El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– Si hubiese querido ser pastor, señor, ¡lo sería! -repuso Evan, mirando a Runcorn con descaro. Notó que le costaba controlar su genio tanto como a Monk, sentía el mismo deseo de vencer, la tentación de luchar porque sí. Runcorn le hacía sacar lo peor de sí mismo, tal como le ocurría con Monk.
– Vaya al grano. -Runcorn frunció la boca-. ¿Qué es lo que tiene? Supongo que estamos hablando del asesinato de Leighton Duff. No se habrá embarcado en una cruzada por Monk. -Le miraba con dureza, como si una parte de su ser deseara pillar a Evan en un renuncio. Quería apreciar a Evan. Instintivamente lo hacía. Sin embargo, la estrecha relación que mantenía con Monk a menudo avinagraba ese aprecio.
– Sí, señor. -Evan se puso en posición de firmes, en la medida en que eso era posible en un hombre de su talante-. Tengo testigos que vieron a Rhys Duff y a sus dos amigos utilizando prostitutas en St Giles. Una de las mujeres ha reconocido el retrato. Tengo su declaración. También sabe su nombre. Rhys no es un nombre de pila muy corriente, señor.
Runcorn se inclinó hacia delante, apartando los papeles del escritorio.
– Siga…
– También tengo el testimonio de la última víctima de violación, señor, la noche del asesinato. Describe a tres hombres que encajan con las características físicas de Rhys Duff y sus dos amigos, Arthur y Marmaduke Kynaston.
Runcorn suspiró muy despacio y se apoyó en el respaldo, cruzando las manos sobre la barriga.
– ¿Hay pruebas que impliquen a los hermanos Kynaston en el asesinato? Me refiero a pruebas irrefutables, no a suposiciones razonables. No podemos permitirnos la menor fisura.
– Ya lo sé, señor. Y no, no hay pruebas. Si conseguimos condenar a Rhys Duff, quizá los demás caigan después. -Le enfurecía tener que dejarles en libertad hasta entonces. Fuera quien fuese el que mató a Leighton Duff, los otros dos eran culpables de la cadena de crímenes que habían precipitado los hechos. Si en el último momento se habían dado a la fuga, se trataba de un acto de cobardía, no de compasión u honor. De haber tenido la más mínima decencia, habrían intervenido evitando tan trágico final.
– ¿Puede ubicarlos allí? -preguntó Runcorn con brusquedad.
– Puedo situarlos yendo de putas por St Giles con Rhys, pero no esa noche, y sin nombres. Estaba con otros dos hombres que encajan con su descripción. Eso es todo… de momento. Lo peor es que ninguno de los dos presenta heridas, cosa que indicaría que no participaron en la pelea final contra Leighton Duff.
– Bueno, ¡pues no vamos a acusarlos de violación! -exclamó Runcorn, muy decidido-. No cabe ni pensarlo, así que olvídelo. Lo que tenemos son pruebas de que tres muchachos, uno de ellos Rhys Duff, han pegado palizas y violado a varias mujeres de St Giles, concretamente la noche en que Leighton Duff fue asesinado. Unos pasos se detuvieron en el pasillo y luego siguieron su camino. Runcorn no dio muestras de oírlos-. ¿Sabe si Rhys y su padre fueron juntos o por separado?
– Por separado, señor. Hay cocheros que pueden testificar.
– Bien. Así pues todo indica que en esa ocasión Leighton Duff siguió a su hijo. Cabe presumir que tenía motivos para sospechar lo que andaba haciendo. Sería espléndido que averiguara en qué consistía eso. Puede que la esposa lo sepa, aunque me imagino que no será tarea fácil sonsacarla. -Nada en su expresión daba a entender que tuviera en cuenta su sufrimiento. Evan apenas osaba pensar en cómo la afectaría la noticia. Esperó de todo corazón que en su relación con el doctor Wade hubiera sitio para la ternura. ¡Sin duda iba a necesitar todo su apoyo!
– Pero más vale que lo intente -prosiguió Runcorn-. Vaya con cuidado al hacerle las preguntas, Evan. Será un testimonio crucial en el juicio. Habrá que registrar la casa, por supuesto. Tal vez encuentre ropa manchada de sangre de asaltos anteriores. Debe demostrar que estuvo fuera de casa todas las veces que tenga intención de concretar. ¡No deje escapar ni un detalle! Imagino que si no confiesa y vamos a juicio, su madre contratará al mejor Consejero Real que encuentre para defenderlo. -Apretó los labios-. Aunque no comprendo que alguien quiera entablar semejante batalla. Si usted hace bien su trabajo, la defensa no ganará.
