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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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«Tú no» fue lo que no verbalizó, pero a Samantha no le hacía falta. Siempre había creído que una demostración directa de sus virtudes bastaría para ganarse el afecto de alguien. Las virtudes femeninas poseían una virtud que el atractivo sexual nunca podría igualar. Y cuando la concupiscencia y la pasión morían a causa de la convivencia, uno necesitaba que algo fundamental ocupara su lugar. O eso le habían enseñado a creer a lo largo de una adolescencia y una juventud marcadas por la soledad.

– No podría haber salido mejor -estaba diciendo Jeremy-. Recuérdalo, Sammy: las cosas siempre acaban como deben.

Samantha notó que sus palmas se humedecían, y las frotó en la falda que se había puesto para cenar.

– Eres la mujer adecuada para él. La otra… no lo era. No te llegaba ni a las suelas de los zapatos. No habría aportado nada al matrimonio con Julie, salvo el único par de tobillos decentes que los Britton han visto en doscientos años, mientras que tú comprendes nuestro sueño. Tú puedes compartirlo, Sammy. Tú puedes lograr que ocurra. Contigo, Julie resucitará Broughton Manor. Con ella… Bien, como ya he dicho, las cosas siempre acaban como deben. Ahora lo que debemos hacer…

– Siento que haya muerto -le interrumpió Samantha, porque sabía que debía decir algo, y una expresión convencional de pesar era lo único que podía ofrecer para detenerle-. Lo siento, por Julie. Está destrozado, tío Jeremy.

– Ya. Y por ahí vamos a empezar.

– ¿Empezar?

– No te hagas la inocente conmigo. Y por el amor de Dios, no te hagas la idiota. El camino está despejado y hay que hacer planes. Ya te has esforzado bastante en seducirle…

– Te equivocas.

– … y has puesto unos cimientos sólidos. Ahora empezaremos a construir a partir de esos cimientos. No hay que apresurarse, ¿sabes? Aún no hace falta que entres en su habitación con las bragas en la mano. Todo a su tiempo.

– Tío Jeremy, ni siquiera he pensado…

– Estupendo. No pienses. Yo lo haré por ti. A partir de este momento no hagas nada. -Se llevó el vaso a los labios y clavó su mirada en ella por encima del borde-. Cuando una mujer complica las cosas, las cosas se van al carajo, si sabes a qué me refiero. Y yo diría que sí.

Samantha tragó saliva, paralizada por su mirada. ¿Cómo era posible que un alcohólico envejecido, un borracho de mierda, por el amor de Dios, pudiera turbarla con tanta facilidad? Claro que en ese momento no parecía borracho. La película terminó, y la cinta repiqueteó ruidosamente, mientras el proyector continuaba funcionando. Jeremy no pareció darse cuenta.

– Le quieres, ¿verdad? -preguntó-. Y no me mientas, porque si te voy a ayudar a cazar al chico quiero saber los detalles. Bueno, no todos, no te preocupes. Solo el importante, si le quieres.

– No es un chico. Es un hombre que…

– Aún no.

– … sabe lo que quiere.

– Y una mierda. Sabe lo que quiere su polla. Hemos de conseguir que llegue a desear metértela.

– Por favor, tío Jeremy…

Escuchar aquello era horrible, inconcebible, humillante. Samantha era una mujer que se había abierto un camino en la vida, y colocarse en la posición de depender de otra persona para amoldar los acontecimientos y la gente a sus deseos no solo era ajeno a su pensamiento, sino también arriesgado y peligroso.

– Sammy, ángel mío, estoy de tu parte. -La voz de Jeremy era persuasiva, de la misma forma que uno anima a un cachorrillo a salir de debajo de una silla. La estaba mirando con los ojos entornados y la barbilla apoyada en los dedos, en la actitud piadosa de alguien que estuviera rezando-. Estoy de tu parte al cien por cien. Limítate a escucharme, ángel mío. He de saber exactamente de qué parte estás tú, antes de actuar en tu nombre.

Pese a su cautela, Samantha se oyó decir:

– ¿Actuar? ¿Qué quieres decir, tío Jeremy?

– Eso da igual. Dime solo la verdad.

Samantha intentó apartar los ojos de él, pero fracasó.

