El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Pero adecuado para fantasmas cuyas visitas se desea abreviar.
Helen rió.
– Eso es.
Lynley no dijo nada hasta que ella hubo seleccionado las muestras que deseaba. Cubrió la cama con ellas, así como casi todo el suelo. Todo el rato estuvo pensando en que era muy extraño que dos días antes hubieran discutido. Ahora ya no experimentaba irritación ni animosidad. Ni aquella sensación de haber sido traicionado que había despertado en él una indignación tan virtuosa. Solo sentía un sereno resurgir de su afecto hacia ella, que algunos hombres habrían identificado como lujuria y procedido en consecuencia, pero él sabía que no tenía que ver con el sexo sino con el amor.
– Tenías mi número de Derbyshire -dijo-. Se lo di a Denton. Y también a Simon.
Ella levantó la vista. Un mechón de pelo castaño se enredó en la comisura de su boca. Lo apartó.
– No llamaste -añadió Lynley.
– ¿Debía hacerlo? -La pregunta no fue evasiva-. Charlie me dio el número, pero no me dijo que le habías pedido…
– No es que debieras llamar, pero confiaba en que lo hicieras. Quería hablar contigo. Te fuiste de casa en plena discusión y no me gustó acabar así. Quería aclarar las cosas.
– Oh.
Era una palabra insignificante. Helen se acercó al antiguo tocador georgiano de la habitación y se sentó en el taburete. Le observó con semblante serio, con una sombra que jugueteaba sobre su mejilla donde el pelo protegía su cara de un rayo de luz que entraba por la ventana. Recordaba tanto a una colegiala a la espera de recibir un castigo, que Lynley se vio forzado a replantearse sus quejas hacia ella.
– Lamento la discusión, Helen -dijo-. Solo estabas dando tu opinión. Tenías todo el derecho. Te ataqué porque quería que me apoyaras. Es mi mujer, pensé, es mi trabajo, y se trata de decisiones que me he visto forzado a tomar en mi trabajo. La quiero a mi lado, no enfrentada a mí. En aquel momento no pensé en ti como en una persona independiente, sino como una extensión de mí. Cuando cuestionaste mi decisión acerca de Barbara, se me cruzaron los cables y perdí los estribos. Lo siento.
Helen bajó la vista y recorrió con los dedos el borde del taburete.
– No me fui de casa por el hecho de que perdieras los estribos. Bien sabe Dios que ya he sido testigo de ese hecho en anteriores ocasiones.
– Sé por qué te fuiste. Y no debería haberlo dicho.
– ¿Haber dicho qué?
– Aquel comentario. La redundancia. Fui irreflexivo y cruel. Me gustaría que me perdonaras por ello.
Ella alzó la vista.
– Solo fueron palabras, Tommy. No has de pedir disculpas por tus palabras.
– De todos modos, te las pido.
– No. Lo que quiero decir es que ya estás perdonado. Fuiste perdonado al instante, si quieres saberlo. Las palabras no equivalen a la realidad. Solo son expresiones de lo que la gente ve.
Se agachó, cogió una muestra de papel y la examinó. Por lo visto, sus disculpas habían sido aceptadas. Pero Lynley tenía la sensación de que el problema aún no estaba del todo zanjado.
De todos modos, para seguirle la corriente, dijo en referencia a la muestra:
– Me parece una buena elección.
– ¿De veras? -Helen la dejó caer al suelo-. Tomar decisiones es demasiado para mí. Y aún más tener que ser coherente con ellas.
Señales de advertencia se encendieron en la conciencia de Lynley. Su esposa no había aceptado casarse con él como la más ansiosa de las novias. De hecho, le había costado bastante tiempo convencerla de que el matrimonio era lo que más le convenía. La más joven de cinco hermanas, casadas con individuos muy diferentes, desde un aristócrata italiano hasta un ganadero de Montana, había sido testigo de las vicisitudes y extravagancias producto de cualquier relación permanente. Y nunca había mentido sobre su reticencia a implicarse en algo que podía exigirle más de lo que se consideraba capaz de dar. Por otra parte, nunca había sido una mujer que permitiera a los desacuerdos momentáneos imponerse a su sentido común. Habían intercambiado algunas palabras desagradables, eso era todo. Las palabras no presagiaban necesariamente nada.
