El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– Eso se llama «bloqueo», padre. Ocurre cuando te sientes inquieto o incómodo. Nunca te has acostumbrado, ¿verdad?
– ¿Acostumbrado a qué?
Una estúpida forma de ganar tiempo.
Jessica dejó de teclear. Estaba disfrutando de la situación.
– Ya lo sabes. Nunca te has acostumbrado a que tu hija se acueste con alguien del departamento de humanidades.
– Algunos de mis mejores amigos son humanistas.
– Nómbrame uno.
– Tu madre es humanista.
– Mi madre es la última de las santas paganas. Qué fuerza espiritual le has dado durante todos estos años…
– ¿Sabes, Jess? Está empezando a preocuparme de veras. Ya no se trata de nombres corrientes. Me sorprenden las anotaciones en mi agenda, de mi puño y letra.
– Recuerda lo que decías en uno de tus libros, papá. «Si te olvidas de dónde has dejado las llaves del coche, no te apures. Si te olvidas de qué son las llaves del coche, ve al médico.»
– ¿Eso he dicho?
Jess se echó a reír, con aquella risa suya, boba y alocada, de cuando tenía ocho años, que revelaba sus dientes salidos. Le llegó a lo más hondo.
– Además, si eso empeora, puedes conseguir los medicamentos más recientes y eficaces. Vosotros tenéis toda clase de cosas que aún no desveláis al público, ¿no es cierto? Memoria, concentración, rapidez, inteligencia: apuesto a que hay una píldora para todo. Me parece de lo más irritante que no probéis esas sustancias con vuestros seres queridos.
– Trátame bien -replicó él-. Nunca se sabe.
– Hablando de tu libro, Shawna me mostró una crítica de Harper's. -Shawna. No era de extrañar que no recordase su nombre-. ¿Sabes qué te digo? Al diablo con ese tipo -siguió diciendo su hija-. Es evidente que te tiene envidia, pura y simplemente. Yo no le daría mucha importancia.
Él se sintió un poco desconcertado. ¿Harper's? Se habían adelantado a la fecha de publicación. Sus editores debían de conocer la crítica desde hacía varios días. Nadie se la había mencionado.
– No lo haré -replicó.
– ¿Y pasarás un feliz día de cumpleaños? ¿Puedes hacer eso por mí?
– Claro que sí.
– Supongo que eso significa escribir una docena de páginas y descubrir un par de estados alterados de conciencia hasta ahora desconocidos. En otras personas, claro.
Weber se despidió de su hija, cerró el móvil y se lo metió en el bolsillo. Entonces se dirigió en bicicleta al centro comunal de Setauket, donde estaba la biblioteca Clark. Repasó rápidamente los titulares de los semanarios: bombas norteamericanas arrasan boda afgana. Reunión de urgencia de los altos cargos del Departamento de Seguridad. ¿Dónde había estado él cuando sucedía todo eso? Mientras pasaba las páginas del nuevo número de Harper's en su carpeta de duro plástico rojo, se sentía vagamente como un delincuente. Leer una crítica de su obra era obsceno. Como buscar su nombre en Google. Una sensación de ridículo le invadió al consultar el índice. Llevaba años escribiendo, con más éxito del que se había atrevido a imaginar. Escribía por la capacidad de penetración de la frase, para situar, en una extraña cadena, su verdad sorprendente. La manera en que el lector recibía sus relatos decía tanto sobre el relato del lector como sobre el relato en sí. De hecho, eso era realmente lo que sus libros exploraban: que no había un relato en sí. Ningún juicio final. Cualquier cosa que aquel crítico pudiera decir no era más que una parte de la red distribuida, señales que caían en cascada a través del frágil ecosistema. Solo le importaba lo que pensara su hija. La pareja de su hija. Shawna. Shawna. Habían leído la crítica, pero aún no habían visto el libro. Si Jess llegaba a abordar El país de la sorpresa (y él imaginaba que alguna vez lo haría), leería inevitablemente el libro que había creado aquella crítica en su mente. Era mejor conocer qué otros volúmenes flotaban ahora alrededor, surgidos del que él había escrito.