– Solo un dato sin importancia, Sammy. ¿Tú quieres al chico? Créeme, no hace falta que digas nada más. No me interesa saber nada más. ¿Le quieres?

– No puedo contestar…

– Sí que puedes. Es muy sencillo. Dos palabras. Y no te matarán. Las palabras, quiero decir. Las palabras no matan. Pero imagino que ya lo sabes, ¿verdad?

Ella no podía apartar la vista. Lo intentaba, con desesperación, pero no podía.

– Quiero que sea tuyo tanto como tú -dijo Jeremy-. Di las palabras.

Acudieron a sus labios como por voluntad propia, como si él las hubiera conjurado y ella no pudiera impedírselo.

– De acuerdo. Le quiero.

Jeremy sonrió.

– No me digas nada más.

Barbara Havers experimentaba la sensación de que alguien le hubiera clavado espinas bajo los párpados. Era su cuarta hora de exploración informática en el cris, el Crime Recording Information System, y ya se estaba arrepintiendo de haber prometido a Nkata que trabajaría día y noche para cumplir el mandato del inspector Lynley. No estaba consiguiendo nada con aquella basura, aparte de la posibilidad de llegar a destinos señalados como Retinas lesionadas e Hipermetropía inminente.

Después de registrar el apartamento de Terry Cole, Nkata y Barbara habían ido al Yard. Allí, después de trasladar el cannabis y la caja de postales al Mini de Barbara, para ocuparse de ellos después, se habían separado. Nkata se fue para devolver el Bentley de Lynley a su casa de Belgravia. Barbara, a regañadientes, se dispuso a cumplir la promesa que había hecho a Nkata de ceñirse a sus obligaciones informáticas.

Hasta el momento, solo había desenterrado montones de mierda, lo cual no la sorprendía. En lo que a ella concernía, después de descubrir las postales en el piso de Battersea, flechas de neón habían señalado a Terry Cole como el objetivo principal del asesino, pero no a Nicola Maiden, y a menos que pudiera vincular a Terry Cole con la época en que Andy Maiden había prestado sus servicios en el SO10, el trabajo de investigar archivos era una pérdida de tiempo. Solo un nombre que saltara desde la pantalla, cubierto de sangre y gritando «¡Yo soy el que buscas, nena!», la convencería de lo contrario.

De todos modos, sabía que más le convenía obedecer las órdenes de Lynley. De modo que había leído los casos de los quince nombres que le había proporcionado, para después organizarlos en categorías arbitrarias, ergo inútiles, que había denominado Drogas, Chantajistas en potencia, Prostitución, Crimen organizado y Asesinos a sueldo. Había distribuido los nombres de la lista de Lynley entre estas categorías, y añadido las cárceles a que cada malhechor había sido enviado. Averiguó la duración de la condena y la añadió al cóctel, y después había iniciado el proceso de descubrir cuántos reos se encontraban en libertad condicional. Sin embargo, determinar la duración de anteriores condenas era algo que consideraba imposible a aquellas horas de la noche. De modo que, con la convicción de que había sido virtuosa, juiciosa y obediente, a las doce y media decidió que ya era hora de volver a casa y descabezar un sueñecito.

Había poco tráfico, de modo que llegó a la una. Con Terry en mente, así como la posibilidad de descubrir el móvil de su muerte entre las pruebas, recogió la caja de postales y atravesó el jardín a oscuras en dirección a su vivienda.

La luz del contestador automático estaba parpadeando cuando entró y dejó la caja de cartón sobre la mesa. Encendió la lámpara, cogió un montón de postales sujetas con una goma elástica y cruzó la habitación para escuchar las llamadas.

La primera era de la señora Flo, la cual le comunicaba que «tu madre ha mirado tu foto esta mañana, querida Barbie, y dijo tu nombre. Con una claridad pasmosa. Dijo: "Esta es mi Barbie. " ¿Qué te parece? Quería que lo supieras porque… Bien, es deprimente cuando se lía de esa manera, ¿verdad? Y esa tontería acerca de… ¿cómo se llamaba? ¿Lilly O'Ryan? Bueno, da igual. Todo el día ha hecho gala de una lucidez increíble. Así que no temas que te haya olvidado, porque no es así. ¿De acuerdo, querida? Confío en que estés bien. Hasta pronto. Adiós, Barbie. Adiós. Adiós».

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