– Cuando me di cuenta de que te quería -dijo de todos modos, para contradecir las implicaciones de la frase de Helen-, me resultó imposible comprender cómo había estado ciego durante tanto tiempo. ¿Te lo había dicho alguna vez? Habías sido parte de mi vida durante años, pero siempre a una distancia prudencial, como amiga. Y cuando supe que te quería, correr el riesgo de tener algo más que tu amistad me pareció lo más arriesgado de todo.
– Era lo más arriesgado -dijo Helen-. Rebasado cierto punto, ya no hay vuelta atrás, ¿verdad? Pero no me arrepiento del riesgo. ¿Y tú, Tommy?
Lynley exhaló un suspiro de alivio.
– Estamos en paz.
– ¿No lo estábamos?
– Me pareció… -Vaciló, sin saber muy bien cómo describir el cambio que estaba sintiendo entre ellos-. Nos espera un período de reajuste, ¿verdad? No somos niños. Llevábamos vidas independientes antes de casarnos, de modo que tardaremos un tiempo en adaptarnos a una vida que incluya al otro en todo momento.
– Así era. -Helen lo dijo en tono de afirmación, con aire pensativo. Le miró.
– ¿Así era qué?
– Llevábamos vidas independientes. Oh, ya sé que tú sí. ¿Quién podría discutirlo? Pero en cuanto a la otra mitad de la ecuación… -Hizo un gesto desvalido en dirección a las muestras-. Habría elegido las flores sin vacilar. Pero las flores son cursis, según Charlie. Nunca me he considerado inepta en el terreno del diseño de interiores. Tal vez solo me estaba engañando al respecto.
Lynley no la conocía desde hacía más de quince años para dejarse engañar por sus palabras.
– Helen, estaba irritado. Cuando estoy irritado soy el primero en perder los papeles, pero como has señalado, lo que dije fueron simples palabras. Eran tan ciertas como decir que soy la viva imagen de la sensibilidad. Cosa que no soy, como ya sabes.
Mientras hablaba, Helen había empezado a apartar diseños florales. Cuando él terminó, se detuvo. Le miró con la cabeza ladeada y expresión dulce.
– No entiendes lo que estoy diciendo, ¿verdad? Es que no puedes, claro. Si yo estuviera en tu lugar, tampoco lo entendería.
– Sí que te entiendo. Corregí tu lenguaje. Estaba enfadado porque no me apoyabas, de modo que reaccioné como creía que tú habías reaccionado: a la forma en lugar de a la sustancia. Y de paso, te ofendí. Lo siento.
Helen se puso en pie, con las muestras de papel apretadas contra el pecho.
– Tommy, me has descrito tal como soy -dijo con sencillez-. Me fui de casa porque no quería escuchar la verdad de la que he huido durante años.
15
Las mujeres siempre habían constituido un misterio para él. Helen era una mujer. Ergo, Helen siempre sería un misterio. Al menos, eso pensaba Lynley mientras se desplazaba desde Belgravia hasta New Scotland Yard.
Le habría gustado continuar la discusión, pero ella dijo con dulzura:
– Tommy, querido, has vuelto a Londres para trabajar, ¿no? Has de hacerlo. Vete. Ya hablaremos después si es necesario.
Lynley, un hombre habituado a obtener lo que deseaba en un abrir y cerrar de ojos, detestaba todo tipo de aplazamientos. Pero Helen tenía razón. Ya se había demorado mucho en casa. La besó y se marchó al Yard.
Encontró a Nkata en su despacho, llamando por teléfono. Estaba anotando algo en su libreta.
– Descríbala lo mejor que pueda… ¿Qué clase de cuello tiene, por ejemplo? ¿Lleva cierres o cremallera? Mire, cualquier cosa que me proporcione es más de lo que tengo en este momento… ¿Humm? Sí. De acuerdo. Bien. Esperaré… Dígaselo a ella también. Adiós.