El título de la crítica saltó de la página, produciéndole una morbosa emoción: «Neurólogo en una cuba». El nombre del crítico no significaba nada para él. El artículo empezaba de una manera bastante respetuosa, pero al segundo párrafo se crispaba. Weber empezó a explorar, deteniéndose en los repudios evaluativos. La tesis, al final del segundo párrafo, era más condenatoria de lo que Jess le había dejado entrever:
En los últimos años, estimulada por el diagnóstico mediante la imagen y las nuevas tecnologías experimentales a nivel molecular, la investigación del cerebro ha dado un fenomenal salto adelante, cosa que no ha hecho el enfoque anecdótico, cada vez más exiguo, de Gerald Weber. En esta obra repite sus habituales y un tanto caricaturescos relatos, ocultándose tras una totalmente predecible aunque irrefutable petición de tolerancia hacia los diversos estados mentales, aunque sus relatos bordean la violación de la intimidad y la explotación de un espectáculo secundario… Ver cómo una personalidad tan respetada capitaliza una investigación a la que no reconoce y un sufrimiento que no siente resulta casi vergonzoso.
Weber siguió leyendo, desde citas fuera de contexto a burdas generalizaciones, desde errores de hecho hasta ataques ad hominem. ¿Cómo era posible que Jess se hubiera mostrado tan desapasionada al respecto? Según aquel artículo, su libro adolecía tanto de inexactitud científica como de periodismo irresponsable, el equivalente seudoempírico de la telerrealidad, y sacaba provecho de la moda imperante y del dolor. Se ocupaba de generalidades sin detalles, de hechos sin comprensión, de casos sin sentimiento individual.
No leyó la crítica hasta el final. Dejó la revista abierta ante él, como una partitura para repentizar. A su alrededor, en la bien iluminada y acogedora biblioteca, se sentaban cuatro o cinco jubilados y otros tantos escolares. Ninguno de ellos le miraba. Las miradas comenzarían al día siguiente, cuando se presentara en el campus: la mirada despreocupada de los colegas, el fingimiento de que todo seguía como siempre, tras un entusiasmo enmascarado.
Pensó en informarse sobre el crítico, obtener una descripción de aquel personaje que destruía su reputación. No tenía sentido. Como Jess había dicho: al diablo con él. Cualquier explicación que Weber lograra no sería más que un relato contra aquel relato. Envidia, conflicto ideológico, promoción personaclass="underline" las explicaciones eran interminables. En el campo de la crítica, uno puntuaba cero por valorar positivamente a una figura ya consagrada. Con un blanco tan grande como Gerald Weber, uno ganaba puntos solo si entraba a matar.
Estos razonamientos le asqueaban incluso mientras los enumeraba. No había en la crítica nada extralimitado. Su libro era un blanco legítimo. A otro escritor le parecía un aprovechado: estaba en su derecho. Él mismo se había preocupado en ocasiones por esa posibilidad. Miró por el ventanal, al otro lado del centro comunal y las dos iglesias coloniales de severa y acendrada belleza. Leer lo peor que podían decir de él casi le aliviaba. «La mala prensa no existe», oía susurrar a Bob Cavanaugh.
El libro era lo que era y ninguna otra evaluación cambiaría su contenido. Una docena de personas en mundos destrozados, tratando de recomponerse: ¿qué había en semejante proyecto merecedor del ataque público? Si el autor no fuese él, Harper's no habría publicado una crítica de la obra. La misma crítica se ponía en evidencia, pues no pretendía destruir el libro, sino que apuntaba a Weber. Todo el que la leyera se daría cuenta de ello. Y, no obstante, si Weber había aprendido algo acerca de la especie, tras una vida entera dedicada a su estudio, era que la gente se movía como en rebaño. El núcleo de la intelectualidad, con los índices humedecidos en el aire, ya estaba calibrando el cambio de los vientos imperantes. Ahora la ciencia de la conciencia necesitaba protección contra el enfoque anecdótico, exiguo y aprovechado de Gerald Weber. Y curiosamente, mientras Weber dejaba de nuevo el ejemplar de la revista, dentro de su carpeta de plástico, en el estante, se sentía justificado. Durante todo el tiempo en que solo recibía elogios, algo en él había esperado a medias aquel momento.