Evan no dijo nada. En lo que a él respectaba, nadie ganaba.
– ¿Cómo lo ha descubierto? -preguntó Runcorn con curiosidad-. ¿Fue mera persistencia? ¿La pregunta indicada en el momento oportuno?
– No, señor. -Evan realmente no sabía porqué le causaba tanto placer ser perverso. Tenía algo que ver con el aire de satisfacción de Runcorn-. De hecho, lo averiguó Monk. Investigando sus casos de violación llegó hasta Rhys Duff.
Runcorn levantó la cabeza, su mirada se ensombreció. Estuvo a punto de interrumpirle pero cambió de parecer.
– Nos vimos ayer a última hora de la tarde y me dio la información sin más -continuó Evan-. La he comprobado por mí mismo y he tomado declaración a los testigos. -Miraba inocentemente a Runcorn, como si no supiera que le estaba fastidiando-. Tanto mejor para nosotros que se pusiera tan testarudo -añadió para colmar el vaso-. De lo contrario igual aún seguiría acorralando a la señora Duff y buscando un amante.
Runcorn le fulminó con la mirada, las mejillas encendidas.
– Monk investiga sus casos por dinero, Evan -dijo entre dientes-. ¡No lo olvide! Usted investiga los suyos porque es funcionario de justicia, sin miedos ni favores, debiendo toda su lealtad sólo a Su Majestad, de cuya ley es representante. -Se inclinó sobre el escritorio y apoyó los codos en la superficie pulida-. Usted piensa que Monk tiene un cerebro privilegiado y, hasta cierto punto, así es. Pero no lo sabe todo. No lo sabe todo sobre él, ni mucho menos. Obsérvele y aprenda cuanto pueda pero, se lo advierto, ¡no se haga amigo suyo! ¡Lo lamentará! -Dijo esto último frunciendo el ceño, no con malicia, sino con alarma, como si tuviera miedo por Evan. La sombra de una vieja tristeza veló su rostro.
Evan se sorprendió. Runcorn estaba hablando mal de Monk y lo normal hubiera sido enfadarse con él. En cambio, percibía una sensación de pérdida, de soledad, y sólo sentía pena, y quizá algo de culpa.
– No se fíe de él… -agregó Runcorn, antes de cambiar bruscamente de tono-. ¡Supongo que no me cree! -Su voz transmitía enojo, consigo mismo por haber hablado de un modo tan explícito, por hacer más patentes de lo que se proponía sus sentimientos, y un deje de autocompasión porque no contaba con que le creyeran.
Muy a su pesar, Evan le creyó, no por lo que hubiese dicho Runcorn, sino porque el propio Monk se lo temía. Aunque eso era cosa del pasado, no tenía por qué ser así. Y lo que fuese en el futuro dependería de él.
– Claro que le creo, señor -dijo Evan en voz alta-. No me ha contado nada, sólo me ha dicho que tenga cuidado. Me figuro que habla de alguna experiencia personal, o no se sentiría así, pero no tengo ni idea de qué va. Monk nunca me ha hablado de ello.
Runcorn prorrumpió en carcajadas y por poco se atraganta. Rebosaba impotencia, una rabia y un pesar que el tiempo no había curado.
– ¡Ni lo hará! Le aprecia. ¡Le necesita! Quizá no sea capaz de arrepentirse, ¡pero es lo bastante sensato para comprender lo que usted pensaría de él!
Evan no quería saberlo, habría preferido con creces permanecer en la ignorancia, pero le constaba que al propio Monk le resultaba preciso saber.
– ¿A propósito de qué, señor?
Runcorn se levantó de repente, empujando la silla con tal brusquedad que se tambaleó sobre las dos patas traseras antes de perder el equilibrio y caer. Se volvió hacia el archivador, dando la espalda a Evan.
– Arreste a Rhys Duff por el asesinato de su padre -ordenó-. Ha hecho un buen trabajo. No esperaba que fuese capaz de resolver el caso. Ha sido acertado aprovecharse de Monk. Utilícelo siempre que pueda. Pero no permita que él le utilice a usted. No cuente con que le cubra la espalda cuando le necesite. -Giró sobre sus talones, con la mirada firme y clara-. Hablo en serio, Evan. No me gustaría ver cómo le hacen daño. A veces le falta nervio, pero es usted buena persona. Téngalo en tan buen concepto como quiera, ¡pero no confíe en él!