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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Alzó la vista y miró a Lynley. Empezó a levantarse de la silla que había detrás del escritorio.

Lynley le indicó que continuara sentado. Se colocó detrás de él y vio una columna de postales sobre su cartapacio de piel. Las postales eran muestras del lote que, según Nkata, habían descubierto en el piso de Terry Cole.

Lynley vio que en algunas postales se ofrecían castigos, en otras se prometía dominación, y unas cuantas sugerían que era posible realizar todas las fantasías. Se hacía mención a baños de burbujas, masajes, servicios de vídeo, cámaras de tortura. Algunas postales ofrecían el uso de animales; algunas indicaban que podían proporcionarse disfraces. Muchas tenían fotografías que ilustraban placeres tales como «El transexual negro», «El ama definitiva» o «La tailandesa caliente». En suma, había algo para cada gusto, inclinación o perversión. Y como las postales, relucientes, no parecían haber pasado por las manos de un adolescente de palmas sudorosas con la masturbación en mente, la presencia de varios cientos de esas postales bajo la cama de Terry Cole solo podía conducir a la conclusión de que no las coleccionaba, sino que era un distribuidor, un engranaje de la gran maquinaria que vendía sexo en Londres.

Esto, al menos, explicaba el dinero en metálico que, según Cilla Thompson, siempre llevaba encima el muchacho. Los chicos que colocaban postales en todas las cabinas telefónicas del centro de Londres podían ganarse bien la vida, porque la tarifa vigente era de cien libras por cada quinientas postales colocadas. Y el servicio de estos muchachos era esenciaclass="underline" los empleados de British Telecom retiraban las postales a diario, y había que sustituirlas de forma continua.

Había dos postales aisladas en el centro del escritorio de Lynley. Una era la foto de una supuesta colegiala; la otra solo llevaba una inscripción. Lynley las cogió y examinó, desolado, mientras Nkata continuaba con su llamada.

«SHHH», estaba impreso en la primera. Debajo de la fotografía se leía: «¡No le cuentes a mamá lo que haces después de la escuela!» La foto plasmaba una mochila de la que caían libros, y una chica que se agachaba a recogerlos, con el trasero hacia la cámara. No era una colegiala normal. Su corta falda plisada revelaba unas bragas negras y unas medias negras altas hasta el muslo, coronadas de encaje. Estaba mirando con timidez a la cámara, con el cabello rubio resbalando sobre su rostro. Bajo sus zapatos de tacón había un número de teléfono, y la palabra «¡llámame!» escrita a mano.

– Vaya -susurró Lynley. Y cuando Nkata terminó su llamada dijo, como si una explicación a plena luz del día pudiera negar lo que había oído de labios del agente en plena noche-: En otro momento me informarás sobre la situación de cabo a rabo, Winnie.

– Deje que llame a Barb. Es la que se ha devanado los sesos.

– ¿Havers? -El tono de Lynley detuvo al otro hombre antes de que descolgara el teléfono-. Winston, di una orden. Dije que la quería en los ordenadores. Me aseguraste que lo estaba haciendo. ¿Por qué está interviniendo en esta parte de la investigación?

Nkata mostró sus palmas, vacías e inocentes.

– No está interviniendo -dijo-. Me llevé la caja de postales en su coche anoche, cuando volví desde Battersea. Pasé a ver cómo le iba con el cris. Me preguntó si podía llevarse las postales a casa para echarles un vistazo. El resto… Ya se lo explicará ella.

La expresión cándida de Nkata era la propia de un niño sentado en las rodillas de Papá Noel, lo cual revelaba que la historia era más enrevesada de lo que afirmaba. Lynley suspiró.

– Llámala, pues.

Nkata cogió el teléfono. Marcó el número y, mientras esperaba la conexión, dijo con solemnidad:

– En este momento está trabajando en el cris. Lleva allí desde las seis de la mañana.

– Sacrificaré un ternero en su honor -replicó Lynley.

– Vale -dijo Nkata, inseguro, poco propenso a las exégesis o alusiones bíblicas-. El jefe está aquí, Barb -anunció, y colgó.

