. Eso no basta para explicar que se persone aquí, con el señor Monk, a estas horas.

– También creemos saber cómo encontró la muerte, señora Duff, y debemos actuar en consecuencia -repuso Evan. No tenía intención de ser cruel, y se dio cuenta de que prolongando lo que tenía que decir lo estaba siendo. Un golpe seco era mejor-. Tenemos testigos que vieron a Rhys varias veces en St Giles, en ocasiones acompañado, otras solo. Una muchacha lo vio allí aquella noche…

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