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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿Le hizo lo mismo a usted?

– Tendría que haberlo previsto. Stan, su novio, vino al piso cuando ella le pinchó los neumáticos del coche. Estaba enfurecido y quería ponerla en vereda. Pero fue ella la que le puso en vereda.

– ¿Cómo?

– Le rajó con un cuchillo de carnicero.

Nkata miró a Lynley. Este asintió. Los asesinos suelen tener un arma favorita. Pero ¿por qué matar a Nicola, si el objetivo de Shelly era Vi?, se preguntó. ¿Y por qué tardó tantos meses?

Dio la impresión de que Vi adivinaba sus preguntas silenciosas.

– Ella no sabía dónde estaba Nikki, pero sí sabía que Terry era amigo íntimo de ella. Si le siguió, solo era cuestión de tiempo que la condujera hasta Nikki. -Bebió un poco más y cogió una servilleta para secarse la comisura de la boca-. Puta asesina -masculló-. Espero que se pudra.

– «Esta puta se ha llevado su merecido» -murmuró Lynley, ahora que ya sabía el origen de la nota descubierta en el bolsillo de Nicola Maiden.

– Necesitaremos su dirección, si la tiene. Y también una lista de los clientes de Nicola.

La joven volvió la cabeza con brusquedad hacia él.

– No ha sido un cliente. Ya se lo he dicho.

– Sí, pero también me ha dicho que había un hombre en Londres con el que Nicola mantenía una relación más estrecha de lo que cabría esperar entre un cliente y… -Buscó un eufemismo.

– Su acompañante de una noche -colaboró Nkata.

– Y puede que le encontremos entre los hombres a los que prestaba servicios con regularidad -terminó Lynley.

– Bien, si había alguien, no sé nada de él -dijo Vi.

– Me cuesta creerlo -replicó Lynley-. No esperará que acepte la idea de que pagan este dúplex con las únicas ganancias de su comercio sexual.

– Crea lo que quiera -dijo Vi Nevin, pero sus dedos subieron hasta el pañuelo y lo aflojaron.

– Señorita Nevin, estamos buscando a un asesino. Si es el hombre que instaló a Nicola Maiden en esta casa, ha de darnos su nombre. Porque si pensaba que tenía un arreglo con ella y luego descubrió que le engañaba, tal vez eso le impulsó a asesinarla, y yo diría que no le hará ninguna gracia que usted siga aquí a sus expensas, ahora que Nicola ha muerto.

– Ya ha oído mi respuesta.

– ¿El tío es Reeve? -preguntó Nkata.

– ¿Reeve? -Vi cogió su vaso de nuevo.

– Martin Reeve. MKR Financial Management.

La joven no bebió sino que dio vueltas al líquido y lo contempló, mientras los cubitos resonaban.

– Mentí sobre MKR -dijo por fin-. Nunca trabajé para Martin Reeve. Ni siquiera le conocía. Solo sabía de él y de Tricia por lo que Nicola contaba. Cuando ayer me preguntó sobre él, le seguí la corriente. Lo siento. No sabía lo que usted sabía sobre mí y sobre Nikki. Y en mi profesión, es absurdo confiar en la policía.

– ¿Cómo se conocieron ustedes? -preguntó Nkata.

– ¿Nikki y yo? En un pub. El Jack Horner, en Tottenham Court Road, cerca de su facultad. La estaba acosando un tío calvo, panzudo y con unos dientes muy feos, y en cuanto la dejó en paz nos estuvimos riendo de él. Empezamos a charlar y… -Se encogió de hombros-. Nos enrollamos. Era fácil hablar con Nikki y confiarse a ella. Se interesó por mi trabajo, y cuando supo el dinero que se podía ganar, mucho más de lo que cobraba en MKR, decidió intentarlo.

– ¿No le importó la competencia? -preguntó Lynley.

– No existía.

– No comprendo.