Mientras esperaban a Havers, Lynley examinó la segunda postal. No quería pensar en las angustias que aguardaban a los padres de la muchacha asesinada, de modo que devolvió su atención a Nkata.

– ¿Algo más esta mañana, Winnie?

– Las Cole me enviaron un mensaje al busca. La madre y la hermana. Precisamente estaba hablando con la hermana ahora.

– La chaqueta del chico ha desaparecido.

– ¿La chaqueta?

– Exacto. Una chaqueta de cuero negro. Siempre la llevaba cuando iba en moto. Cuando usted entregó a la señora Cole la lista de los efectos personales del chico, aquellos recibos, ¿se acuerda?, la chaqueta no constaba. Creen que alguien la robó en la comisaría de Buxton.

Lynley recordó las fotografías del escenario del crimen. Pensó en las pruebas que había examinado en Buxton.

– ¿Están seguras sobre la chaqueta? -preguntó.

– Siempre la llevaba, afirmaron. Y no habría ido al norte en camiseta, que era la única prenda de abrigo que llevaba… según los recibos, al menos. Jamás habría ido en moto por la autopista en camiseta, dijeron.

– No hace mucho frío.

– La chaqueta no solo servía para calentarse, sino también como protección. Si sufría un accidente en la carretera, la chaqueta amortiguaría los golpes, dijeron. Por eso quieren saber dónde está.

– ¿No estaba en su piso?

– Barb registró su ropero, así que ella podrá decirle… -Nkata se interrumpió con brusquedad y tuvo el detalle de ruborizarse un poco.

– Ah -dijo Lynley significativamente.

– Después trabajó en los ordenadores la mitad de la noche -se apresuró a explicar Nkata.

– No me cabe duda. ¿De quién salió la idea de que te acompañara al piso de Cole?

La llegada de Havers salvó a Nkata de tener que contestar. Apareció con la libreta en ristre, con el atuendo más profesional que Lynley le había visto nunca.

No se dejó caer en la silla delante de su escritorio como de costumbre, sino que se quedó junto a la puerta abierta, como si se hubiera puesto firmes. A la pregunta de Lynley acerca de la chaqueta, respondió al cabo de un momento durante el cual pareció estudiar la expresión del otro detective, como si fuera un barómetro que le permitiría saber el ambiente que reinaba en el despacho de Lynley.

– ¿La ropa del chico? -dijo con cautela cuando el sutil gesto de Nkata le informó que, al menos en apariencia, sería moderadamente inofensivo revelar que, una vez más, había sido negligente en sus obligaciones-. Bien. Hummm.

– Ya hablaremos más tarde de lo que en teoría tendría que haber estado haciendo, Havers -dijo Lynley-. ¿Había una chaqueta de cuero negro entre las ropas del chico?

Ella consiguió componer una expresión de incomodidad, observó Lynley. Algo es algo. Barbara se humedeció los labios y carraspeó. Todo era negro, informó. Había jerséis, camisas, camisetas y tejanos en su ropero. Pero no una chaqueta, al menos de cuero.

– Había una chaqueta más ligera, una cazadora -dijo-. Y un abrigo. Muy largo, como de la época de la Regencia. Eso era todo. -Una pausa. Luego, se arriesgó-: ¿Por qué?

Nkata se lo contó.

– Alguien debió de llevársela del lugar del crimen -fue la inmediata deducción de Havers-. Señor -añadió en dirección a Lynley, como si aquella palabra respetuosa indicara una reverencia recién descubierta hacia la autoridad.

Lynley pensó en lo que su conjetura implicaba. Ahora faltaban dos prendas del lugar de los hechos: una chaqueta y un impermeable. ¿Volvían a los dos asesinos?

– Tal vez la chaqueta delata al culpable -dijo Havers, como si hubiera leído su mente.

– Si nuestro asesino estaba preocupado por las pruebas forenses, habría desnudado el cuerpo por completo. ¿Qué ganaba cogiendo solo la chaqueta?

– ¿La utilizó para cubrirse? -sugirió Nkata.

– Tenía el impermeable para ocultar las manchas de sangre.

– Pero si debía parar en algún sitio después del asesinato, o si cabía que le viesen cuando volvía a su casa, no podía llevar el impermeable. Aquella noche no llovió.

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