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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Por tanto, tal vez podía defenderse que el empeño y el dolor conducían a la grandeza, pensó Lynley, que la resolución, una vez puesta a prueba por la adversidad, adquiría firmeza, y la comprensión del mundo, cuestionada en el seno de las penalidades y las ideas generalizadas erróneas, se potenciaba para siempre. Pero la idea de que las bombas daban como fruto la paz, de la misma forma que el parto de una mujer conducía al nacimiento de un ser, no eran suficientes para disipar las tinieblas, la aprensión y el miedo. No hay mal que por bien no venga, en efecto. Lo que nadie quiere es contemplar el infierno intermedio.

A las seis de la mañana había telefoneado a Hanken para comunicarle que «una información crucial» desvelada por los agentes de Londres que trabajaban en el caso exigía su regreso a la ciudad. Se pondría en contacto con Derbyshire en cuanto obtuviera más detalles de dicha información y viera cómo encajaba en el conjunto. A la pregunta lógica de Hanken sobre por qué Lynley viajaba a Londres, cuando ya tenía a dos agentes trabajando en la capital y podía, con la ayuda del teléfono, movilizar hasta a dos docenas más, Lynley contestó que su equipo había descubierto ciertos detalles que apuntaban a Londres, no a Derbyshire. Parecía razonable, dijo, que uno de los dos oficiales al mando del caso analizara y estudiara los hechos en persona. ¿Sería tan amable Hanken de enviarle una copia del informe de la autopsia?, preguntó. También deseaba entregar el documento a un especialista forense, para verificar que las conclusiones de la doctora Miles sobre el arma homicida eran correctas.

– Si ha cometido algún error acerca del cuchillo, la longitud de la hoja, por ejemplo, me gustaría saberlo cuanto antes -dijo.

– ¿Cómo sería capaz un especialista forense de identificar un error en el informe sin ver el cadáver, las radiografías, las fotografías o la herida?, preguntó Hanken.

– No se trataba de un especialista normal, dijo Lynley.

Pero también pidió copias de las radiografías y las fotografías. Y una rápida parada en la comisaría de Buxton, camino del aeropuerto, puso todo en sus manos.

Por su parte, Hanken iba a iniciar una búsqueda de la navaja multiusos y el impermeable desaparecidos. También hablaría en persona con la masajista que se había ocupado de aliviar la tensión de Will Upman el martes por la noche. Y si le quedaba tiempo, llamaría a Broughton Manor para ver si el padre de Julian Britton confirmaba la coartada de su hijo o de su sobrina.

– Empléate a fondo con Julian -dijo Lynley-. He descubierto otro amante de Nicola. -Resumió la conversación de la noche anterior con Christian-Louis Ferrer.

Hanken silbó.

– ¿Conseguiremos encontrar algún tío que no se tirara a esta chavala, Thomas?

– Supongo que estamos buscando al que se creía el único.

– ¿Britton?

– Él dijo que le había propuesto matrimonio, y que recibió calabazas. Pero solo contamos con su palabra, ¿verdad? Afirmar que quería casarse con ella, cuando quería, e hizo, una cosa muy distinta, es un buen método para desviar la atención de él.

Lynley entró en su casa y llamó a su mujer. Casi esperaba que Helen hubiera salido ya (como si hubiera adivinado su intención de regresar sin decir nada y quisiera evitarle como consecuencia de su discusión), pero cuando cruzó el recibidor en dirección a la escalera, oyó una puerta que se cerraba y la voz de un hombre que decía:

– Lo siento. No sé medir mis fuerzas.

Un momento después, Denton y Helen avanzaron hacia él desde la cocina. El primero cargaba con una pila de enormes muestrarios. La segunda le seguía con una lista en la mano.

– He reducido bastante las posibilidades, Charlie. Aceptaron prestarme los muestrarios hasta las tres, de modo que dependo de ti para que me des ideas.

– Odio las flores, las cintas y todas esas cursilerías -dijo Denton-, de modo que no hace falta ni que me las enseñe. Me recuerdan a mi abuela.

– Tomo nota -contestó Helen.

– Hola. -Denton vio a Lynley en aquel instante-. Mire lo que nos ha traído la mañana, lady Helen. Ya no va a necesitarme, ¿verdad?

