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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Gracias a Dios por esos pequeños favores, pensó Barbara. Había poco que celebrar por un día de lucidez, comparado con semanas y meses de demencia, pero había aprendido a saborear sus triunfos a pequeñas cucharadas en lo concerniente a los fugaces momentos de coherencia de su madre.

El segundo mensaje empezaba con un alegre «hola hola», seguido por tres notas musicales. «¿Lo has oído? Estoy aprendiendo flauta. Me la han regalado hoy después de salir de la escuela, ¡y voy a estar en la orquesta! Me lo pidieron a mí en especial, pregunté a papá si me daba permiso y dijo que sí, de modo que ahora toco la flauta. Claro que no toco muy bien. Pero estoy practicando. Ya me sé la escala. Escucha.» Se oyó el ruido del auricular al caer sobre una superficie sólida. Luego, sonaron ocho notas vacilantes, henchidas de aire como la primera. A continuación: «¿Lo has oído? La profesora dice que poseo un talento natural, Barbara. ¿Tú también lo crees?» La voz fue interrumpida por otra, la de un hombre que hablaba en voz baja al fondo. «Ah. Soy Khalidah Hadiyyah y llamo desde el piso de la planta baja. Papá dice que he olvidado decirlo. Pero supongo que sabes quién soy, ¿verdad? Quería recordarte lo de mi lección de costura. Es mañana, y dijiste que querías verme en plena faena. ¿Aún quieres venir? Como merienda, tomaremos el resto de la manzana acaramelada. Llámame, ¿vale?» Y colgaron el auricular al otro extremo de la línea.

Después, Barbara escuchó la voz serena y elegante de la esposa del inspector Lynley. Helen dijo: «Barbara, Winston acaba de devolver el Bentley. Me dijo que estabas trabajando en el caso, aquí en la ciudad. Me alegro mucho, de verdad. Sé que tu trabajo te reconciliará con toda la gente del Yard. ¿Serás paciente con Tommy? Te tiene en muy alta estima y… Bien, supongo que ya lo sabes. Es que la situación… lo que pasó en verano… le pilló por sorpresa. Así que… Qué lata. Solo quería desearte suerte en el caso. Tu trabajo con Tommy siempre ha sido brillante, y sé que esta vez será igual.»

Barbara se encogió. Su conciencia la aguijoneó, pero enmudeció la voz que la acusaba de haber desafiado las órdenes de Lynley durante buena parte del día, y anunció en silencio que no estaba desafiando a nadie. Solo estaba tomando la iniciativa, y complementando su misión con actividades adicionales exigidas por la lógica de una investigación en curso.

Era una excusa tan buena como cualquier otra.

Se sacó los zapatos y se dejó caer sobre el sofá cama, donde quitó la goma del paquete de postales. Empezó a examinarlas. Y mientras estaba enfrascada en esa actividad, pensó en que Terry Cole se estaba revelando, en muchos sentidos, como la víctima de un asesino, en tanto que Nicola Maiden, desde todos los puntos de vista, no era más que una chica de veinticinco años, sexualmente activa, que tenía uno o dos hombres en cada puerto y un amante rico cogido de las pelotas. Y si bien los celos de uno de esos hombres tal vez le habían impulsado a matarla, no existía ningún motivo para hacerlo en los páramos, sobre todo al comprobar que estaba con alguien. Habría sido más sensato esperar a sorprenderla sola. A menos que, por supuesto, Terry y ella estuvieran enfrascados en algo que, en aquel momento, le obnubiló. En cuyo caso, cegado por la rabia y los celos, habría podido atacar derechamente a su supuesto rival, acabando con ella después de haber dado buena cuenta del muchacho. Pero parecía improbable. Nada de lo que Barbara había averiguado sobre Nicola hasta el momento sugería que tuviera debilidad por adolescentes en paro.