– A Nikki no le gustaba lo normal -explicó Vi-. Solo recibía a los hombres que querían masoquismo. Disfraces, teatro, dominación. Yo hago de niña pequeña para hombres que las prefieren de doce años, sin el riesgo de ir a la cárcel. Pero hasta ahí llego. Proporciono alivio manual y oral además del número de la niña, por supuesto. Por otra parte, mi oferta era lo que Nikki más detestaba: romance, seducción y comprensión. Le asombraría saber cuánto escasea todo eso entre maridos y mujeres.

– De modo que entre ustedes dos -concluyó Lynley, al tiempo que soslayaba la discusión sobre si el matrimonio podía degradar una relación- cubrían todos los gustos e inclinaciones.

– En efecto. Y Shelly lo sabía. Y también sabía que no iba a preferirla por encima de Nikki si no se llevaban bien, después de que Nikki y yo formáramos equipo. Por eso ha de hablar con ella. No con ese cliente inexistente lo bastante rico para poner este piso a Nikki.

– ¿Dónde podemos encontrar a esa Shelly? -preguntó Nkata.

Vi no tenía su dirección, pero sería fácil localizarla, dijo. Era cliente asidua de The Stocks, un club de Wandsworth que «abastecía a individuos con intereses específicos». Era, añadió Vi, «muy amiga» del camarero.

– Si no está allí ahora, él le dirá dónde localizarla -dijo.

Lynley la observó y decidió que, pese al volumen de información que les había facilitado, aún deseaba someterla a algún tipo de prueba de la verdad. La labia era una de las principales virtudes para sobrevivir en su profesión, y la prudencia, aparte de los años de codearse con los que vivían al margen de la ley, sugería que no debía creerla a pies juntillas.

– Los movimientos de Nicola Maiden en los meses precedentes a su muerte parecen contradictorios, señorita Nevin -dijo-. ¿Utilizaba la prostitución como fuente de ingresos rápidos para mantenerse a flote, hasta que la práctica del derecho le resultara rentable?

– No hay práctica del derecho tan lucrativa como esta -dijo Vi-. Al menos cuando eres joven. Por eso Nikki dejó la facultad. Sabía que podía volver al derecho cuando tuviera cuarenta años. Pero a su edad no se puede ir con medias tintas. Para ella, lo lógico era ganar dinero mientras pudiera.

– Entonces ¿por qué pasó el verano trabajando para un abogado? ¿O es que hacía algo más que trabajar para él?

Vi se encogió de hombros.

– Eso tendrá que preguntárselo al abogado.

Barbara Havers trabajó con los ordenadores hasta las once y media. Había dejado el despacho de Lynley tan furiosa que había sido incapaz de asimilar ninguna información durante la primera hora ante el monitor. Pero cuando estaba leyendo el séptimo informe ya se había calmado. Lo que había sido rabia se metamorfoseó en ciega determinación. Su papel en la investigación ya no era una cuestión de redimirse ante los ojos del hombre al que respetaba desde hacía tanto tiempo. Ahora se trataba de demostrarse a sí misma, además de a Lynley, que estaba en lo cierto.

Podría haber soportado cualquier otra cosa que no fuera la indiferencia profesional con que él le asignaba sus actuales tareas. Si hubiera percibido en su rostro patricio el menor indicio de desdén, impaciencia, desatención u odio, le habría plantado cara y se habrían enzarzado en una batalla abierta, como otras veces en el pasado. Pero al parecer había llegado a la conclusión de que Barbara era una negada para su profesión, y nada que ella dijera para explicar sus actos iba a conseguir que cambiara de opinión. La única alternativa era demostrarle que su análisis era incorrecto.

Solo había una forma de conseguirlo, y Barbara sabía que aquello iba a poner su carrera en peligro. Pero también sabía que su carrera no valía nada en aquel momento. Y nunca podría volver a tener una, a menos que se liberara de los grilletes de la sensatez que la atenazaban.

Empezó con la idea de ir a comer. Estaba en el Yard desde primera hora de la mañana y se merecía un descanso. ¿Y por qué no dar un paseo?, pensó. No estaba escrito en parte alguna que debiera comer siempre en Victoria Street. De hecho, un paseíto por el Soho significaría concederse un poco de ejercicio, antes de afrontar más horas examinando los casos del SO10 en el CRIS.

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