– ¿Para qué te necesita? -preguntó Lynley.

– ¡Tommy! -exclamó Helen-. ¿Has vuelto? Un viaje muy rápido, ¿verdad?

– Papel pintado -dijo Denton en respuesta a la pregunta de Lynley. Indicó los muestrarios que cargaba-. Muestras.

– Para las habitaciones sobrantes -añadió Helen-. ¿Has echado un vistazo a las paredes últimamente, Tommy? Parece que el empapelado no se haya cambiado desde principios de siglo.

– Y así es.

– Me lo temía. Bien, si no lo cambiamos antes de que ella llegue, temo que tu tía Augusta lo cambiará por nosotros. Pensé que tal vez podríamos disuadirla. Ayer me di una vuelta por Harrods y fueron tan amables de prestarme varios muestrarios a la hora de cerrar. Solo por hoy, claro. ¿No te parece todo un detalle? -Subió la escalera y habló sin volverse-. ¿Por qué has vuelto tan pronto? ¿Ya lo has solucionado todo?

Denton fue tras ella. Lynley se convirtió en el tercero de la procesión, maleta en mano. Había seguido cierta información hasta Londres, dijo a su mujer. Quería que St. James examinara unos documentos.

– La autopsia. Algunas fotos y radiografías -explicó.

– ¿Discusiones entre los expertos? -preguntó Helen, una suposición razonable. No sería la primera vez que St. James era requerido para mediar en una disputa entre científicos.

– Solo algunas preguntas que me he planteado -dijo Lynley-. Además, necesito examinar la información reunida por Winston.

– Ah. -Helen volvió la cabeza y le ofreció una fugaz sonrisa-. Me alegro mucho de que hayas vuelto.

Las habitaciones sobrantes que necesitaban una renovación se encontraban en la segunda planta. Lynley dejó la maleta en su dormitorio, y después se reunió con Denton y su esposa arriba. Helen estaba extendiendo sobre la cama de la primera habitación muestras de papel, aliviando a Denton del peso de los muestrarios, y procediendo a la elección con suma parsimonia. Durante todo el proceso Denton exhibió una expresión de infinita paciencia, que cambió por una de alegría cuando Lynley entró en la habitación.

– Ya está aquí, por fin -dijo Denton-. Si ya no me necesita… -insinuó a Helen.

– No puedo quedarme, Denton -fue la contestación de Lynley.

El hombre se mostró consternado.

– ¿Algún problema? -preguntó Lynley-. ¿Te espera alguna jovencita?

No sería extraño. Los devaneos de Denton eran la materia de que están hechas las leyendas.

– Me espera una taquilla de entradas a mitad de precio -contestó Denton-. Esperaba llegar antes de que hubiera mucha cola.

– Ah, sí. Entiendo. Espero que no será otro musical.

– Pues… -Denton pareció avergonzado. Su amor por los espectáculos que ofrecían los teatros del West End consumía buena parte de sus ingresos mensuales. Estaba casi tan enganchado al maquillaje, las luces tenues y los aplausos como un adicto a la cocaína.

Lynley cogió los muestrarios.

– Vete -dijo-. Quiera Dios que consigamos ahorrarte la última extravagancia teatral.

– Es arte -protestó Denton.

– Siempre dices lo mismo. Vete. Y si compras el CD correspondiente, te pediré que no lo pongas cuando yo esté en casa.

– Es un auténtico esnob en lo tocante a la cultura, ¿no? -dijo Denton a Helen con tono confidencial.

– Siempre lo ha sido.

Ella continuó extendiendo muestras de papel sobre la cama cuando Denton se marchó. Desechó tres muestras, las sustituyó por otras tres, y cogió otro muestrario de los brazos de su marido.

– No hace falta que me ayudes, Tommy. Tienes trabajo que hacer, ¿no es así?

– Puede esperar unos minutos.

– Tardaré más de unos minutos. Ya sabes lo que me cuesta decidirme. Había pensado en algo bastante bonito con flores, relajante y discreto, ya sabes. Pero Charlie me disuadió de la idea. Que Dios nos asista si le pedimos que acompañe a tía Augusta a una habitación que él considere cursi. ¿Qué te parece este, con unicornios y leopardos? ¿No es aterrador?

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