Terry, por su parte, estaba demostrando ser una mina en relación a móviles de asesinato. Según Cilla, siempre andaba con dinero, y las postales que Barbara estaba desplegando sobre el sofá cama sugerían un empleo sumergido rodeado de violencia. Pese a lo que su madre proclamaba sobre el gran encargo que Terry había recibido, pese a lo que la señora Baden había afirmado sobre la bondad y generosidad del muchacho, cada vez parecía más probable que el auténtico Terry Cole había vivido cerca del bajo vientre de la vida inglesa, si es que no estaba metido de pleno en él. Relacionado con ese bajo vientre había drogas, pornografía, películas snuff, pedofilia, perversión y trata de blancas. Por no mencionar un centenar de sabrosas perversiones, todas las cuales podían suscitar un motivo de asesinato.

Habían acotado casi todo lo referente a Nicola: desde su estilo de vida en Londres hasta sus provisiones de fondos. Aún tenían que descubrir por qué había ido a trabajar a Derbyshire en verano, pero ¿qué demonios tenía que ver eso con su asesinato?

Por otra parte, no tenían nada concreto sobre la vida de Terry Cole. Hasta que Barbara había encontrado las postales.

Las miró, ordenadas en filas sobre el sofá cama, y se humedeció los labios. Venga, les dijo, dadme alguna pista. Sé que está ahí, sé que una de vosotras puede decírmelo. Lo sé, lo sé.

Aún se acordaba de la apasionada reacción de Cilla Thompson al ver las postales: «Nunca me contó nada de esto. Nunca, ni en cien años. Pretendía ser un artista, por el amor de Dios. Y los artistas dedican su tiempo al arte. Cuando no están creando, están pensando en la creación. No van por Londres colocando esta mierda. El arte llama al arte, así que te expones al arte. Esto -con un gesto desdeñoso en dirección a las postales- es una vida expuesta a la mierda más absoluta.»

Pero Terry nunca se había interesado por el arte, imaginó Barbara. Se había interesado por otra cosa muy diferente.

El primer juego constaba de cuarenta y cinco postales todas diferentes. Y por más que las estudió, dividió en categorías o intentó eliminarlas una a una, Barbara se vio forzada a admitir que solo el teléfono, incluso a aquella hora de la noche, iba a ayudarla a dar el siguiente paso.

Apartó toda idea de que Terry Cole estuviera relacionado con el pasado de Andy Maiden en el SO10. Desechó completamente que el SO10 estuviera relacionado con el caso.

Descolgó el auricular. Sabía muy bien que, pese a la hora, habría cuarenta y cinco sospechosos al otro extremo de la línea, a la espera de que alguien les llamara y formulara algunas preguntas.

Mediante el expediente de despertarse al alba y desplazarse en coche hasta el aeropuerto de Manchester, Lynley consiguió alcanzar el primer vuelo a Londres. Eran las diez menos veinte cuando el taxi le dejó en la puerta de su casa, en Eaton Terrace.

Se detuvo antes de entrar. Pese a la espléndida mañana (el sol se reflejaba en las ventanas de las casas que bordeaban la silenciosa calle), experimentó la sensación de caminar bajo una nube. Sus ojos tomaron nota de los magníficos edificios, las verjas de hierro forjado sin una mancha de óxido que mancillara la pintura negra, y pese al hecho de que había nacido en el período de paz más dilatado que su país había conocido jamás, no pudo evitar pensar en la guerra.

Londres había sido destruida. Noche tras noche, las bombas caían sobre la ciudad, reduciendo extensas zonas de la metrópolis a cascotes y escombros. La City, los muelles y los suburbios, en ambas márgenes del río, habían padecido los peores daños, pero nadie había escapado al miedo en la capital de la nación. De noche, lo presagiaban las sirenas y el silbido de las bombas. Se concretaba en explosiones, incendios, pánico, confusión, incertidumbre, y las secuelas de todo ello.

No obstante, Londres se había obstinado en renovarse como había hecho durante dos mil años. Las tribus de Boadicea no la habían conquistado, ni la peste ni el Gran Incendio la habían subyugado, de manera que los bombardeos no podían confiar en derrotarla. Porque siempre conseguía renacer del dolor, la destrucción y la muerte.

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